Habían pasado unos días desde aquella mañana que amanecí con Lucas dentro de mí y la certeza de que mi cuerpo seguía hablando, deseando, latiendo. Desde entonces, compartíamos miradas secretas, encuentros fugaces, y alguna noche más en mi cama que terminaba entre sus brazos. Pero no habíamos dicho nada a Mario.
Hasta que lo hizo él.
Era viernes por la noche. Estaba en la cocina, sola, preparando algo de cena. Llevaba una camiseta vieja que me ajustaba demasiado bien y unas braguitas finas, sin pensar en quién andaba por casa. Me sentía cómoda, libre. El calor de mayo me adormecía la piel, y aún sentía entre las piernas esa humedad suave que me dejaban los recuerdos de Lucas.
Mario entró sin avisar. Se quedó en el marco de la puerta, con los ojos clavados en mi cuerpo. No dijo nada. Solo me miró.
—¿Quieres algo? —pregunté, sin girarme del todo, consciente de que mi camiseta apenas cubría mis nalgas.
Se acercó despacio, sin dejar de mirarme.
—Ya tienes a Lucas, ¿no?
Me detuve. Lo miré por encima del hombro. Su tono no era celoso, era otra cosa. Cargado de una tensión distinta. Una mezcla de desafío y deseo.
—¿De qué hablas?
—No es un secreto —dijo, acercándose más—. Las paredes no son tan gruesas. Y… yo también te he oído gemir.
Su descaro me encendió. No debía permitirlo. Pero su mirada, intensa, hambrienta, me decía que lo sabía todo. Que llevaba días imaginándolo, deseándolo. Y que tal vez esperaba algo más.
—¿Y qué quieres, Mario? —le pregunté, dándome la vuelta para encararlo del todo, sintiendo el roce del algodón húmedo entre mis piernas.
No respondió. Solo se acercó, puso sus manos en mi cintura y bajó lentamente hasta mis caderas. Me miró a los ojos. Y me besó. Fue un beso joven, firme, directo, caliente. Mi cuerpo reaccionó con un latido profundo, culpable pero inevitable. Su lengua se abrió paso en mi boca como si supiera que iba a tenerme, como si ya lo hubiera hecho en su mente mil veces.
Entonces escuchamos la puerta. Lucas.
Nos quedamos quietos. Mario sonrió, sin apartarse.
Lucas entró en la cocina. Nos vio. Y no dijo nada.
—¿Interrumpo? —preguntó, con un tono neutro, aunque sus ojos hablaban más.
Yo, todavía entre el deseo y la culpa, no sabía qué responder.
Pero fue Mario quien lo resolvió todo.
—Tú ya sabes cómo se siente estar dentro de ella —dijo, mirándolo sin vergüenza—. Ahora quiero saberlo yo.
El silencio fue espeso. Lucas me miró. Había en sus ojos una chispa de sorpresa… y otra de excitación. No se marchó. Al contrario. Se acercó y, con una naturalidad desconcertante, deslizó una mano por mi espalda.
—¿Estás segura? —me susurró.
No respondí con palabras. Mis pezones, marcados contra la camiseta, ya lo decían todo. Mi respiración, agitada, también.
Fuimos los tres al salón. Los dos me desnudaron con lentitud, como si fuera una ceremonia. Me sentí adorada, deseada, el centro de su atención y de su hambre. Me tumbaron en el sofá, y se turnaron para besarme, lamerme, acariciarme. Lucas me sujetaba por detrás mientras Mario lamía mi clítoris con avidez, metiendo dos dedos en mi sexo mojado, profundo, preparándome.
Gemí con fuerza. Mis caderas se arqueaban, mis manos buscaban aferrarse a sus cabellos, a sus brazos. El placer me recorría en oleadas densas. Cuando Mario se colocó sobre mí y comenzó a entrar en mi vagina, húmeda, hinchada, dispuesta, sentí un estallido nuevo: más joven, más rudo, más instintivo.
Su ritmo era distinto al de Lucas. Más rápido, más descarado. Me embestía con fuerza, y yo lo sentía chocar en mi interior, haciendo eco en mi vientre. Grité, sin poder evitarlo. No era solo placer: era la transgresión, el morbo de estar abierta a los dos, de saber que Lucas me había tenido antes y ahora me miraba desde el otro lado del sofá, acariciando su erección, esperando su turno.
Cuando Mario terminó, jadeante, me besó en los labios y se apartó. Yo aún temblaba, mi sexo palpitando, abierto, deseando más. Y Lucas volvió a mí. Esta vez, se sentó detrás, me alzó sobre sus rodillas y me penetró desde atrás mientras Mario, todavía desnudo, acariciaba mis pechos, mis labios, mi cara.
Me sentía poseída, expuesta, al límite. La penetración de Lucas era más profunda aún en esa postura. Mi cuerpo se abría por completo, entregado, rendido, en un vaivén que mezclaba dolor dulce con un éxtasis que me arrancó un orgasmo tan intenso que grité hasta quedarme sin aire.
Acabé tumbada entre los dos, sudorosa, temblando, con mis muslos empapados y una sonrisa en los labios que no recordaba haber tenido desde hacía años.
Me cubrieron con una manta. Me besaron. Nadie habló. No hacía falta.
Esa noche dormimos juntos.
Desde aquella noche, el equilibrio en casa cambió. Algo se rompió… o mejor dicho, algo se abrió. Ya no era solo Lucas viniendo a mi habitación a escondidas. Ni Mario aprovechando los momentos en que el otro no estaba. Ahora, éramos tres, orbitando alrededor de una llama común, un deseo compartido que nos desnudaba no solo la piel, sino también el alma.
La tensión se podía cortar con las manos.
Las cenas eran una provocación constante: miradas cargadas, roces intencionados, palabras que sonaban inocentes pero que llevaban doble filo. Yo jugaba con ventaja: los tenía a los dos comiéndome con los ojos, deseando que yo decidiera a quién iba a entregarme esa noche. Pero en el fondo, empezaba a sentirme… extrañamente vulnerable.
Porque no era solo sexo.
Comenzaron a surgir celos sutiles, silenciosos. Unos brazos que se apretaban más fuerte. Una caricia más posesiva. Una mirada más dura cuando el otro entraba en la habitación.
Y yo… en medio. Gozando, sí. Pero también empezando a preguntarme hasta dónde podía llevar aquello sin rompernos.
Una noche, decidí no elegir. Quería provocar, jugar, empujar límites.
Los cité a los dos en mi habitación. Les pedí que no llevaran nada, ni ropa ni preguntas.
Lucas fue el primero en llegar. Me besó como si supiera lo que vendría. Luego Mario, con esa tensión que lo volvía irresistible. Cerré la puerta. Me acerqué, desnuda, y les susurré:
—Esta vez mando yo.
Los hice sentarse en el borde de la cama, uno junto al otro. Me coloqué de rodillas frente a ellos. Sentí sus sexos duros, expectantes. Les pedí que no se tocaran entre ellos, pero sí a mí. Les di mi cuerpo como escenario: sus lenguas, sus dedos, sus bocas sobre mis senos, mi cuello, mi vientre.
Estaba al borde del abismo solo con sus caricias. Gimiendo, empapada, mientras ellos competían con sus bocas por ver quién me arrancaba más gemidos. Pero entonces, fui más allá.
Me senté sobre Lucas, dejándome caer sobre su erección con un gemido profundo. Su sexo entró entero en mi vagina caliente y palpitante, llenándome con una familiaridad deliciosa. Comencé a moverme sobre él, mirándolo a los ojos… hasta que giré la cabeza hacia Mario.
—Tócame —le dije.
Mario se acercó por detrás. Su lengua bajó por mi espalda, sus manos se hundieron en mis nalgas. Comenzó a acariciar mi ano, despacio, como si explorara una puerta secreta.
Me tensé. Nunca lo había hecho. Nunca me había dejado penetrar ahí.
Pero esa noche… quería todo.
Lubricó con su saliva y sus dedos. Jugó un rato, ensanchando el espacio, preparándome, mientras Lucas me sujetaba las caderas con fuerza, su miembro latiendo dentro de mi sexo. Y cuando estuvo seguro, me susurró al oído:
—¿Estás lista?
No respondí. Me incliné más hacia adelante, apoyándome sobre el pecho de Lucas. Sentí a Mario colocarse detrás. Sentí la presión… la resistencia… y luego el avance lento, profundo, que me arrancó un gemido animal. Su sexo entraba en mi otro canal, y mi cuerpo entero ardía en un fuego salvaje, absoluto.
Estaba llena. Por los dos. Penetrada por completo, estirada al límite, en una mezcla de dolor, morbo, y un placer que no sabía que podía existir.
Gritaba. Me derretía. Sentía los músculos de mi ano tensarse alrededor de Mario, mientras mi vagina palpitaba por Lucas. Cada empuje era un estallido. Cada vaivén, una ola que subía y no rompía nunca.
Y entonces, sin avisar, el cambio.
Mario, jadeante, sacó su sexo y lo acercó a mi boca. Yo lo tomé con los labios, húmedo, caliente, aún con el sabor de mi cuerpo. Lo lamí con deseo, sin vergüenza. Mientras tanto, Lucas me tumbó y se inclinó sobre mí, pero esta vez, su mirada era distinta. Más oscura.
—¿Y si le damos la vuelta a todo? —preguntó.
Me giró sobre Mario, me colocó encima de él, de espaldas. Me sujetó la boca. Y sin apenas palabras, lo vi arrodillarse detrás de Mario.
No lo vi todo. Pero lo escuché.
Mario jadeó, al principio incrédulo. Pero no se apartó. Lucas escupió en su mano. Y poco a poco, empezó a penetrarlo a él, mientras yo montaba su sexo desde arriba.
Lo imposible se volvió real. Yo cabalgaba a Mario mientras Lucas lo poseía. Los gemidos se mezclaban, el sudor caía sobre la piel, y las respiraciones se entrecortaban. Era una sinfonía salvaje, sucia, gloriosa. Sentí el clímax explotar en mí, desgarrándome en un grito ronco. Y luego, otro. Y otro.
Acabamos los tres desplomados en la cama. Jadeando. Rotos. Unidos.
Nadie dijo nada durante un buen rato.
Hasta que Lucas, con la voz ronca, soltó:
—Ahora sí que estamos jodidos.
Nos echamos a reír. Con la risa de quienes ya no tienen miedo. De quienes han cruzado las líneas. Y quieren más.
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