A mis cincuenta años, había decidido que ya era hora de llenar un poco el silencio de esta casa tan grande. Con los hijos emancipados y el divorcio ya digerido —más como un trago amargo que como una tragedia—, lo que más me pesaba no era la soledad, sino la rutina. Por eso, cuando publiqué aquel anuncio para alquilar dos habitaciones, no pensé que aquello iba a cambiarme tanto la vida.
Llegaron casi al mismo tiempo. Mario, moreno, delgado, con esa sonrisa fácil de los que saben que su encanto les abre puertas. Y Lucas, más discreto, de mirada profunda y voz grave, algo más mayor que Mario, pero no pasaría de los treinta y dos. El primero me trataba con una mezcla de descaro e inocencia, como si me conociera de otra vida. El segundo… apenas hablaba, pero cuando lo hacía, me escuchaba con una intensidad que me dejaba nerviosa.
Durante semanas, mis pensamientos se centraban en Mario. Me lo imaginaba entrando a la cocina en camiseta ajustada, con esa manera suya de estirarse dejando ver el borde de los calzoncillos. Jugaba con mi imaginación como una adolescente: lo veía en la ducha, se me venían imágenes suyas en la cama, encima de mí, guiado por mi experiencia. Me sentía viva, deseada incluso aunque fuera solo en mi mente.
Una noche, mientras me tomaba una copa de vino en bata, lo oí llegar. Eran casi las doce. Me asomé por el pasillo y ahí estaba Lucas, no Mario, quitándose los zapatos con calma. Me miró, y no sé si fue el vino o el silencio cargado de algo denso, pero le sonreí más de la cuenta.
—¿Quieres una copa? —le pregunté, sin pensarlo demasiado.
Asintió. Se sentó frente a mí en la cocina, y charlamos de tonterías al principio. Pero hubo un momento, cuando nuestras miradas se cruzaron sin escapatoria, en que el aire se volvió pesado, eléctrico.
No supe qué decir. Lo siguiente fue su mano acariciando mi muslo desnudo, la bata abierta justo hasta donde debía. Mi respiración se aceleró. Me besó lento, con hambre contenida, y yo, que llevaba años soñando con algo así, me rendí sin miedo.
Fuimos al dormitorio casi sin palabras. La penumbra de la habitación me envolvía con una intimidad que no recordaba desde hacía mucho tiempo. Me senté en el borde de la cama, dejándome observar por él. Sentí su mirada recorrerme incluso antes de tocarme.
Me soltó la bata con suavidad, dejándola caer por mis hombros, y el aire fresco de la noche rozó mi piel desnuda. Noté el contraste entre el frío de la habitación y el calor que nacía dentro de mí, en esa zona profunda que comenzaba a despertarse. Me recorrió con la yema de los dedos: los hombros, el cuello, el hueco entre mis pechos. Me sentí adorada, mirada como mujer y no solo como cuerpo.
Se arrodilló frente a mí, me besó los muslos, y su lengua tocó el interior, cerca, tan cerca de donde más lo necesitaba, que solté un suspiro largo, tembloroso. Cuando al fin su boca se deslizó sobre mi sexo, húmedo ya de anticipación, creí derretirme. Cada caricia, cada movimiento de su lengua era como una nota afinada con precisión en mi cuerpo. Mi clítoris vibraba con cada roce, mis caderas se movían solas, buscando más.
Subió sobre mí y me miró. Su sexo rozó el mío y sentí su grosor, cálido y firme, presionando la entrada de mi vagina. Mi cuerpo se abrió, ansioso, preparado, latiendo desde adentro. Cuando entró en mí, lo hizo despacio, con una lentitud casi dolorosa al principio, estirando mis paredes internas con una fricción deliciosa, llenándome. Era una mezcla de calor, presión, entrega.
Un gemido se me escapó de la garganta, no de placer inmediato, sino de reconocimiento: hacía tanto que no sentía eso… el cuerpo de otro hombre dentro del mío, ocupando ese espacio que había estado dormido. Me sujetó las caderas y comenzó a moverse. Lento. Profundo. Cada embestida acariciaba rincones olvidados, cada salida y entrada era como una ola que me arrastraba más y más adentro de mí misma.
Mi vagina se adaptaba a él, lo abrazaba, lo sentía. A cada movimiento, las paredes se contraían instintivamente, como si quisieran retenerlo. Y cuando su pelvis chocaba contra la mía, con ese ritmo constante, seguro, sentía que el placer se acumulaba en espirales, subiendo por mi vientre, apretando el pecho, estremeciendo los pezones.
Y entonces lo sentí: esa ola que no podía detener. El orgasmo me sacudió desde adentro, un latido húmedo, profundo, que nacía en mi sexo y se expandía por todo mi cuerpo. No fue explosivo, sino envolvente. Lento, largo. Mis músculos se tensaron y luego se aflojaron como si se deshicieran.
Él se quedó dentro, quieto, abrazándome, respirando conmigo. Y ahí, en esa quietud tibia, con su cuerpo aún dentro del mío, sentí algo más que placer: sentí que volvía a ser deseada de verdad. Que no era tarde. Que aún quedaba mucho por explorar.
Desperté con la luz suave de la mañana colándose por los visillos. Durante unos segundos no supe dónde estaba. Mi cuerpo, aún tibio y pesado, me hablaba con señales claras de la noche anterior: un leve dolor dulce entre las piernas, el cosquilleo aún encendido en mi vientre, y la piel con la memoria exacta de sus caricias.
Giré la cabeza y lo vi. Dormía de lado, con el rostro tranquilo, el pecho subiendo y bajando con suavidad. Me quedé observándolo en silencio. Acaricié su espalda con la yema de los dedos, bajando lentamente por su columna. Su piel era cálida, tersa, joven. La mía, más vivida, parecía responder mejor que nunca al contacto.
Se movió, aún con los ojos cerrados, y su mano me buscó bajo las sábanas. Me rozó el muslo y luego subió con decisión hacia mi cintura, hasta que nuestras caderas se encontraron otra vez. Lo sentí endurecerse lentamente contra mi vientre. Una sonrisa pícara se me escapó.
—¿Otra vez? —susurré, sin esperar respuesta.
Me besó el cuello, y su aliento, cálido, despertó una oleada de placer que me hizo arquear el cuerpo. Sus manos exploraban ahora con más confianza, sabiendo cómo reaccionaba yo a cada caricia. Cuando su lengua recorrió mis pechos y sus dedos se deslizaron entre mis muslos, mi cuerpo ya era todo deseo.
Esta vez fue distinto. No hubo prisa. Nos miramos, nos tocamos, nos descubrimos. Me dejé montar sobre él, mi cabello cayendo sobre su pecho. Sentí su sexo firme guiándose hacia mi entrada. Me senté sobre él, despacio, sintiendo cada centímetro como si fuera la primera vez. La penetración fue profunda, exquisita. Me sentí llena, poderosa, viva.
Mi vagina lo acogía con calor y hambre. Cada movimiento de cadera era una danza lenta y húmeda. Me frotaba contra él, sintiendo su dureza masajearme por dentro, encajando en mí con una precisión milagrosa. Mis pechos rozaban su piel, mis manos se aferraban a sus hombros. No quería que se acabara nunca.
El orgasmo llegó despacio, como un suspiro prolongado que se iba hinchando hasta convertirse en gemido. Lo sentí desde dentro, vibrando en cada célula, como si mi cuerpo se derritiera alrededor del suyo. Él me abrazó fuerte y acabó dentro de mí con un gruñido suave, quedándose allí, en mi interior, como si el mundo pudiera detenerse en ese instante.
Me tumbé a su lado, con la respiración desacompasada, el corazón latiendo fuerte y el alma en calma.
—¿Qué pasa ahora? —me preguntó, acariciando mi vientre.
Lo miré, aún con el sabor del placer latiendo en mi cuerpo, y respondí:
—Ahora… desayunamos.
Y mientras bajábamos a la cocina, desnudos, envueltos en risas y complicidad, supe que algo había cambiado. Que el deseo no tiene edad. Que aún me quedaban mañanas por descubrir.
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