No sé en qué momento exacto empezó todo. Tal vez fue cuando le vi descorchar la botella con esos dedos fuertes y precisos, tan seguros de lo que hacían. O tal vez fue cuando me dijo que los taninos son como caricias: a veces ásperas, a veces suaves, pero siempre dejando huella.
Miguel llegó el primero. Yo esperaba una versión rural del hipster de ciudad, pero lo que vi me desmontó todos los prejuicios: alto, moreno, con barba corta y unas manos que hablaban solas. Traía tres botellas de vino y una sonrisa que no buscaba impresionar. Llevaba el campo en la piel, pero también algo más: una calma eléctrica, como si todo en él supiera cuándo moverse… y cuándo no.
—¿Puedo ayudarte con algo? —me dijo al verme.
—Ya lo estás haciendo —le respondí, y ni siquiera me molesté en disimular la doble intención.
Nos quedamos a solas un buen rato antes de que llegaran los demás. Él me hablaba del vino como si contara secretos íntimos. Me explicó cómo la altitud modifica la acidez, cómo el suelo marca el carácter, cómo el clima extremo da uvas intensas, resistentes. Yo le escuchaba con la copa entre los dedos, pero con el calor subiéndome por dentro. No sé si era el vino o él, pero algo me aflojaba las piernas.
Cuando Ana y Dani llegaron, el ambiente cambió. Risas, anécdotas, música suave… pero yo ya solo lo veía a él. Y él me miraba como si supiera que al final de esa noche iba a conocerme más de lo que nadie lo había hecho en años.
Pasada la medianoche, los otros decidieron marcharse. Yo no dije nada. Él tampoco. Solo nos quedamos allí, sentados en el porche, con la última copa de tinto entre los dos.
—¿Sabes? —dijo de pronto—. Este vino no se vendimia de cualquier forma. Hay que esperar el punto exacto. Tocar las uvas, olerlas. Saber cuándo están listas. No antes, no después.
Lo dijo despacio, con la voz baja. Yo sentí el pulso en el cuello, rápido. Me acerqué sin pensarlo, y él me besó como si llevara toda la vida esperándolo. Un beso denso, envolvente, como el vino más viejo de su bodega.
Me levantó como si no pesara nada y me llevó al interior, a la habitación que había preparado para Ana por si se quedaba. Me desnudó sin prisas, mirándome todo el tiempo. Y cuando me tuvo completamente expuesta, me susurró:
—Déjame catarte.
Y lo hizo. Con la lengua, con los dedos, con la paciencia de quien sabe que el placer se decanta. Me exploró como si cada parte de mi cuerpo fuera una cepa distinta. Me abrió despacio, con una mezcla de ternura y firmeza que me hizo gemir desde la primera caricia.
Cuando su lengua llegó a mi centro, yo ya no podía pensar. Se movía con ritmo, como quien ha leído un mapa íntimo. Me sujetaba por las caderas y me sostenía justo al borde. Me hablaba entre susurros, describiendo lo que me hacía con una voz grave que me estremecía:
—Dulce, intensa, con final largo…
Me corrí en su boca, una vez, dos… pero no se detuvo. Y cuando me penetró, lo hizo como si fuera la única mujer del mundo. Lento al principio, luego profundo, con embestidas que me arrancaban el alma. Me tomó de espaldas, de lado, encima de él. Todo sin prisas, todo con sentido. Y cuando finalmente me hizo acabar una última vez, arqueada sobre él, gritando su nombre entre jadeos, supe que acababa de vivir el mejor clímax de mi vida.
Nos quedamos abrazados, sudorosos, con olor a vino, a tierra, a sexo.
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