Encuentro con un chico mucho más joven

Siempre había sido la mujer correcta, la que hacía lo que se esperaba de ella. Madre ejemplar, esposa fiel, profesional impecable. Pero ahora, con cuarenta y dos años, algo dentro de mí despertaba. No era insatisfacción, no del todo. Era una necesidad latente de sentirme deseada, de recordar cómo era ser devorada con la mirada, de que un hombre me hiciera temblar de anticipación.

Lo conocí en el gimnasio. Diego. Veintisiete años, cuerpo tallado con esmero, una sonrisa de esas que desarman. Me veía cada mañana, y con el tiempo, sus saludos se volvieron miradas más largas, pequeñas conversaciones que se cargaban de tensión. Sentía su interés y, en lugar de ignorarlo como habría hecho años atrás, lo alimenté. Me atreví a coquetear, a jugar con esa chispa que crecía entre nosotros.

Esa noche, al salir de la ducha, encontré su mensaje en mi teléfono. Directo. Claro. «Llevo semanas deseándote. Déjame verte esta noche.» Dudé un instante, pero la imagen de su boca en mi piel borró cualquier vacilación. Le pasé la dirección de mi departamento.

Cuando llegó, vestía una camisa entallada que destacaba cada músculo de su torso. No hubo conversaciones innecesarias. Cerré la puerta y, antes de que pudiera dar un paso, lo besé. Firme, hambrienta, dejando claro que no tenía tiempo para juegos ingenuos. Diego respondió con igual intensidad, sus manos recorriendo mi espalda, pegándome a él.

Terminamos en la habitación, entre sábanas revueltas y respiraciones entrecortadas. Su cuerpo joven y firme se movía sobre el mío con una mezcla de fuerza y devoción. Me adoraba con su boca, con sus manos, con cada embestida que me hacía perder el aliento. No era solo el sexo, era la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, alguien me miraba como si fuera lo más hermoso y apetecible del mundo.

Cuando me tomó por completo, un escalofrío recorrió mi espalda. Lo sentí llenarme lentamente, deslizándose en mi interior con una calidez que me hizo contener el aliento. Mi cuerpo se aferró a él, cada terminación nerviosa despertando con el roce, con la profundidad de cada movimiento. Sus caderas se movían en un ritmo que me volvía loca, entre caricias y besos ardientes que me llevaban al borde.

A medida que sus embestidas se intensificaban, mi cuerpo respondía con un hambre insaciable, arqueándome hacia él, buscando más, ansiando más. La presión crecía dentro de mí, como una tormenta a punto de estallar. Su lengua descendía por mi piel encendida, sus dedos exploraban cada rincón de mi deseo hasta que sentí el punto de no retorno. Mi respiración se volvió errática, mis músculos se tensaron y entonces, como una ola que rompe con furia en la orilla, me rendí a la explosión de placer que me atravesó de pies a cabeza. Mi vientre se contrajo con fuerza, un gemido desgarrador escapó de mis labios y, por un instante, todo lo demás desapareció.

Cuando nuestros cuerpos se calmaron, Diego se quedó a mi lado, dibujando círculos en mi piel con la punta de los dedos. «Eres increíble», murmuró contra mi cuello. Y en ese momento supe que, aunque esa noche terminara, yo no sería la misma. Había despertado. Y no pensaba volver a dormirme.

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