Primer intercambio con unos amigos

Desde que Sonia y Luis nos invitaron a cenar, supe que algo era diferente esa noche. El ambiente en su casa, normalmente acogedor y tranquilo, estaba impregnado de una energía que no lograba descifrar del todo. La iluminación tenue hacía que los reflejos dorados en el cabello de Sonia brillaran con intensidad, y la camisa ligeramente desabotonada de Luis parecía un gesto intencionado, una invitación a mirar más allá de lo casual.

Marco y yo nos sentamos en el amplio sofá de cuero mientras compartíamos copas de vino. Sentía cómo las miradas de Sonia y Luis recorrían nuestros cuerpos de manera sutil, pero inconfundible. La conversación fluyó con naturalidad, aunque pronto tomó un giro más íntimo, más cargado de insinuaciones. Fue Sonia quien finalmente habló, con su sonrisa cautivadora y su tono envolvente.

—Alicia, Marco… hemos estado pensando en algo. Nos gustaría compartir una experiencia especial con vosotros.

Sus palabras me dejaron momentáneamente sin aliento, pero la chispa en los ojos de Marco y su sutil apretón de mi mano me dieron el coraje para seguir adelante. No había necesidad de palabras: todos estábamos de acuerdo.

Sonia se levantó y caminó hacia mí con la gracia de una pantera. Su vestido rojo abrazaba cada curva de su cuerpo, revelando unos muslos firmes y torneados, y su escote sugería unos pechos generosos, apenas contenidos por el tejido. Se sentó a mi lado, tan cerca que podía sentir el calor de su piel. Sus dedos se deslizaron lentamente por mi brazo desnudo mientras me miraba fijamente.
—Eres preciosa, Alicia —dijo en un susurro—. No puedo esperar más.

Con una confianza que me desarmó, llevó sus labios a los míos. Su beso era suave pero seguro, una mezcla de dulzura y deseo. Mi cuerpo respondió instintivamente, un escalofrío recorriéndome de pies a cabeza. Sentí cómo Luis se acercaba por detrás, sus manos firmes apoyándose en mis hombros mientras sus labios rozaban mi cuello.

Marco, sin apartar la mirada de mí, comenzó a desabrocharse la camisa. Su torso musculoso, marcado pero no exagerado, quedó al descubierto. Sus pectorales eran firmes, y un leve vello oscuro descendía desde su pecho hasta perderse en la cintura de sus pantalones. Sonia, al ver a Marco, dejó escapar un leve gemido de aprobación antes de quitarse lentamente su propio vestido.

Bajo la tela escarlata, llevaba un conjunto de lencería negra que realzaba su figura. Sus pechos redondos, coronados por pezones rosados, se tensaban ligeramente con cada respiración, y sus caderas pronunciadas dibujaban una silueta que era imposible no admirar. Luis ya estaba desnudo, su cuerpo alto y atlético mostraba una piel ligeramente bronceada, y su erección era imposible de ignorar.

Sonia me ayudó a quitarme la ropa, deslizándola por mi cuerpo con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de su mirada. Cuando estuve completamente desnuda, sentí cómo las miradas de los tres se posaban en mí, recorriendo cada curva, cada detalle.

Luis me tumbó suavemente en el amplio colchón que habían preparado en el centro de la sala. Sentí el peso de su cuerpo sobre el mío mientras sus labios recorrían mi piel. Su lengua trazaba líneas de fuego desde mi cuello hasta mis pechos, deteniéndose para jugar con mis pezones, haciéndome arquear la espalda de puro placer.

Cuando finalmente lo sentí entrar en mí, fue como si mi cuerpo se encendiera por completo. Su tamaño era perfecto, llenándome de una manera que me hizo gemir profundamente. Cada embestida era lenta, deliberada, como si quisiera que sintiera cada centímetro, cada movimiento. La presión en mi interior crecía con cada vaivén, una mezcla de placer y plenitud que me hacía perderme en el momento.

Mientras Luis me llevaba al límite, vi a Marco con Sonia. Ella estaba a horcajadas sobre él, moviéndose con una sensualidad hipnótica mientras sus manos recorrían su torso. Sus miradas se encontraron con las nuestras, y la conexión entre los cuatro era palpable, como si estuviéramos unidos en una sola danza.

El clímax llegó como una ola, arrasando con todo a su paso. Mi cuerpo se tensó y se contrajo alrededor de él, intensificando cada sensación mientras un grito de placer escapaba de mis labios. Sentí cómo Luis seguía moviéndose dentro de mí, prolongando mi éxtasis hasta que finalmente caí rendida sobre el colchón, mi respiración entrecortada y mi piel cubierta de un calor que no parecía disminuir.

Luis se retiró lentamente, dejándome respirar por un momento. Mi cuerpo estaba en un estado de euforia, cada músculo relajado y, al mismo tiempo, alerta, como si aún anhelara más. La humedad entre mis piernas era una mezcla de su pasión y la mía, y mi clítoris palpitaba con un calor punzante que me recordaba que mi deseo no se había saciado por completo.

Sonia se acercó a mí, sus dedos acariciando suavemente mi muslo mientras me miraba con esos ojos azules intensos. Sus labios se curvaron en una sonrisa traviesa.
—Alicia, aún tienes tanto por explorar…

Antes de que pudiera responder, sentí cómo Marco se posicionaba detrás de mí, sus manos grandes y firmes deslizándose por mis caderas. Su toque era distinto al de Luis: más lento, más deliberado, como si estuviera tomando el tiempo para memorizar cada curva. Mi piel se erizó bajo sus dedos, y un escalofrío recorrió mi columna.

—¿Estás bien? —me susurró al oído.

Asentí, incapaz de formar palabras. La anticipación se acumulaba dentro de mí, una mezcla de nervios y deseo que hacía que mi respiración se acelerara. Marco tomó mis caderas con más firmeza, inclinándome hacia adelante, mientras su otra mano se deslizaba entre mis piernas, rozando mi clítoris con una presión que me hizo jadear.

Cuando finalmente lo sentí entrar en mí, fue como si todo mi cuerpo se encendiera de nuevo. Su tamaño y ritmo eran diferentes a los de Luis, y esa diferencia lo hacía aún más intenso. La sensación de plenitud volvió a apoderarse de mí, pero ahora había un nuevo nivel de sensibilidad: mi vagina, hinchada y completamente húmeda, reaccionaba a cada movimiento, cada embestida, amplificando el placer en oleadas que parecían no tener fin.

El roce de su pelvis contra mi clítoris añadía un estímulo extra, un toque que enviaba pequeñas descargas eléctricas a través de mi abdomen. Cerré los ojos, perdiéndome en las sensaciones, pero las voces de Sonia y Luis me trajeron de vuelta al presente. Estaban frente a mí, observándonos con una mezcla de fascinación y complicidad. Sonia se inclinó y tomó mi rostro entre sus manos, besándome profundamente mientras Marco continuaba moviéndose dentro de mí.

La conexión entre los cuatro era palpable, como si cada mirada, cada caricia, añadiera una capa más al placer que sentía. Marco cambió el ángulo ligeramente, y el nuevo roce dentro de mí me llevó al borde de nuevo. Mi clítoris palpitaba con una intensidad que rozaba lo insoportable, y mi respiración se convirtió en jadeos entrecortados.

—Déjate llevar, Alicia —susurró Sonia contra mis labios.

Con un último empuje, mi cuerpo se tensó por completo, y una ola de placer me atravesó, más intensa que la primera. Sentí cómo mi vagina se contraía alrededor de Marco, atrapándolo en la tormenta de mi clímax. El calor se extendió desde mi centro hasta cada rincón de mi cuerpo, y mis gemidos se mezclaron con los sonidos de los demás, creando una sinfonía de éxtasis compartido.

Cuando finalmente me derrumbé sobre el colchón, mi piel brillaba con el sudor del esfuerzo, y mi corazón latía con fuerza. Marco se tumbó a mi lado, pasando un brazo alrededor de mi cintura mientras Sonia y Luis se unían a nosotros, formando un círculo íntimo de cuerpos entrelazados.

En ese momento, todo lo demás desapareció: no había espacio para la vergüenza ni para las dudas. Sólo existía la conexión, el placer y la certeza de que habíamos compartido algo único e inolvidable.

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