Nunca creí que llegaría a vivir algo así. Cuando Marco y yo cruzamos las puertas del hotel, la atmósfera nos envolvió como un manto de deseo. Todo estaba cuidadosamente diseñado para despertar los sentidos: la música suave que llenaba el aire, el aroma embriagador a sándalo, y las luces cálidas que acariciaban las pieles descubiertas de los asistentes.
Fue entonces cuando la vi. Su cabello pelirrojo, vibrante como el fuego, caía en cascada sobre sus hombros. Su vestido verde, ajustado y con un profundo escote, dejaba entrever unos pechos firmes y redondeados, apenas cubiertos por la tela. Su piel pálida contrastaba con el carmín de sus labios, y sus ojos verdes brillaban con una confianza que me intimidaba y atraía al mismo tiempo.
—Te ves hermosa esta noche —me dijo, acercándose a mí con una sonrisa segura.
Me ruboricé al instante, sintiendo que sus palabras me desnudaban más que mi vestido de satén negro. Cuando tomó mi mano para llevarme a la pista de baile, su tacto era firme pero delicado, como si ya supiera lo que necesitaba.
El calor de su cuerpo contra el mío era embriagador. Sentí cómo sus dedos deslizaban ligeramente por mi espalda desnuda mientras me susurraba al oído.
—Relájate, Alicia. Esta noche es para que descubras quién eres realmente.
Después del baile, Marco se quedó hablando con el marido de la pelirroja, un hombre alto y de hombros anchos, con una mandíbula marcada y unos ojos que parecían analizar cada uno de mis movimientos. Ella, en cambio, me llevó de la mano a una sala privada.
—Quiero enseñarte algo —me dijo, y aunque no sabía exactamente a qué se refería, mi cuerpo ya había decidido seguirla.
La habitación estaba iluminada con velas, y los espejos en las paredes reflejaban nuestras siluetas. Ella se colocó detrás de mí, deslizándose lenta y deliberadamente para desabrochar mi vestido. Sentí cómo la tela caía por mi cuerpo, dejando al descubierto mis pechos, que respondieron al frío aire de la habitación con un leve estremecimiento. Sus manos recorrieron mis hombros y bajaron hasta mi cintura, mientras me hablaba con voz suave pero autoritaria.
—Eres perfecta, Alicia. Déjame mostrarte lo que realmente puedes sentir.
Ella se desnudó frente a mí. Sus pechos eran firmes, de pezones rosados que parecían endurecerse al contacto con el aire. Su vientre era plano, y sus caderas anchas acentuaban su feminidad. Cuando su ropa interior cayó al suelo, me encontré admirando su pubis perfectamente depilado, una insinuación de poder que me intimidó tanto como me excitó.
Unos minutos después, apareció su marido. Se quitó la camisa, revelando un torso musculoso, con un vello fino que descendía desde su pecho hasta un abdomen marcado. Cuando se despojó de su ropa interior, vi su erección, gruesa y prominente, que me hizo jadear involuntariamente. No había experimentado algo así antes, y mi mente luchaba por procesarlo mientras mi cuerpo reaccionaba con una mezcla de deseo y nerviosismo.
La pelirroja me guió hacia el diván. Me recosté mientras ella dirigía la escena, acariciándome con sus dedos expertos. Sentí cómo su tacto encendía cada centímetro de mi piel, desde mi cuello hasta mis muslos. Cuando sus labios descendieron por mi cuerpo, mi respiración se volvió errática, y mi espalda se arqueó involuntariamente.
Finalmente, me susurró al oído:
—Quiero que lo sientas todo.
El marido se acercó, y la pelirroja lo guió hacia mí. Sus manos firmes recorrieron mis muslos, separándolos con delicadeza pero sin titubeos. Cuando lo sentí por primera vez, la presión fue intensa pero profundamente placentera. Su grosor llenaba cada rincón de mi interior, estirándome de una forma que nunca había experimentado.
El calor se extendió desde mi vientre hasta mi espalda, y con cada embestida, una ola de placer se propagaba por mi cuerpo. Cada movimiento era firme y profundo, como si supiera exactamente cómo tocar las partes más sensibles de mi interior. La sensación era electrizante, como si mi cuerpo hubiera despertado a algo completamente nuevo.
La pelirroja no se apartó ni un momento. Sus labios seguían explorándome mientras sus manos guiaban las de Marco, quien parecía fascinado con cada una de mis reacciones. Sentí una mezcla de emociones: deseo, vulnerabilidad y una conexión inexplicable con todos los que estaban en esa habitación.
Cuando todo terminó, mi cuerpo temblaba, agotado pero lleno de una energía renovada. La pelirroja me acarició el rostro con ternura.
—Ahora sabes de lo que eres capaz —dijo, mientras sus labios rozaban los míos en un último beso.
Esa noche, al salir del hotel, sentí que algo en mí había cambiado para siempre.
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