Me lío con mi entrenador personal

La primera vez que lo vi, me pregunté si realmente era necesario pasar por aquello. Contratar a un entrenador personal había sido más un capricho que una necesidad, una forma de obligarme a salir de la monotonía. Pero cuando David entró en la sala, con esa confianza desbordante y su sonrisa fácil, supe que había tomado la decisión correcta.

—¿Lista para empezar? —preguntó, con una voz grave que parecía acariciar el aire.  

Asentí, sintiendo un cosquilleo inexplicable. 

El primer mes fue puro trabajo físico. David era exigente, pero tenía un don especial para saber cuándo presionar y cuándo detenerse. Cada corrección suya, cada «levanta más el pecho» o «endereza la espalda», venía acompañado de un toque ligero en mi cuerpo, un roce apenas perceptible que encendía algo dentro de mí. Pero me convencí de que era solo profesionalismo.

Hasta que llegó aquella sesión.

Era viernes por la tarde, y el gimnasio estaba vacío. Me había quedado tarde en el trabajo, y David había accedido a esperarme. Cuando llegué, estaba en la esquina del estudio, ajustando las pesas. Llevaba una camiseta negra ajustada que dibujaba cada músculo de su espalda. Tragué saliva, sintiendo cómo mi cuerpo respondía a su simple presencia.

—Hoy vamos a trabajar en fuerza —anunció, guiándome hacia una colchoneta en el suelo.

Me indicó que hiciera una plancha, colocándome en posición. Sus manos bajaron a mis caderas, corrigiendo mi postura con firmeza. El calor de su piel atravesaba la tela de mi ropa, y mi respiración se volvió más rápida, no por el ejercicio, sino por el roce de sus dedos.

—Mantén la posición, Elena. No te rindas ahora. —Su voz estaba tan cerca que sentía su aliento rozando mi cuello.

Los segundos se alargaban, y mi cuerpo temblaba. No estaba segura si era por el esfuerzo o por el deseo que se había apoderado de mí. Cuando finalmente me dejó descansar, me derrumbé en la colchoneta, jadeando. David se arrodilló a mi lado, ofreciéndome una botella de agua.

—Lo estás haciendo increíble —dijo, sus ojos fijos en los míos.

Había algo diferente en su mirada, algo que me hizo olvidar por completo dónde estaba. Me sentí atrapada en ese momento, en esa tensión que había crecido entre nosotros durante semanas.

—Gracias —respondí, mi voz apenas un susurro.

David inclinó la cabeza, como si estudiara cada detalle de mi rostro. Sus dedos, firmes pero delicados, apartaron un mechón de cabello que se había pegado a mi frente sudorosa. Mi corazón latía tan rápido que temí que pudiera escucharlo.

—¿Puedo decirte algo? —preguntó, su voz grave vibrando en mi pecho. Asentí, incapaz de hablar.  

—Cada vez que te veo esforzándote, superándote… me cuesta mantener la concentración. —Su confesión dejó el aire cargado.

No sé qué fue lo que me empujó a hacerlo, pero antes de que pudiera pensar, mis labios encontraron los suyos. El beso fue explosivo, como si hubiéramos contenido ese deseo durante demasiado tiempo. Su sabor era embriagador, una mezcla de menta y algo más oscuro, algo peligroso.

Sus manos encontraron mi cintura, levantándome ligeramente para acercarme más a él. Su piel estaba caliente, como si todo su cuerpo ardiera bajo mis dedos. Sentí cómo su fuerza me envolvía, cómo cada caricia era una promesa de lo que vendría.

David me guió hasta apoyarme contra la pared del estudio, su cuerpo presionando contra el mío. El frío del espejo detrás de mí contrastaba con el calor de su pecho, enviando un escalofrío que recorrió toda mi columna. Cada beso suyo era más intenso, más profundo, y mi cuerpo reaccionaba como si hubiera estado esperando esa conexión toda mi vida.

Sus labios bajaron por mi cuello, dejando un rastro ardiente en su camino. Mis dedos se aferraron a su espalda, sintiendo cómo sus músculos se tensaban bajo mi toque. La sensación era abrumadora: su fuerza, su intensidad, el modo en que parecía saber exactamente dónde tocar para hacerme perder el control.

Sus labios se separaron de los míos con un roce lento, dejando un rastro ardiente que recorría mi mandíbula hasta mi cuello. Mis piernas seguían temblando por los ejercicios previos, pero no era solo por el esfuerzo físico: era la forma en la que David había comenzado a explorar mi cuerpo con sus manos firmes y seguras, como si supiera exactamente cómo despertar cada centímetro de mi piel.

—¿Te sientes preparada para el siguiente ejercicio? —bromeó, con una sonrisa traviesa mientras sus dedos dibujaban pequeños círculos en mi cadera.  

—Si es así de intenso como el último, puede que necesite un calentamiento extra —respondí, riendo, aunque mi cuerpo ya estaba encendido.

David me levantó con facilidad, sosteniéndome como si no pesara nada. Mi espalda encontró el suelo de la colchoneta, y sus labios volvieron a los míos. La sensación de su peso sobre mí era perfecta, una mezcla de control y protección que hacía que mi piel se erizara. Sentí su erección rozando contra mí a través de nuestras prendas, y un impulso casi instintivo me hizo arquear las caderas para encontrarlo.

—Eso no estaba en el programa de hoy —susurró contra mis labios, sus ojos brillando con picardía.  

—Entonces deberíamos actualizarlo —repliqué, alzando una ceja mientras mis dedos recorrían su espalda hasta llegar a la cintura de su pantalón.  

Cuando finalmente me despojé de mi ropa interior, su mano bajó con una firmeza que me hizo gemir. Sus dedos, explorando lentamente los labios húmedos de mi vagina, enviaron olas de placer que se extendían por todo mi cuerpo. Mi respiración se aceleró, y él no pudo evitar reír suavemente.

—¿Sabes que podríamos hacer un entrenamiento especializado? —murmuró, sus dedos deslizándose con un ritmo que me volvía loca.  

—¿Entrenamiento? —pregunté, aunque apenas podía concentrarme en las palabras.

—Exacto. Fortalecer tu suelo pélvico. Puedes apretar y soltar mientras te penetro. ¿Te imaginas? Una tabla de ejercicios exclusiva. —Su voz era un susurro grave que resonaba en mi pecho.

—¿Quieres que haga Kegels mientras estás dentro? —Me reí, pero la idea me pareció divertida y extrañamente excitante.

David se posicionó lentamente, introduciendo su pene con cuidado pero sin detenerse. La sensación de plenitud era abrumadora, un calor que irradiaba desde mi centro y se extendía por todo mi cuerpo. Lo sentía tan profundamente que me hacía estremecer.

—¿Cómo lo sientes? —preguntó, apoyando su frente contra la mía mientras comenzaba a moverse.

—Como… si me estuvieras estirando en todas las direcciones correctas —jadeé, cerrando los ojos mientras mi cuerpo se ajustaba a él. 

—¿Y la tabla de ejercicios? —bromeó, deteniéndose justo cuando comenzaba a perderme en el ritmo.

Decidí seguirle el juego. Lentamente apreté los músculos de mi vagina alrededor de su miembro, provocando que soltara un gruñido bajo que me hizo sonreír.

—Eso es… definitivamente un ejercicio efectivo —murmuró, moviéndose de nuevo, esta vez con un ritmo más profundo y seguro.  

Cada movimiento suyo era como un nuevo reto para mi cuerpo. Sentía la fricción en cada rincón de mí, una combinación de placer y presión que aumentaba con cada embestida. Su ritmo era constante pero juguetón, alternando entre movimientos rápidos y pausas lentas que me hacían gemir de frustración.

—No pares… —susurré, aferrándome a sus hombros mientras lo sentía aún más profundo. 

—¿Quién está liderando la clase ahora? —preguntó con una sonrisa maliciosa, moviéndose de una manera que me arrancó un jadeo.  

El calor en mi abdomen se intensificó, construyéndose en espirales hasta que no pude contenerme más. Cada embestida, cada apretón, me llevaba más cerca del borde. Mis gemidos se mezclaban con sus respiraciones pesadas, y cuando finalmente el clímax me alcanzó, fue como si mi cuerpo se derritiera bajo el suyo. Mi vagina se contrajo involuntariamente alrededor de él, y el grito ahogado que salió de sus labios me indicó que él también estaba al borde.

—Creo que… —dijo entre jadeos, cuando se dejó caer junto a mí— esta es mi tabla de ejercicios favorita.  

Me reí, aún tratando de recuperar el aliento. Quizás este «entrenamiento personalizado» merecía convertirse en una rutina semanal.

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