Llevábamos diez años juntos, diez años de risas, complicidad y una pasión que, aunque aún presente, había comenzado a transformarse en rutina. Fue durante una conversación en la terraza de casa, con una copa de vino en la mano y la brisa nocturna acariciándonos, cuando Daniel sugirió algo que me dejó sin palabras:
—¿Y si probamos algo nuevo? Algo… diferente.
Lo miré, sorprendida. No era una pregunta casual, lo noté en la forma en que sus ojos buscaban los míos, desafiándome a entrar en su mundo.
—¿A qué te refieres? —pregunté, con el corazón latiendo más rápido.
—A explorar algo que siempre hemos tenido en mente pero nunca nos hemos atrevido a mencionar. —Tomó mi mano y añadió—: Invitar a alguien más… solo por una noche.
La idea flotó en el aire, cargada de curiosidad y miedo. ¿Realmente lo haríamos? Durante semanas hablamos del tema, explorando nuestras expectativas, nuestros límites y, sobre todo, nuestras inseguridades. Hasta que decidimos dar el paso.
Esa noche, el ambiente estaba cargado de electricidad. Habíamos elegido cuidadosamente a Laura, una mujer que conocimos en un evento de arte, carismática, segura de sí misma y con una sonrisa que desarmaba. Laura llegó con una botella de vino y un vestido negro que dejaba poco a la imaginación. Al principio, todo fue charla, risas nerviosas y miradas furtivas. Pero a medida que las copas se vaciaban, la tensión se transformó en algo más palpable.
—¿Estáis seguros de esto? —preguntó Laura, mirándonos a ambos con una mezcla de confianza y dulzura.
Asentimos, y en ese momento se desdibujaron las líneas entre lo cotidiano y lo desconocido. Laura fue quien dio el primer paso, acariciando mi mejilla con una ternura que me sorprendió. Daniel observaba, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y fascinación. Cuando sus labios tocaron los míos, sentí que el mundo se expandía.
Lo que siguió fue un torbellino de sensaciones: el roce de las pieles, el sonido de risas entrecortadas, la sincronía de tres cuerpos moviéndose al unísono. No era solo el placer físico; era la conexión, la vulnerabilidad compartida y la liberación de un deseo que habíamos mantenido en secreto.
Laura se inclinó hacia mí, sus ojos encendidos con una mezcla de deseo y ternura. Sus dedos acariciaron mi mejilla antes de descender lentamente por mi cuello, trazando un camino de fuego que despertó cada centímetro de mi piel. Su proximidad me hacía perder la noción del espacio y el tiempo, mientras sus labios finalmente se posaron sobre los míos. Al principio fue un roce suave, casi tímido, pero pronto se transformó en un beso profundo, cargado de intención.
Sentí la mirada de Daniel, intensa, ardiendo en mi piel. Su presencia, lejos de intimidarme, amplificaba cada sensación. Cuando Laura se apartó ligeramente, Daniel tomó el relevo. Sus manos fuertes se deslizaron por mis hombros, como si quisiera reafirmar que ese momento seguía siendo nuestro. Pero, a la vez, había algo nuevo: un aire de rendición, de aceptación hacia lo que estábamos compartiendo.
Laura se movió con una naturalidad que me desarmó. Su vestido negro se deslizó por sus hombros, dejando al descubierto una piel luminosa y cálida. Sus manos guiaron las mías hacia su cintura, invitándome a explorar, mientras sus labios comenzaron a recorrer el contorno de mi mandíbula y mi cuello. Cada beso suyo encendía una chispa que parecía propagarse por todo mi cuerpo.
Daniel observaba, su respiración entrecortada delataba que lo que veía lo excitaba tanto como lo confundía. Sus celos eran palpables, pero no los celos que destruyen; eran los celos que electrificaban la atmósfera, que añadían una capa de intensidad a lo que estaba ocurriendo. Cuando Laura dirigió su atención hacia él, vi cómo se tensaba, y al mismo tiempo se entregaba. Sus labios se encontraron con los de ella, y yo no pude apartar la vista, sintiendo una mezcla extraña de curiosidad, deseo y un pequeño nudo de inseguridad.
Fue entonces cuando sus manos se unieron a las nuestras. Éramos un solo cuerpo, un solo ritmo. Sus caricias, sus besos, sus suspiros, todo se mezclaba en una sinfonía que elevaba la temperatura de la habitación. Los movimientos eran coordinados, casi como si hubiéramos ensayado esa danza previamente. Cada roce, cada gemido, era un recordatorio de que estábamos explorando algo prohibido, algo que nos hacía sentir más vivos que nunca.
Laura se deslizó hacia Daniel, su cuerpo encajando perfectamente contra el suyo. Lo vi mirarla con una mezcla de asombro y deseo, como si fuera un regalo que no sabía que merecía. Sentí una punzada en el pecho al ver cómo sus manos exploraban su piel desnuda, delineando sus curvas con un cuidado que, hasta ese momento, creía reservado para mí. Fue una sensación amarga al principio, como si algo precioso me estuviera siendo arrebatado. Pero, al mismo tiempo, había algo hipnótico en observarlos: la conexión entre ellos, la forma en que ella se entregaba y él respondía. Era una danza que yo misma no podía evitar querer unirme.
Cada suspiro de Laura parecía resonar en mi cuerpo como un eco. La escena era extraña y envolvente a partes iguales. Me sentía como si estuviera fuera de mí, observando desde lejos, pero también como si cada roce y cada gemido se proyectaran directamente en mi piel. Mi respiración se aceleró cuando él la penetró. Fue un momento que me detuvo, que me hizo preguntarme si podía soportarlo, si esto era lo que realmente quería. Y, sin embargo, una oleada de calor recorrió mi cuerpo, mezclándose con esos celos en una tormenta de emociones.
Mientras los miraba, sentí las manos de Laura buscándome. Su tacto era suave, tranquilizador, como si quisiera decirme que aquello no era una traición, sino una invitación. Con un leve tirón, me atrajo hacia ella, rompiendo las barreras que aún me quedaban. Su beso fue como una chispa en mi piel, y pronto no quedaba espacio para el conflicto. Era deseo puro, un deseo que me arrastraba con fuerza.
Me uní a ellos, mis manos encontrando su lugar en los cuerpos que tenía delante. Los celos se transformaron en algo inesperado, algo que no sabía que podía sentir: una mezcla de vulnerabilidad y poder. Laura se giró hacia mí, sus ojos ardientes de intensidad, y mientras nuestros cuerpos se encontraban, cada movimiento parecía llevarnos más allá de lo que alguna vez había imaginado. Daniel estaba detrás, sus manos recorriendo mi espalda, su respiración marcando el ritmo.
El placer crecía como una ola imparable, alcanzándome con cada roce, cada beso, cada sonido que llenaba la habitación. Laura y yo estábamos tan sincronizadas como si hubiéramos compartido esta danza toda nuestra vida. Sus manos y las mías exploraban sin límites, trazando caminos de deseo en nuestras pieles. Cada vez que sentía su contacto y el de Daniel al mismo tiempo, mi cuerpo respondía con una intensidad que nunca había conocido.
Cuando finalmente el clímax llegó, fue como un incendio que consumió todas las dudas, los celos y los miedos. Sentí que mi cuerpo se disolvía en un mar de sensaciones, como si los tres hubiéramos alcanzado un lugar al que nunca podríamos haber llegado solos. Y en ese momento, mientras nos abrazábamos, supe que no solo habíamos cruzado una frontera, sino que habíamos encontrado una nueva forma de conexión, una que nos cambiaría para siempre.

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