Invitamos a jugar a Clara

Todo empezó con un mensaje inesperado en mi bandeja de entrada:  

*»Hola, Clara. No sé si esto te interesará, pero mi esposa y yo hemos estado hablando… ¿Te apetecería cenar con nosotros esta semana?*»  

Era de Pablo, el tipo que lleva la librería del barrio. Siempre me había parecido agradable, con su aire de profesor despistado, las gafas torcidas y esa costumbre de hablar demasiado rápido. Su esposa, Julia, por otro lado, parecía sacada de una revista de fitness. Alta, bronceada, y con una sonrisa tan blanca que casi necesitabas gafas de sol para mirarla directamente. Yo, en comparación, me sentía como una patata que acababa de caer del saco: bajita, sin maquillar y con más curvas de las que me gustaría admitir.  

Aún así, respondí. La curiosidad me mataba. ¿Por qué querrían cenar conmigo? ¿Algún club de lectura secreto? ¿O, tal vez, un esquema piramidal?  

Cuando llegué a su casa el viernes por la noche, Julia me recibió en la puerta con un vestido ajustado que dejaba poco a la imaginación. Pablo apareció detrás, llevando una bandeja con tres copas de vino.  

—Nos alegra mucho que hayas venido —dijo Julia, con esa voz de locutora de radio.  

—Sí, hemos hablado mucho de ti últimamente —añadió Pablo, nervioso.  

¿De mí? ¿Por qué? Me senté en el sofá mientras ellos me servían vino y queso. La conversación comenzó de manera inocente, con preguntas sobre mi trabajo, mis hobbies… hasta que Julia se inclinó hacia adelante y me soltó:  

—Clara, seremos directos. Nos gustas.  

—¿Perdón? —casi escupí el vino.  

—Nos gustas —repitió Pablo, ruborizándose hasta las orejas—. A los dos.  

Miré de uno a otro, intentando procesar. Julia se rio suavemente y puso una mano en mi rodilla.  

—Pablo y yo llevamos casados 15 años, y hemos decidido probar algo diferente. Tú nos pareces perfecta.  

¿Perfecta? ¿Yo? Me dieron ganas de preguntar si habían confundido a la persona. Pero había algo en su sinceridad, combinado con el tercer vaso de vino, que me hizo relajarme.  

—De acuerdo, pero… ¿cómo funciona esto? —pregunté, intentando sonar más segura de lo que estaba.  

Julia sonrió, y Pablo, torpe como siempre, se levantó rápidamente, tropezándose con la mesa del café.  

—Primero, cenamos. Luego, vemos a dónde nos lleva la noche —dijo Julia, guiñándome un ojo.  

La cena fue una experiencia en sí misma. Pablo no dejaba de hablar de su obsesión con los libros de misterio, mientras Julia hacía insinuaciones que me ponían roja como un tomate. En un momento, mientras Pablo intentaba abrir una botella de champán (y fallaba miserablemente), Julia se inclinó hacia mí y susurró:  

—Es encantador, ¿verdad? Pero no te preocupes, yo me encargaré de que esta sea una noche especial.  

No estaba segura si reírme o salir corriendo. Pero algo en mí decidió quedarme. Después de todo, ¿cuántas veces te invitan a una situación así?  

Cuando finalmente nos movimos al salón, la tensión era palpable. Pablo seguía nervioso, y Julia, como una capitana al mando de un barco, tomó el control.  

—Clara, relájate. Esto no tiene que ser raro.  

—Demasiado tarde para eso —solté, riéndome.  

Esa risa rompió el hielo, y antes de darme cuenta, los tres estábamos en una mezcla de caricias, risas y momentos inesperadamente dulces. Pablo, aunque torpe al principio, resultó ser sorprendentemente atento. Julia, como era de esperar, sabía exactamente cómo liderar, y yo… bueno, descubrí que estaba más abierta a nuevas experiencias de lo que creía.  

En un momento, cuando Pablo intentó quitarse la camisa y quedó atrapado en las mangas, Julia y yo no pudimos evitar romper en carcajadas. Esa mezcla de erotismo y humor fue lo que hizo que la noche fuera tan especial.  

La atmósfera en el salón se había vuelto íntima y juguetona, una mezcla de curiosidad, nervios y algo más profundo que vibraba entre los tres. Julia, con su confianza innata, me guiaba suavemente, acariciando mi espalda y deslizando sus manos por mi cintura. Pablo, por otro lado, era torpe pero tierno, como un cachorro emocionado.  

Estaba tumbada en el sofá, con Julia a mi lado y Pablo arrodillado cerca. Las manos de Julia eran expertas, trazando caminos lentos y sensuales por mi cuello y mis hombros. Su boca encontró mi oído, susurrando palabras que no entendía del todo, pero que encendían mi piel como si fueran fuego.  

Mientras Julia me mantenía centrada en sus caricias, noté que Pablo intentaba participar, aunque con su característico toque de torpeza. Sus dedos trazaron líneas nerviosas por mi muslo, y aunque al principio su falta de destreza me hizo sonreír, pronto encontró un ritmo que empezó a despertar algo en mí.  

Julia le dirigió una mirada cómplice.  

—Pablo, con calma. Ella necesita relajarse primero.  

Él asintió y sus movimientos se volvieron más deliberados. Deslizó su mano por mi muslo interno, acercándose cada vez más a mi centro. Mi respiración se volvió más rápida cuando finalmente sus dedos encontraron el camino entre mis piernas. Era diferente a las caricias de Julia: menos precisas, pero llenas de intención.  

Julia, que no dejaba de mirarme, sonrió al notar mi reacción.  

—Clara, ¿cómo te sientes?  

Entre suspiros, logré responder:  

—Es… intenso, pero muy agradable.  

En ese momento, Julia tomó el control. Guiando a Pablo con suavidad, le mostró cómo moverse, cómo explorarme sin prisa. Mi cuerpo comenzó a responder, y cada caricia parecía encender un fuego que se extendía desde mi vientre hacia todo mi ser.  

—Ahora sí, Pablo, prueba algo diferente —dijo Julia con un guiño.  

Él asintió y se movió entre risas nerviosas, intentando posicionarse mientras mantenía su torpeza característica. En su intento de encontrar el ángulo adecuado, terminó tropezando con la mesa del café y casi cayendo. Las tres rompimos en carcajadas, pero cuando finalmente logró acomodarse, la risa dio paso a una sensación completamente distinta.  

Sentí cómo Pablo entraba lentamente en mí, su movimiento torpe pero lleno de una ternura que hacía imposible no relajarse.  

—Espera, espera… esto es raro —murmuré, entre risas, mirando a Julia.  

Ella me tomó la mano, su rostro lleno de calma.  

—Solo respira. Deja que tu cuerpo te guíe.  

Cerré los ojos y me concentré en las sensaciones. Al principio, era una mezcla de presión y un leve cosquilleo, pero pronto se transformó en algo más profundo. Las paredes de mi vagina parecían adaptarse, abrazándolo lentamente, mientras una cálida electricidad recorría mi abdomen.  

—Julia… —susurré, todavía nerviosa—, esto se siente tan extraño, pero tan… bien.  

Ella se inclinó hacia mí, su voz era un susurro cálido en mi oído.  

—Cuéntamelo. Quiero saber cada detalle.  

—Siento… —tomé aire, intentando poner en palabras lo que sucedía—, siento cómo me llena. Cada movimiento parece encender algo más profundo. Es como un cosquilleo, pero también una presión que crece.  

Julia sonrió, sus labios rozando mi oído mientras seguía hablándome suavemente.  

—Déjate llevar, Clara. Todo está bien.  

Pablo, por su parte, había encontrado un ritmo que combinaba su torpeza inicial con una inesperada dulzura. Sus movimientos eran lentos, pero constantes, y cada vez que se adentraba un poco más, una ola de placer subía por mi cuerpo.  

—Ahora… siento un calor —dije, casi sin aliento—, y mis piernas tiemblan, como si no pudiera controlarlas.  

Julia apretó mi mano, animándome a seguir.  

—Eso es, Clara. Estás cerca. Déjate ir.  

Las sensaciones en mi vagina se intensificaron, como una acumulación de electricidad que no sabía cómo liberar. Cada contracción de mi cuerpo parecía amplificar el placer, y las palabras de Julia, mezcladas con los movimientos de Pablo, me llevaron al límite.  

Finalmente, sentí cómo el clímax me alcanzaba, una ola profunda que comenzó en mi vientre y explotó en todo mi cuerpo. Mis músculos se tensaron, mi espalda se arqueó, y un gemido escapó de mis labios sin permiso. Las contracciones en mi vagina eran rítmicas, un pulso que parecía sincronizado con mi corazón.  

Cuando todo terminó, me dejé caer sobre el sofá, agotada pero completamente satisfecha. Julia me besó en la frente, mientras Pablo, todavía jadeando, murmuraba algo sobre necesitar más práctica.  

Las tres rompimos en carcajadas nuevamente, y supe en ese momento que esta velada sería una historia que jamás olvidaría.  

Deja un comentario