Marta me enseña a tener mi primer orgasmo

Todo comenzó aquella tarde, cuando Marta, mi compañera de trabajo, se ofreció a ayudarme con algo que yo misma no sabía cómo abordar. En un momento de confianza, le confesé que nunca había tenido un orgasmo, ni siquiera sola. No lo dije buscando una solución, pero su respuesta me sorprendió.  

—Puedo enseñarte, si quieres. No hay nada de malo en aprender.  

Al principio dudé. ¿Cómo sería eso? ¿No sería raro? Pero la calidez de su voz y su mirada llena de comprensión me tranquilizaron. Esa misma tarde, vino a mi casa con una botella de vino y una calma contagiosa.  

—Primero, relájate —me dijo, mientras servía un par de copas—. Esto es un momento para ti. No tienes que sentirte presionada por nada.  

Me invitó a recostarme en el sofá, y ella se sentó en el suelo, frente a mí, sin invadir mi espacio personal.  

—Vamos a ir paso a paso. Empieza respirando profundo, inhalando por la nariz y exhalando por la boca. Quiero que dejes fuera cualquier preocupación.  

Seguí su consejo. Cerré los ojos y me concentré en mi respiración. Era un ejercicio sencillo, pero ya comenzaba a sentir cómo mi cuerpo se aflojaba. Marta continuó guiándome con su voz suave.  

—Ahora, quiero que te acaricies los brazos, despacio, como si estuvieras descubriendo cómo se siente tu piel.  

Obedecí, pasando mis manos lentamente por mis brazos, sintiendo la textura, la temperatura. Luego me pidió que hiciera lo mismo con mis piernas, dejando que mis dedos exploraran cada curva, cada músculo.  

—Tócate como si estuvieras explorando algo nuevo —me dijo—. Esto es tuyo. No hay una manera correcta o incorrecta de hacerlo.  

Poco a poco, me sentí más cómoda. Marta me indicó que moviera las manos hacia mi vientre, rozándolo con suavidad, y después hacia mis caderas.  

—Si te sientes preparada, baja tus manos hacia tu ropa interior. No hay prisa. Solo escucha lo que te hace sentir bien.  

Al principio me sentí tímida, pero Marta me recordó que era mi momento, y no había nadie para juzgarme. Con cuidado, dejé que mis dedos se deslizaran sobre la tela. Sentí un pequeño cosquilleo, una chispa que no esperaba.  

—Bien —dijo, sonriendo al notar mi expresión—. Ahora quiero que empieces a experimentar con movimientos. Haz círculos suaves, sin presionar demasiado, y presta atención a lo que tu cuerpo te dice.  

Seguí sus instrucciones, y poco a poco comencé a notar cómo esa chispa se convertía en algo más intenso. Marta me explicó lo importante que era el clítoris, cómo era un pequeño órgano lleno de terminaciones nerviosas diseñado únicamente para el placer.  

—Prueba con movimientos diferentes: círculos, pequeños toques arriba y abajo, o incluso cambiar la presión. No te frustres si algo no funciona; todo es parte del descubrimiento.  

A medida que me guiaba, noté que mi respiración se hacía más profunda. Marta me recordó que debía mantener un ritmo que me resultara cómodo y, sobre todo, no perder la conexión con lo que estaba sintiendo.  

—Cuando sientas que el placer crece, no te detengas —me dijo—. Sigue ahí, deja que tu cuerpo te lleve. Es como una ola; solo tienes que dejarte llevar.  

La intensidad aumentó, y mis movimientos se volvieron más instintivos. Marta se mantuvo allí, presente, pero sin interrumpir. Finalmente, sentí cómo mi cuerpo se tensaba, como si todo dentro de mí estuviera a punto de estallar.  

Y entonces sucedió. Una sensación cálida, explosiva, recorrió mi cuerpo. Solté un suspiro profundo, casi un gemido, mientras me relajaba completamente sobre el sofá. Marta sonrió y me alcanzó el vaso de vino.  

—¿Cómo te sientes? —preguntó con una ternura que me conmovió.  

—Increíble —respondí, aún temblando un poco.  

—¿Te sientes lista para explorar un poco más? Podemos probar cómo se siente con penetración.  

La idea me emocionaba y, aunque estaba un poco nerviosa, asentí. Con Marta todo parecía natural, como un proceso que debía seguir su curso.  

—De acuerdo —dijo, tomando el vibrador para mostrarme cómo debía sujetarlo—. Primero, asegúrate de que estés completamente relajada y lubricada. Si lo necesitas, podemos usar lubricante para que sea más cómodo.  

Sacó un pequeño tubo de lubricante de la bolsa y me lo entregó. Apliqué un poco en mis dedos y lo pasé suavemente sobre la entrada de mi vagina, explorando la textura de mi piel y dejándome guiar por las sensaciones. Marta me animaba con su voz tranquila.  

—Es importante que no sientas ninguna incomodidad. Si algo duele o no se siente bien, detente. Esto es para disfrutar, no para forzarlo.  

Encendí el vibrador en la intensidad más baja y lo acerqué lentamente a mi vulva, como habíamos hecho antes. Las vibraciones externas ya comenzaban a despertar mi cuerpo de nuevo, y con el lubricante, todo se sentía mucho más suave.  

—Cuando estés lista, comienza a introducirlo muy despacio. Solo la punta al principio, para que te acostumbres.  

Obedecí, guiando el vibrador hacia mi entrada. La sensación fue diferente, una mezcla de presión y calor que me tomó por sorpresa, pero no era desagradable. Marta me miraba con atención, asegurándose de que todo estuviera bien.  

—¿Cómo se siente? —preguntó, inclinándose un poco hacia mí.  

—Es… intenso, pero agradable —respondí, mientras dejaba que mi cuerpo se ajustara.  

—Perfecto. Ahora, muévelo un poco hacia adentro y hacia afuera, despacio. No hay prisa. Escucha a tu cuerpo y presta atención a lo que sientes dentro.  

El vibrador se deslizaba con facilidad gracias al lubricante, y cada movimiento parecía despertar una nueva capa de sensibilidad en mi vagina. Marta me explicó que, al igual que el clítoris, la vagina tiene puntos que pueden ser especialmente placenteros.  

—Prueba inclinándolo ligeramente hacia arriba. Hay una zona sensible conocida como el punto G, justo detrás del hueso púbico. Puede sentirse como una textura más rugosa.  

Hice lo que me indicó, y al inclinar el vibrador, sentí algo diferente, como un pequeño nudo que respondía con un placer más profundo. Solté un suspiro involuntario, y Marta sonrió.  

—Ahí está. Si te gusta esa sensación, quédate ahí y experimenta con movimientos pequeños y rítmicos.  

Seguí sus consejos, moviendo el vibrador en pequeños círculos y sintiendo cómo las vibraciones parecían irradiar desde ese punto hacia todo mi vientre. Marta me recordó que podía combinar esa estimulación con la externa si quería intensificar las sensaciones.  

—Usa una mano para seguir acariciándote el clítoris. Eso puede hacer que todo se sienta más conectado.  

Mientras lo hacía, noté cómo mi cuerpo respondía de forma más intensa. Las paredes de mi vagina parecían palpitar alrededor del vibrador, como si estuvieran vivas, y una sensación cálida comenzó a extenderse desde mi pelvis hacia todo mi cuerpo.  

—Cuando sientas que el placer crece, no te detengas. Deja que se acumule, pero mantén un ritmo que te resulte cómodo.  

La mezcla de las vibraciones internas y externas era casi abrumadora, pero en el mejor de los sentidos. Mi respiración se volvió más rápida, y todo mi cuerpo se tensó mientras el placer llegaba a su punto máximo. Cuando finalmente alcancé el clímax, fue como una ola profunda y continua que envolvía cada rincón de mi cuerpo. Sentí contracciones rítmicas en mi vagina, como un pulso que resonaba con cada latido de mi corazón.  

Marta me dejó tomarme mi tiempo para recuperarme. Cuando abrí los ojos, aún jadeando, ella me ofreció un vaso de agua.  

—¿Qué tal fue? —preguntó con una sonrisa tranquila.  

—Fue increíble… diferente a todo lo que había sentido antes —admití, aún procesando la intensidad de la experiencia.  

—Lo mejor de esto —dijo Marta, sentándose a mi lado— es que ahora sabes cómo escuchar a tu cuerpo. Cada vez será más fácil descubrir lo que te gusta y cómo disfrutarlo.  

Esa tarde me di cuenta de que el placer no solo es físico, sino también una forma de conexión con una misma. Gracias a Marta, había aprendido a explorarme sin miedo, y ese descubrimiento era algo que nunca iba a olvidar. 

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