El club de los martes

Todo empezó como una broma entre nosotros. Éramos un grupo de cinco amigos que se reunían cada martes para jugar juegos de mesa, beber vino barato y quejarnos de nuestras vidas laborales. Nunca hubo tensiones románticas… o al menos eso creíamos.  

Esa noche de abril, sin embargo, algo en el aire era distinto. Tal vez fue el vino, o tal vez fue la confesión de Paula la que encendió la chispa.  

—A ver, lo confieso —dijo, levantando su copa con una sonrisa traviesa—. Siempre he tenido curiosidad por saber cómo sería besaros a todos.  

El silencio en la mesa fue absoluto, interrumpido solo por el sonido de los dados rodando accidentalmente al suelo.  

—¿A todos? —preguntó Marta, arqueando una ceja mientras servía más vino.  

—Bueno, sí. Sois mis mejores amigos, pero… ¿nunca os habéis preguntado cómo sería?  

Risas nerviosas llenaron la sala, pero ninguno lo negó. Yo, sentado entre Luis y Carlos, sentí cómo mi cara se calentaba. Marta, siempre la más directa, se inclinó hacia Paula.  

—Pues yo tampoco digo que no. Pero si vamos a hablar, mejor probemos, ¿no?  

La sala estalló en carcajadas, pero Paula no retrocedió.  

—¿Qué? ¿Mucha charla y poca acción?  

Sin saber muy bien cómo, todo escaló. Fue Paula quien tomó la iniciativa, inclinándose hacia Marta para darle un beso rápido. La reacción fue instantánea: una mezcla de sorpresa, risas y aplausos que rompieron cualquier tensión.  

Luis, con su típico humor de chico tímido, levantó una mano.  

—Bueno, yo también quiero saber cómo es. Por… investigación.  

Nos reímos, pero en el fondo todos estábamos pensando lo mismo. Entre risas y miradas cómplices, la línea invisible que habíamos mantenido durante años desapareció. Paula se volvió hacia mí con una sonrisa pícara.  

—¿Tú qué dices?  

—Digo que esto es surrealista… pero vale.  

Su beso fue suave al principio, como probando el terreno, pero rápidamente se volvió más seguro. Sentí cómo el calor subía por mi cuello mientras el resto nos observaba, aplaudiendo y lanzando comentarios absurdos.  

—¡Diez de diez! —gritó Carlos, quien no tardó en unirse a la dinámica.  

Pronto, la sala se transformó. Entre besos, caricias y muchas risas, fuimos explorando ese lado de nuestra amistad que nunca habíamos tocado. Marta, que siempre tenía el control, sugirió algo más organizado.  

—Vale, vamos a hacer esto bien. Nada de caos. Formemos un círculo y veamos qué pasa.   

Después de varias rondas de «verdad o reto», Paula, siempre la más aventurera, propuso algo que hizo que todos nos detuviéramos.  

—Vale, este juego es simple. Una de nosotras se pondrá una venda en los ojos, y los chicos tendrán que… ya sabéis, participar. Nosotras adivinaremos quién es quién solo por las sensaciones.  

La sala estalló en murmullos nerviosos y risas. Marta, siempre dispuesta a liderar, se levantó con una sonrisa desafiante.  

—¿Quieres decir que voy a tener que identificar quién es con… eso?  

—Exacto —dijo Paula con una risa—. Pero sin trampas.  

Los chicos intercambiaron miradas de incredulidad. Luis, el más tímido, levantó una mano.  

—Esto es… un poco loco, ¿no?  

—Por eso mismo será divertido —replicó Paula.  

Marta aceptó el reto, colocándose la venda con la ayuda de Paula, que parecía disfrutar siendo la «maestra de ceremonias». Los chicos se turnaron, y cada uno tomó su posición cuidadosamente, mientras Marta se acomodaba en el sofá.  

Cuando llegó el turno de Pablo, Marta soltó una carcajada nerviosa al sentir cómo él entraba lentamente en ella.  

—Hmm… interesante. Este es… diferente —murmuró, tratando de concentrarse mientras sus manos tocaban las caderas de Pablo para identificar alguna pista.  

—¿Diferente cómo? —preguntó Paula, riendo mientras tomaba notas ficticias como si fuera una científica.  

—Es más… torpe pero apasionado —respondió Marta entre risas, pero su voz empezó a temblar mientras las sensaciones se intensificaban.  

Las risas cesaron gradualmente mientras Marta empezaba a perderse en lo que estaba sintiendo. Pablo, guiado por el momento, encontró un ritmo que arrancó gemidos inesperados de ella.  

—Esto no es justo… —jadeó Marta, quitándose la venda de los ojos al alcanzar el clímax, su cuerpo sacudido por olas de placer que la hicieron temblar—. ¡Era Pablo! Claro que era Pablo.  

La sala estalló en aplausos y carcajadas, mientras Marta se recostaba, aún tratando de recuperar el aliento.  

El siguiente juego involucraba a todos. La idea era simple: una ruleta decidía qué parte del cuerpo debías estimular y cómo, pero el giro estaba en que el «recibidor» tenía que usar las manos para adivinar quién lo estaba haciendo.  

Cuando llegó el turno de Paula, la ruleta cayó en «caricias íntimas». Ella se recostó en el sofá, y los participantes se turnaron para tocarla con delicadeza en su zona más sensible.  

Carlos fue el primero, trazando círculos lentos con sus dedos. Paula arqueó la espalda y suspiró, tratando de adivinar.  

—Esto es muy calculado. Tiene que ser Carlos —dijo, y acertó.  

Luis fue el siguiente, más nervioso, pero su torpeza hizo reír a todos.  

—Esto… definitivamente es Luis.  

Cuando llegó el turno de Marta, que decidió usar un juguete vibrador pequeño en lugar de sus dedos, Paula se quedó sin palabras.  

—Esto… —jadeó, cerrando los ojos mientras el vibrador pulsaba contra ella en el ángulo perfecto—. Esto no lo esperaba.  

Marta sonrió, aumentando la intensidad justo cuando Paula empezó a temblar, sus gemidos llenando la sala.  

—¿Quién? —preguntó Luis, riendo nervioso.  

Paula apenas logró murmurar entre jadeos:  

—¡No importa quién sea, sigue…!  

Su cuerpo se tensó un momento después, alcanzando un clímax explosivo que dejó a todos impresionados.

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