La decisión de ir al retiro de tantra fue impulsiva. Había pasado semanas buscando algo que me ayudara a recuperar el equilibrio tras mi separación. Cuando encontré el anuncio de un retiro en una playa escondida, sentí un tirón en el pecho, como si mi cuerpo supiera algo que mi mente aún no entendía.
Llegué al lugar un viernes al atardecer. El sonido de las olas y el aroma a incienso me envolvieron de inmediato, prometiendo un refugio lejos de las expectativas y los roles que había desempeñado durante tanto tiempo. Entre las primeras personas que conocí estaba Leo, el instructor. Alto, de mirada serena y sonrisa cálida, tenía una energía que me hacía sentir segura y vista.
La primera noche, durante la cena, apenas crucé palabras con él, pero sentía su presencia como un calor constante. Al día siguiente, en nuestra primera sesión grupal, explicó que el tantra no era solo sobre sexualidad, sino sobre conexión, energía y presencia. Yo lo escuchaba mientras intentaba ignorar la leve electricidad que me recorría cada vez que sus ojos encontraban los míos.
En una de las prácticas de la tarde, me tocó emparejarme con él. Nos sentamos frente a frente, y Leo me pidió que cerrara los ojos y respirara profundamente. “Siente tu cuerpo, tu energía. Y ahora, siente la mía”, dijo con una voz suave pero firme. Su mano rozó la mía, y el contacto fue como una chispa que encendió algo dormido en mí.
Pasamos minutos —o tal vez fueron horas— explorando el simple acto de estar presentes el uno para el otro. Su voz me guiaba mientras su energía parecía envolverse con la mía. En un momento, abrió los ojos y me pidió que hiciera lo mismo. La intensidad en su mirada me dejó sin aliento.
Esa noche, mientras el grupo se dispersaba, me quedé en la playa contemplando la luna. No me sorprendió cuando sentí a Leo acercarse. Se sentó junto a mí, sin decir nada al principio, solo compartiendo el momento. “Hoy has empezado a liberar algo poderoso”, dijo finalmente. “¿Te gustaría continuar?”
No necesitaba preguntar qué significaba eso. Asentí, más con el cuerpo que con la cabeza. Me llevó a un rincón apartado, donde las velas y el incienso creaban un ambiente íntimo. “Aquí no hay prisa”, dijo mientras me invitaba a sentarme en un cojín frente a él.
Cuando Leo comenzó a masajearme, mi cuerpo estaba tenso, casi reacio a soltar todo el peso de los años. Pero a medida que sus manos se movían con paciencia, sentí cómo los nudos en mis hombros y mi espalda empezaban a deshacerse. Era como si sus dedos no solo trabajaran mi piel, sino también las emociones reprimidas que había acumulado durante tanto tiempo. Mi cuerpo comenzó a responder, despertándose de una manera que hacía mucho no experimentaba.
Cuando sus caricias alcanzaron mi vientre, sentí un cosquilleo que bajaba lentamente, conectando con mi pelvis. Mi respiración se volvió más profunda y, con cada exhalación, notaba una calidez creciente entre mis piernas. Era un calor suave, palpitante, que se expandía lentamente como olas, alcanzando mi vagina.
Cuando sus dedos comenzaron a explorar mi entrepierna, la primera sensación fue de ternura, como si cada toque estuviera diseñado para reconectar esa parte de mí con el resto de mi cuerpo. Su tacto era tan ligero al principio que me hacía estremecer; sentía pequeñas descargas eléctricas que irradiaban desde mi clítoris hacia mi abdomen y mis piernas.
A medida que profundizó su toque, noté cómo mi vagina reaccionaba de manera intensa: una sensación de hinchazón y pulsaciones rítmicas que me hacían apretar los muslos, buscando más. No era solo deseo; era como si esa parte de mí estuviera despertando por completo, tomando conciencia después de años de estar dormida.
Cuando utilizó su lengua, fue como un redescubrimiento. Cada movimiento era una combinación perfecta de suavidad y precisión. Sentía cómo sus labios y su lengua trazaban patrones que parecían diseñados para encenderme en oleadas. Mi clítoris estaba tan sensible que cada lamida me hacía gemir involuntariamente, mientras un calor líquido se extendía desde mi vagina hacia todo mi cuerpo.
El primer orgasmo fue como una explosión desde mi interior. Sentí cómo mi vagina se contraía, pulsando en espasmos rítmicos que me robaban el aliento. Mi cuerpo entero se arqueó mientras un grito de puro alivio y placer escapaba de mis labios. Era un placer profundo, no solo físico, sino también emocional, como si todo mi ser estuviera liberándose.
Cuando él continuó con sus dedos, la sensación cambió. Sentía cada movimiento dentro de mí con una claridad casi abrumadora. Sus dedos rozaban puntos que no sabía que existían, enviando corrientes de placer que se mezclaban con la sensibilidad residual del orgasmo anterior. Mi vagina respondía de manera involuntaria, contrayéndose alrededor de sus movimientos, buscando más mientras mi respiración se volvía errática.
La penetración fue diferente. Su entrada lenta y deliberada me hizo jadear, sintiendo cada centímetro llenar el vacío dentro de mí. Había una mezcla de presión y placer, una conexión profunda que iba más allá de lo físico. Cuando comenzó a moverse, mi vagina se adaptó a su ritmo, abrazándolo con cada empuje, mientras oleadas de calor y pulsaciones se intensificaban.
El segundo clímax llegó como un torrente imparable. Sentí cómo mi vagina se apretaba con fuerza, enviando oleadas de placer que irradiaban por mi pelvis, mi abdomen y mis piernas. Todo mi cuerpo temblaba mientras mis gemidos llenaban el espacio. Mis caderas se movían instintivamente, buscando prolongar la intensidad.
Cuando me posicionó sobre él, la sensación de estar en control, pero al mismo tiempo guiada por sus manos, añadió un nuevo nivel de excitación. Sentía cada movimiento más profundamente, como si cada empuje llenara algo más que mi cuerpo. Mi vagina estaba tan sensible que cada roce, cada cambio de ángulo, parecía enviar un nuevo tipo de placer, más agudo, más intenso.
El tercer orgasmo fue diferente: más lento, más emocional. Sentí cómo mi vagina se contraía en oleadas largas y profundas, mientras mi cuerpo entero se rendía al momento. Era como si mi interior se abriera por completo, aceptando no solo el placer, sino también la conexión. Mi cuerpo temblaba, agotado pero pleno, mientras mi mente flotaba en un estado de pura satisfacción y gratitud.
Cuando todo terminó, mi cuerpo estaba húmedo de sudor y mis piernas temblaban involuntariamente. Sentí un calor persistente en mi vagina, una sensación de plenitud que nunca había experimentado. Estaba agotada, pero también renovada, como si esa noche hubiera reescrito no solo mi sexualidad, sino también mi relación conmigo misma.
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