Sexo en el huerto?

Había llegado al pueblo con la idea de aprender a cultivar. Tras años trabajando en la ciudad, sentía que me estaba perdiendo algo esencial. Me recomendaron a Carmen, una agricultora experimentada, conocida no solo por su maestría en la tierra, sino por su carácter apasionado y su forma de enseñar, siempre paciente pero firme.  

Cuando llegué a su finca, el aroma a tierra húmeda y a plantas frescas me envolvió. Carmen estaba allí, con las manos en la cintura, observándome con una leve sonrisa. Tenía el cabello recogido bajo un sombrero de paja, y sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad y picardía.  

—¿Lista para ensuciarte las manos? —me preguntó con una voz cálida, pero con un deje de autoridad.  

—Más que lista —respondí, intentando sonar más segura de lo que me sentía.  

La mañana pasó entre explicaciones sobre cómo preparar la tierra, identificar las semillas y cuidarlas a lo largo del ciclo. Carmen se movía con una naturalidad que me fascinaba, como si ella y la huerta fueran una extensión de la misma fuerza vital. Me corregía suavemente cuando cometía un error, guiando mis manos con las suyas, firmes y ásperas por el trabajo, pero increíblemente delicadas al tocarme.  

Hacia el mediodía, el sol estaba en lo más alto, y las gotas de sudor se deslizaban por mi frente. Carmen me ofreció un trago de agua y se sentó junto a mí, apoyándose contra un saco de tierra.  

—No está mal para tu primer día —me dijo, sonriendo. Su mirada se detuvo un momento en mi rostro, y luego bajó hacia mis manos. Tomó una de ellas entre las suyas, inspeccionando con cuidado las pequeñas manchas de tierra en mis dedos.  

—Tienes buena sensibilidad para esto. Lo sientes, y eso es lo que importa.  

Había algo en su tono, en la forma en que sus dedos rozaban los míos, que hizo que mi respiración se detuviera por un instante. Mi piel reaccionó, erizándose a pesar del calor.  

—Es fácil aprender cuando tienes una buena maestra —dije, intentando restar importancia al momento, aunque mi voz sonaba más baja de lo que pretendía.  

Carmen soltó una risa suave, pero no apartó la mano.  

—No todos tienen la misma disposición. Tú… escuchas, sientes. Eso no se enseña.  

Sus palabras parecían tener un doble significado, y mi mente comenzó a correr. Antes de darme cuenta, había cerrado la distancia entre nosotras. Fue un movimiento instintivo, como si algo más fuerte que yo me empujara. Nuestros labios se encontraron en un beso suave al principio, casi tímido. Pero Carmen no tardó en profundizarlo, sus manos subiendo para enredarse en mi cabello, mientras su cuerpo se acercaba al mío.  

El calor del sol ya no era nada comparado con el fuego que sentía dentro de mí. Su boca era experta, firme y demandante, como si cada movimiento suyo me estuviera enseñando algo nuevo sobre mí misma.  

Me empujó suavemente hacia el suelo, entre los surcos de la tierra que habíamos trabajado juntas. La textura áspera de la tierra bajo mi espalda contrastaba con la calidez de su cuerpo contra el mío. Sus manos, fuertes pero delicadas, se movían con precisión, desabrochando mi camisa y dejando al descubierto mi piel al contacto del aire libre.  

—La tierra siempre responde a quien sabe tratarla —susurró contra mi oído, mientras sus dedos dibujaban líneas de fuego sobre mi abdomen, bajando lentamente.  

No pude evitar un gemido cuando sus manos llegaron a mis caderas, deslizándose bajo la tela de mis pantalones. Cada caricia suya era una lección en sensibilidad, en cómo leer y responder al lenguaje de los cuerpos. Mi mente se desvaneció en las sensaciones, en la mezcla del aroma de la tierra, el roce de su piel y el latir de mi propio corazón.  

Carmen continuó explorando mi cuerpo con la misma destreza con la que trabajaba la tierra: paciente, metódica, pero con una pasión que crecía con cada movimiento. Sus labios recorrieron mi cuello, dejando pequeños besos húmedos y mordiscos suaves que encendían cada centímetro de mi piel. Sus manos, fuertes y cálidas, subieron por mi torso, encontrando mis pechos, que ya latían bajo su toque como si esperaran ser descubiertos.  

Cuando sus dedos rozaron mis pezones, un escalofrío recorrió mi espalda, arqueándome involuntariamente hacia ella. Carmen lo notó, y su sonrisa fue de satisfacción, como si hubiera leído exactamente lo que mi cuerpo pedía. Los rodeó con suaves caricias circulares, alternando entre apretar ligeramente y pellizcarlos con cuidado, provocando una mezcla de placer dulce y punzante que me hacía gemir sin control.  

Sus labios no tardaron en unirse a la tarea. La calidez de su boca cubrió uno de mis pezones mientras sus dedos continuaban jugueteando con el otro. Su lengua trazaba pequeños círculos, aumentando mi sensibilidad al punto de que cada lamida me hacía apretar los muslos con desesperación. Era como si toda la tensión de mi cuerpo se concentrara en esos puntos, enviando ondas de calor directo a mi vientre.  

—Eres increíble… —murmuró contra mi piel, y el sonido grave de su voz hizo que mi respiración se entrecortara aún más.  

Bajó lentamente, sus manos deslizándose por mi cintura hasta alcanzar el borde de mi ropa interior. Me quitó los pantalones con una habilidad tranquila pero decidida, como quien sabe exactamente lo que hace. Mi piel, expuesta al aire cálido, parecía vibrar con cada roce suyo.  

Cuando sus dedos se deslizaron por mis muslos, encontrando el centro de mi deseo, un gemido más profundo escapó de mis labios. Estaba completamente húmeda, y Carmen lo notó de inmediato, su dedo trazando un camino lento entre mis pliegues, apenas rozando mi clítoris, como si quisiera torturarme con la anticipación.  

—Estás perfecta… como si la tierra misma te hubiera moldeado para esto —dijo, su tono grave y lleno de deseo.  

Finalmente, dejó de jugar y presionó su dedo justo donde más lo necesitaba. Una ola de placer me atravesó, mi cadera moviéndose instintivamente hacia ella, buscando más. Comenzó a moverse con ritmo, lento al principio, pero aumentando la intensidad con cada gemido mío. La fricción contra mi clítoris era perfecta, y cada vez que su dedo entraba en mí, sentía cómo mi cuerpo se tensaba, acercándose al abismo.  

El momento culminante llegó cuando su boca volvió a encontrar mis pechos al mismo tiempo que introdujo otro dedo en mi interior, girándolo con habilidad, rozando puntos que parecían encenderme desde dentro. Mi clítoris latía con fuerza bajo la presión rítmica de su mano, y un calor indescriptible comenzó a acumularse en mi vientre bajo.  

—Déjate llevar —murmuró contra mi piel, su aliento cálido provocándome un último estremecimiento.  

Entonces ocurrió: una explosión de placer, intensa y absoluta, me envolvió por completo. Mis músculos se tensaron alrededor de sus dedos, mi cuerpo arqueándose mientras un gemido largo y profundo escapaba de mi garganta. Sentí cómo mi centro se liberaba en una corriente cálida y húmeda, empapando sus manos y mezclándose con el olor de la tierra.  

Carmen no se detuvo hasta que mi cuerpo dejó de temblar, sus movimientos suaves guiándome a través de cada ola de placer que seguía llegando. Cuando finalmente me relajé, exhausta pero completamente satisfecha, levantó la vista hacia mí, sus ojos brillando con una mezcla de deseo y triunfo.  

—Ahora sí —dijo con una sonrisa traviesa—, estás lista para entender lo que significa conectar con la tierra.  

Y en ese momento, supe que no sería la última lección que aprendería de ella.

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