Sexo en coworking rural

Nunca había reparado mucho en él. Marcos era de esos compañeros del espacio de coworking que habían abierto hace varios meses en mi pueblo. El venía de un pueblo cercano y siempre trabajaba con sus auriculares puestos, concentrado en la pantalla, saludando con un leve movimiento de cabeza y una sonrisa educada. Yo, en cambio, me sentía más cómoda siendo sociable, interactuando con los demás y aprovechando cada pausa para tomar un café y charlar. A veces lo veía de reojo, absorto, con los dedos rápidos sobre el teclado. Nunca pensé que esa concentración oculta pudiera desatar tanto en mí.  

Todo cambió aquel jueves por la tarde. El espacio estaba inusualmente vacío, quizás por el partido de fútbol que todo el pueblo parecía estar viendo. Yo había decidido quedarme hasta tarde terminando un informe, y para mi sorpresa, él también seguía allí.  

Al levantarme para ir a por un café, nuestros ojos se cruzaron. Esta vez no apartó la mirada. Me sostuvo con una intensidad que no esperaba. Fue un intercambio breve, pero suficiente para que sintiera un extraño calor recorrerme.  

Cuando regresé a mi mesa, lo encontré de pie junto a la cafetera, esperando.  

—¿Jornada larga? —me preguntó con un tono tranquilo, bajo, que resonó más de lo que debería en el espacio silencioso.  

Asentí, algo sorprendida de que iniciara una conversación. Hablamos un poco sobre el trabajo, sobre lo agotador que era cumplir plazos. Su voz era profunda y su presencia, magnética de una forma que nunca había notado. En un momento, me di cuenta de que no estaba prestando atención a lo que decía, sino a cómo se movía, a la forma en que sus ojos oscuros me estudiaban con disimulo.  

De regreso a mi mesa, no pude concentrarme. Sentía su mirada fija en mí, aunque intentaba no comprobarlo. Fue entonces cuando, de repente, se levantó, caminó hacia mi escritorio y se inclinó un poco sobre mí.  

—¿Te ayudo con algo? Pareces… distraída —susurró.  

La cercanía de su voz me hizo estremecer. Mi corazón latía con fuerza, y la tensión en el aire era casi tangible.  

—No estoy distraída —mentí, aunque mi voz salió más débil de lo que esperaba.  

—¿No? —preguntó, con una leve sonrisa que era a la vez dulce y descarada.  

Antes de que pudiera responder, se apartó, pero no volvió a su mesa. En cambio, rodeó la mía, como si evaluara algo.  

—Siempre te he visto tan segura de ti misma… Es interesante verte así.  

Sus palabras eran un reto, un empujón que despertó algo en mí. Me levanté, enfrentándolo.  

—¿Así cómo? —pregunté, cruzándome de brazos, aunque mi voz aún traicionaba mi nerviosismo.  

Él dio un paso más cerca. Podía sentir su aliento, su olor, algo limpio y masculino.  

—Vulnerable —respondió.  

Fue demasiado. Sin pensar, tomé la iniciativa. Mis manos agarraron su camisa, tirándolo hacia mí, y nuestros labios se encontraron en un beso tan repentino como intenso. Él respondió con una pasión contenida, sus manos en mi cintura, atrayéndome hacia su cuerpo firme. El mundo dejó de existir; solo estábamos él y yo en ese momento, rodeados de escritorios vacíos y el zumbido lejano de los ordenadores.  

Sin romper el beso, me levantó con facilidad y me sentó en el borde de mi escritorio, sus manos deslizándose por mis muslos mientras su boca exploraba mi cuello. Cada caricia suya encendía una llama, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí completamente fuera de control, pero deliciosa e irremediablemente viva.  

—Siempre he querido hacer esto —confesó contra mi piel, y su sinceridad me desarmó aún más.  

El espacio, que tantas veces me pareció frío y funcional, ahora era nuestro refugio, el lugar donde todo lo contenido se desbordaba. Dejé que me guiara, que me explorara como si fuera un misterio que había esperado demasiado tiempo para resolver.  

Nuestros labios seguían devorándose, una mezcla de necesidad y curiosidad, como si en ese momento nuestras almas se hubieran puesto de acuerdo para explorar hasta el último rincón del deseo. Mi corazón latía tan rápido que casi me dolía, y mi piel ardía bajo sus manos. Marcos no solo me besaba; parecía estar absorbiendo cada uno de mis pensamientos, dejando al descubierto a una versión de mí misma que jamás había conocido.  

Con un movimiento firme, apartó los papeles y el portátil que quedaban en mi escritorio, dejándome espacio. Su boca no se detuvo, viajando desde mis labios hasta mi cuello, dejando un rastro cálido y húmedo que me hacía estremecer. Una de sus manos, cálida y decidida, se deslizó por mi muslo hasta alcanzar el borde de mi falda. No dudó en subirla lentamente, sus dedos rozándome apenas, lo justo para que mi respiración se volviera errática.  

Cuando su mano alcanzó la tela de mis bragas, me miró con una mezcla de deseo y ternura, como si buscara mi consentimiento. Le respondí moviendo ligeramente mis caderas hacia él, invitándolo a continuar. Con un movimiento rápido y certero, apartó la tela hacia un lado, dejando expuesto mi centro húmedo y palpitante.  

El aire fresco del coworking acarició mi piel, intensificando la sensibilidad. Mi clítoris, inflamado por la excitación, latía con una urgencia que parecía sincronizarse con cada respiración entrecortada. Sus dedos, fuertes y diestros, se deslizaron con facilidad entre mis pliegues mojados, provocando un gemido bajo que no pude contener.  

—Eres increíblemente hermosa así —susurró, su voz ronca, y ese simple comentario envió una corriente eléctrica directa a mi núcleo.  

No hubo más palabras. Con un movimiento decidido, desabrochó su pantalón, liberando su erección, que parecía tan lista como yo para lo que estaba por venir. Apenas tuve tiempo de procesar antes de sentir la presión de su miembro contra mi entrada, deslizándose lentamente dentro de mí.  

La sensación fue abrumadora. Mi cuerpo lo acogió con una mezcla de placer punzante y satisfacción plena. Cada centímetro que avanzaba parecía enviar ondas de calor que irradiaban desde mi centro hacia el resto de mi cuerpo. Su pelvis rozaba mi clítoris con cada embestida lenta y profunda, multiplicando las sensaciones.  

Mis gemidos se hicieron más frecuentes, cada vez más altos, mientras mis músculos internos se apretaban a su alrededor, atrapándolo en un abrazo ardiente. Mis manos se aferraron a su camisa, buscando algo a lo que anclarme mientras el placer me envolvía como un torbellino.  

Marcos comenzó a moverse con más intensidad, sus empujes firmes y constantes llevándome al borde. Sentía mi clítoris pulsar con una fuerza casi dolorosa, como si todo mi ser estuviera concentrado en ese punto de placer. La fricción, la presión y la profundidad se combinaron en un crescendo perfecto que me hizo perder la noción del tiempo y el espacio.  

Y entonces, ocurrió.  

Un calor explosivo se expandió desde mi vientre bajo, seguido de un escalofrío que recorrió toda mi columna. Solté un grito ahogado, incapaz de controlar la reacción de mi cuerpo. Mis paredes se contrajeron de forma casi violenta, y una ola de humedad cálida lo envolvió todo, desbordándome. Sentí cómo mi cuerpo liberaba todo ese placer acumulado en un clímax tan intenso que me dejó temblando, con las piernas flojas y el pecho subiendo y bajando rápidamente.  

—Dios, eres… —Marcos jadeó, sin palabras, mientras seguía moviéndose, prolongando el momento.  

El escritorio, el coworking, el mundo entero desaparecieron. Solo quedábamos nosotros, unidos en ese instante de pura conexión y deseo.

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