Habíamos sido amigos durante años. Con Daniel todo era sencillo: risas fáciles, confidencias compartidas y una complicidad que parecía inquebrantable. Nunca había sentido que cruzáramos un límite; siempre fue una relación cómoda y segura. Pero esa noche, algo cambió.
Estábamos en mi salón, una botella de vino entre los dos, celebrando no sé qué excusa que habíamos inventado para pasar tiempo juntos. Daniel hablaba de su último proyecto en el trabajo, y yo, un poco distraída, lo observaba. Tal vez era el vino o quizá una necesidad enterrada que llevaba tiempo ignorando, pero de repente noté algo que antes no había visto. Su mandíbula al reír, el brillo en sus ojos, la forma en que sus manos se movían al explicar algo…
—¿Qué? —preguntó, interrumpiendo mis pensamientos.
—Nada, nada —contesté, sintiéndome extrañamente avergonzada.
—Vamos, dime. —Insistió, acercándose un poco más desde el otro lado del sofá.
—Es una tontería. —Intenté desviar la conversación, pero no me dejó escapar.
—Te conozco demasiado bien. Algo estás pensando.
Lo miré a los ojos, sintiendo que el aire entre nosotros se volvía más denso. ¿Desde cuándo me miraba de esa manera? Había algo diferente en su mirada, algo que no había estado ahí antes… ¿o sí?
—Solo… nunca me había dado cuenta de lo bien que te queda esa camisa —dije, soltando una risa nerviosa.
—¿Ah, sí? —respondió, arqueando una ceja, divertido.
El silencio que siguió fue más elocuente que cualquier palabra. El aire se llenó de una tensión inesperada. Daniel dejó su copa sobre la mesa y se inclinó hacia mí.
—¿Sabes? —dijo en voz baja—. A veces pienso que escondes más de lo que dices.
Mi corazón empezó a latir más rápido. ¿Estaba pasando lo que creía? ¿Era el vino o algo real lo que había entre nosotros?
—¿Ah, sí? —respondí, en un intento de retarlo, aunque mi voz tembló ligeramente.
—Sí —susurró, y en un movimiento lento pero decidido, sus dedos rozaron mi rostro, apartando un mechón de cabello.
El tiempo pareció detenerse. Podía sentir el calor de su cuerpo a escasos centímetros del mío, su respiración rozando mis labios. Cerré los ojos, sin estar completamente segura de quién se movió primero, pero nuestros labios se encontraron, suaves al principio, como tanteando un terreno desconocido, y luego, con una pasión que nunca hubiera imaginado.
Su mano se deslizó por mi cuello, firme pero delicada, mientras la otra rodeaba mi cintura, acercándome más a él. Mi cuerpo respondió antes de que mi mente pudiera procesarlo, entregándome a esa sensación de descubrimiento y deseo acumulado.
—Esto es una locura… —susurré cuando nos separamos brevemente para respirar.
—Entonces no paremos —respondió, con una sonrisa que me hizo estremecer.
Sus labios descendieron por mi cuello, dejando un rastro de calor que me hacía perder el sentido. Cada roce de su piel contra la mía despertaba algo dentro de mí, algo que llevaba demasiado tiempo dormido. Mi cuerpo, ansioso y tembloroso, se arqueaba buscando más, pidiendo a gritos una liberación que aún no llegaba, pero cuya promesa era cada vez más intensa.
Daniel me levantó en sus brazos con una facilidad que me hizo sentir ligera, casi ingrávida, y me llevó al dormitorio sin romper el contacto de nuestros labios. Su respiración era profunda, entrecortada, y cada exhalación me encendía un poco más. Cuando me dejó sobre la cama, se detuvo un momento para mirarme. Esa pausa, ese instante, hizo que todo se intensificara. Era como si su mirada me desnudara más que sus manos, como si cada parte de mí fuera un secreto que él quería descubrir lentamente.
—Eres hermosa… —murmuró, y aunque supe que no era la primera vez que lo decía, esta vez sonó diferente, cargado de deseo.
Sus manos recorrieron mi cuerpo con una mezcla perfecta de firmeza y ternura. Se detuvo en cada curva, explorando con calma, como si quisiera grabarse cada centímetro de mi piel. Yo no podía contener los pequeños suspiros que escapaban de mis labios, cada vez más rápidos, más desesperados.
Cuando sus labios llegaron a mis pechos, sentí una descarga eléctrica que me hizo jadear. Su lengua trazó círculos lentos y deliberados, mientras sus manos seguían bajando, acariciando mis caderas, mis muslos, cada parte de mí que clamaba por atención. Mi cuerpo respondía sin reservas, como si se comunicara con él en un lenguaje que ninguno de los dos había hablado antes, pero que entendíamos a la perfección.
Finalmente, sus dedos se deslizaron más abajo, encontrando el lugar donde el calor y la humedad revelaban cuánto lo deseaba. Un gemido escapó de mí, incontrolable, cuando comenzó a explorarme con una destreza que me dejó sin aliento. Cada movimiento era preciso, pero lleno de intención, como si supiera exactamente lo que mi cuerpo necesitaba en cada momento.
—Daniel… —susurré, mi voz entrecortada, cargada de deseo y asombro.
—Déjate llevar… —respondió, su voz baja y profunda, tan erótica como su toque.
Y me dejé llevar. Su boca se unió a sus manos, y el mundo desapareció. Solo existía él, sus labios, su lengua, y la ola de placer que crecía dentro de mí, cada vez más fuerte, cada vez más imparable. Mis manos se aferraron a las sábanas mientras mi espalda se arqueaba, buscando más de lo que ya parecía imposible de soportar.
El clímax llegó como una explosión, recorriendo mi cuerpo en oleadas que me dejaron temblando, vulnerable y completamente viva. Mi respiración era errática, mis piernas apenas podían sostenerse, pero mi mente estaba clara: había cruzado un umbral del que no quería regresar.
Daniel subió de nuevo, sus labios buscando los míos mientras sus manos acariciaban suavemente mi rostro.
El calor de su cuerpo permanecía sobre mí, su pecho subiendo y bajando contra el mío mientras recuperábamos el aliento. Cada parte de mí seguía latiendo con la fuerza del clímax que acababa de experimentar, pero no había terminado. Lo sentía en la forma en que sus manos seguían recorriendo mi piel, en la forma en que sus labios rozaban mi cuello, suaves pero cargados de promesas.
Daniel se movió lentamente, dándome tiempo para disfrutar de cada segundo. Sus dedos volvieron a mi clítoris, ya sensible, trazando círculos con una precisión que me hacía estremecer. Mi cuerpo reaccionaba como si fuera la primera vez, un eco de placer que se acumulaba de nuevo, creciendo con cada caricia.
—¿Demasiado? —susurró contra mi oído, su voz ronca, cargada de deseo.
—No pares… —respondí, mi voz quebrada por la intensidad de las sensaciones.
Sus labios dibujaron un rastro de fuego bajando por mi pecho mientras sus dedos seguían jugando con mi clítoris, variando la presión, los ritmos, como si quisiera volverme loca. La sensibilidad era abrumadora, cada movimiento enviando una nueva oleada de calor por mi cuerpo, haciendo que me arqueara contra él.
Entonces lo sentí: la punta de su miembro rozando la entrada de mi sexo, húmedo, preparado, y más que dispuesto. Mi respiración se aceleró aún más. Sabía lo que venía, pero el mero pensamiento me hizo temblar de anticipación.
Daniel se detuvo un momento, mirándome, buscando en mis ojos una confirmación. Respondí levantando mis caderas hacia él, desesperada por sentirlo completamente.
Cuando comenzó a entrar en mí, lo hizo con una lentitud tortuosa, dejando que sintiera cada centímetro de él mientras se abría camino. La sensación era intensa, una mezcla de presión, calor y un placer que parecía extenderse desde mi centro hacia todo mi cuerpo. Mis paredes se ajustaron a él, abrazándolo, y la fricción me arrancó un gemido que no intenté contener.
—Eres increíble… —susurró contra mis labios antes de besarme, profundo y apasionado.
Cuando comenzó a moverse, lo hizo con una cadencia perfecta, lenta al principio, dejando que ambos nos perdiéramos en el ritmo. Cada empuje parecía más profundo, más intenso, y mis manos encontraron su espalda, aferrándose a él mientras mi cuerpo se entregaba completamente.
El roce constante contra mi clítoris, combinado con la sensación de llenura, era abrumador. Sentía cada movimiento de él dentro de mí, cada roce contra mis paredes, cada pausa calculada que me dejaba al borde. Mi mente se desvaneció en un torbellino de sensaciones puras, cada vez más cerca de otro clímax que prometía ser aún más devastador que el primero.
Daniel aumentó el ritmo, sus gemidos entrecortados mezclándose con los míos. Su mano bajó entre nosotros, encontrando de nuevo mi clítoris para acariciarlo en sincronía con sus embestidas. Fue demasiado. Una nueva ola de placer me envolvió, más fuerte, más intensa, arrastrándome hasta un clímax que me dejó completamente expuesta, vulnerable y satisfecha como nunca antes.
Me quedé temblando bajo él, mi cuerpo aún pulsando con el eco de lo que acababa de suceder. Daniel me sostuvo, sus manos acariciándome suavemente mientras bajábamos juntos de aquella cima. No necesitábamos palabras; el silencio estaba lleno de promesas, de descubrimientos y de un deseo que aún no se había apagado del todo.
Deja un comentario