Mi vida había sido un perpetuo encierro. No de barrotes físicos, sino de creencias que había heredado sin cuestionar. Durante años, el placer fue un tema tabú, algo casi prohibido. Pero algo en mí estaba cambiando; una chispa de curiosidad me empujaba a explorar lo desconocido, a romper las cadenas que yo misma había aceptado llevar.
Había leído, en secreto, sobre la libertad que otras mujeres encontraban en aceptar sus deseos. También había empezado a soñar despierta con escenarios que antes me habrían hecho sonrojar. Uno en particular se repetía con insistencia: una habitación tenuemente iluminada, un hombre desconocido, un encuentro sin promesas ni juicios. Ese deseo se convirtió en un eco constante en mi mente, hasta que decidí que era hora de escucharlo.
Lo planeé con cuidado, como si fuera un acto ceremonial. Contacté con un lugar discreto, un espacio diseñado para quienes buscaban explorar sus límites con seguridad. Allí no habría caras familiares, ni juicios, solo la posibilidad de ser yo misma, sin máscaras.
La tarde llegó más rápido de lo que esperaba. Me vestí con ropa sencilla, aunque debajo llevaba un conjunto que hasta entonces no me habría atrevido a comprar: encaje negro que me acariciaba como una segunda piel. Me miré al espejo antes de salir. Había algo diferente en mis ojos, una determinación nueva.
El lugar era tal como lo había imaginado: cálido, privado y envolvente. Me recibió un hombre de voz suave y una presencia que inspiraba confianza. Se presentó como Daniel, pero no preguntó por mi nombre. Agradecí su discreción. Su porte era sereno, seguro, como si entendiera que yo estaba dando un paso enorme y necesitara alguien que caminara conmigo, no delante ni detrás.
Empezamos a hablar. Su tono era cálido, paciente, casi terapéutico. Me preguntó qué buscaba esa noche. Contesté con un hilo de voz, aún insegura, pero honesta:
—Quiero dejarme llevar.
Él asintió y tomó mi mano, guiándome hacia una sala apenas iluminada. La música de fondo era apenas un susurro, pero su efecto fue inmediato: un bálsamo para mis nervios. Me ofreció un vaso de vino, pero no lo necesitaba; ya estaba embriagada por la anticipación.
Él sonrió, una sonrisa que no juzgaba, y me pidió que cerrara los ojos. Lo hice, y al instante, sentí el roce ligero de sus dedos sobre mis manos. Su contacto era exploratorio, como si preguntara en lugar de tomar. Mis nervios comenzaron a disolverse con cada pequeño toque.
Poco a poco, sus manos recorrieron mis brazos, mi cuello, hasta detenerse en mis hombros. Respiraba profundamente, tratando de no tensarme, y a medida que avanzaba, sentí cómo mi piel respondía, cálida, vibrante, viva.
Cuando sus labios rozaron mi cuello por primera vez, fue como si una corriente eléctrica atravesara mi cuerpo. Mi respiración se volvió más pesada. Quería moverme, pero no sabía cómo. Su boca descendió lentamente, dejando un rastro de calor que encendía zonas de mi cuerpo que nunca había notado antes.
Mis manos, inicialmente tímidas, finalmente se alzaron para tocarlo. Su pecho era firme bajo la tela de su camisa. Con un gesto lento, él guió mis manos hacia los botones, invitándome a desabrocharlos. Fue un acto simple, pero en ese momento me sentí poderosa.
Sus manos también se volvieron más seguras, deslizando la tela de mi blusa para dejar mis hombros desnudos. Sentí el aire fresco acariciarme antes de que sus labios tomaran el relevo. Me arqueé ligeramente hacia él, sorprendida por lo natural que empezaba a sentirse todo.
Cuando sus dedos alcanzaron el borde de mi sujetador, se detuvo, mirándome a los ojos, buscando mi aprobación. Asentí, y él lo deslizó con cuidado, dejando mis pechos al descubierto. No aparté la mirada, aunque me sentía expuesta, vulnerable. Su boca descendió lentamente, y cuando finalmente llegó a mis pezones, un gemido escapó de mis labios. Era un sonido nuevo, puro, salido de lo más profundo de mí.
Mis caderas comenzaron a moverse casi instintivamente cuando sus manos acariciaron mi cintura, tirando suavemente de mi falda hacia abajo. Ya no me sentía como una espectadora; mi cuerpo pedía más. Tomé su rostro entre mis manos y lo besé con una intensidad que me sorprendió. Fue la primera vez que tomé la iniciativa, y su respuesta, un gruñido bajo y placentero, me llenó de confianza.
Mientras yo bajaba sus pantalones, él deslizó sus dedos por mi piel desnuda, explorando mis muslos antes de llegar a mi centro. Su tacto fue delicado pero decidido, trazando círculos que me hicieron jadear. Mi respiración se volvió irregular mientras mi cuerpo comenzaba a ceder al placer.
Me aferré a sus hombros, dejando que me guiara hasta la cama. Allí, sus labios y manos continuaron su labor, llevándome a lugares que nunca antes había conocido. Pero esta vez, algo en mí despertó completamente. Quería más, pero no quería que él marcara todo el ritmo.
Con un movimiento inesperado, lo empujé suavemente hacia atrás, haciéndole entender que ahora era mi turno. Me subí a horcajadas sobre él, sintiendo el calor de su piel contra la mía. Guié su miembro hacia mí con una mezcla de timidez y determinación, dejando que él entrara lentamente. El calor, la presión, la plenitud, todo fue abrumador.
Comencé a moverme despacio, trazando un ritmo que iba creciendo en intensidad a medida que mi confianza aumentaba. Sus manos se aferraron a mis caderas, acompañando mis movimientos, pero yo era quien dirigía ahora. Cada empuje, cada ondulación de mis caderas me acercaba más a ese punto de no retorno, ese lugar donde ya no existían las dudas ni las restricciones.
Cuando finalmente llegué al orgasmo, sentí como si mi cuerpo se desbordara, como si todo lo que había reprimido durante años saliera en una explosión de luz y calor. Me derrumbé sobre él, agotada pero llena de algo que nunca había sentido antes: libertad.
Daniel me acarició la espalda, en silencio, permitiéndome saborear el momento. No hubo palabras necesarias, porque en ese instante, yo ya sabía que había dado el paso que tanto necesitaba. Había descubierto mi cuerpo, mi poder, y, sobre todo, mi derecho a disfrutar. Y eso era solo el comienzo.
Deja un comentario