Sexo con un desconocido en un tren

Siempre tomaba el mismo tren, a la misma hora, sentándome en el mismo rincón, con los auriculares puestos para evitar cualquier interacción. Era mi pequeño refugio entre la multitud. Nunca me había planteado que algo pudiera romper esa rutina. Hasta que apareció él.

Todo comenzó una mañana como cualquier otra. Subí al vagón medio vacío, buscando mi asiento habitual junto a la ventana. Pero ahí estaba él, ocupándolo. Alto, de cabello oscuro y mandíbula marcada, leyendo un libro con una expresión serena. Mi primer impulso fue buscar otro lugar, pero cuando levantó la mirada, me detuve en seco.

—¿Quieres sentarte? —preguntó, señalando el asiento vacío junto a él.

Asentí torpemente y me acomodé, manteniendo la vista fija en el paisaje que pasaba por la ventana. Sentía su presencia junto a mí como una corriente eléctrica. Podía oler su colonia, algo amaderado y cálido. Me sorprendió lo consciente que estaba de cada movimiento suyo.

Durante semanas, nuestra rutina se mantuvo. Siempre en el mismo vagón, siempre intercambiando pequeñas conversaciones. Él tenía una manera de hablar que me hacía sentir al descubierto, como si viera algo en mí que yo misma ignoraba.

Esa tarde, el tren iba más vacío de lo habitual. La tormenta que azotaba la ciudad había hecho que muchos prefirieran quedarse en casa. Cuando el vagón se sacudió con un cambio brusco de velocidad, nuestros hombros se rozaron, y no me aparté.

—Hoy pareces diferente —dijo en voz baja, ladeando la cabeza hacia mí.

Le miré, atreviéndome por primera vez a sostener su mirada. Había algo en sus ojos, un desafío que despertó en mí algo primitivo, algo que llevaba demasiado tiempo reprimido.

—Tal vez lo sea —respondí, mi voz más firme de lo que esperaba.

Él arqueó una ceja, divertido, pero no dijo nada. El silencio entre nosotros era cargado, lleno de tensión, y de repente supe que no quería que esta conexión terminara al llegar a mi parada.

Cuando el tren se detuvo, me levanté, agarré su muñeca y le miré a los ojos.

—Bájate conmigo.

No protestó. Su expresión había cambiado, ahora había algo de desconcierto, pero también de expectación. Caminamos bajo la lluvia hasta mi apartamento, sin decir una palabra. Cada paso que daba aumentaba mi pulso, pero no me detuve.

Al entrar en mi piso, cerré la puerta tras nosotros y me giré, decidida.

—No sé qué esperabas cuando subiste a ese tren —dije, acercándome lentamente—, pero si cruzas esa línea, vas a jugar bajo mis reglas.

Él me miró, sorprendido pero sin rastro de duda.

—¿Cuáles son tus reglas? —preguntó con una sonrisa que solo alimentó mi deseo.

—Primero, haz lo que te diga. Segundo, no cuestiones nada.

Sus labios formaron una línea tensa, pero asintió. El poder que sentí en ese momento era embriagador, y sin pensarlo demasiado, le empujé suavemente contra el sofá.

—Quítate la camisa —ordené, cruzando los brazos.

Sus movimientos eran pausados, deliberados, como si quisiera probar mi paciencia. Cuando su torso quedó desnudo, no pude evitar recorrerlo con mis ojos, deteniéndome en los músculos definidos y la manera en que su pecho subía y bajaba lentamente.

Entonces me incliné hacia él, rozando apenas sus labios antes de susurrarle:

—Tengo una fantasía. Siempre he querido que alguien se quede completamente quieto, mientras yo hago todo a mi manera. Sin hablar. Sin resistirse.

Él alzó las cejas, claramente intrigado, pero luego asintió.

—Hazlo.

—No, no digas nada —le advertí, colocando un dedo sobre sus labios.

Lo conduje al dormitorio, donde le ordené sentarse en el borde de la cama. Me puse de pie frente a él, mi respiración acelerada.

—Ahora, manos detrás de tu espalda. Y no te muevas.

Su mirada ardía, pero obedeció. Me moví lentamente, desabrochando uno a uno los botones de mi blusa mientras sus ojos seguían cada gesto con devoción. La tensión entre nosotros crecía con cada capa que caía, con cada paso que yo daba para acercarme a él.

Cuando estuve lo suficientemente cerca, subí a horcajadas sobre él, rozándole apenas con mis labios, disfrutando de la forma en que contenía la respiración.

—No te muevas —le recordé mientras recorría su cuello con mi boca, mordisqueando ligeramente.

Él tembló bajo mi toque, pero no rompió su promesa. Yo, en cambio, me sentía completamente desatada, explorándole con mis manos, con mis labios, con todo mi ser. Por primera vez en mi vida, no tenía miedo de tomar el control, de marcar el ritmo, de guiar.

Cuando por fin decidí concederle permiso para moverse, le miré fijamente y, sin palabras, le guié con mi cuerpo. Lentamente, tomé su rostro entre mis manos, marcando el ritmo, mientras me acomodaba sobre él, sintiendo la tensión de su musculatura bajo mis muslos. Con un movimiento calculado, le sentí entrar en mí, llenándome por completo. Era un calor profundo, envolvente, como si cada centímetro suyo despertara en mi interior un torrente de sensaciones que nunca había explorado. Me detuve un instante, dejando que esa conexión tan íntima se asentara, sintiendo cómo mi cuerpo se adaptaba a él, cómo cada fibra se tensaba y luego se rendía a la plenitud que ahora me invadía.

Con un movimiento calculado, me dejé llevar por la sensación de llenarme por completo, sintiendo cómo mi cuerpo cedía ante su firmeza. Era un calor profundo, un pulso eléctrico que parecía conectar directamente con mi centro. Me quedé inmóvil un instante, como saboreando esa tensión perfecta, el momento exacto en el que el mundo dejaba de existir.

Empecé a moverme despacio, marcando el ritmo con un vaivén suave, controlando cada segundo. Sus manos, obedientes detrás de su espalda, temblaban por el esfuerzo de contenerse, y ese detalle solo aumentaba mi deseo. La fricción, cada vez más intensa, despertaba algo salvaje dentro de mí. Mis uñas recorrían su pecho desnudo, dejando pequeños rastros rojos mientras me inclinaba hacia él, dejando que mis jadeos cálidos rozaran su oído.

—No te detengas —susurré.

Sus caderas se movieron ligeramente, buscando acompasar mi ritmo. Cada movimiento profundo hacía que mi espalda se arqueara, que mi respiración se volviera errática, que mi control comenzara a desmoronarse. Sentía cómo la presión se acumulaba en mi interior, como una ola que se acercaba inexorablemente a la orilla.

Y entonces llegó. El clímax me tomó por completo, como un estallido de luz que irradiaba desde el centro de mi cuerpo hacia cada rincón. Mi cuerpo se tensó, un gemido desgarrador escapó de mis labios, y durante esos segundos no existía nada más que el calor, la intensidad, y la sensación de estar completamente viva. Él me siguió casi al instante, con un rugido grave que me hizo estremecer.

Nos quedamos así, juntos, con la respiración entrecortada, mientras las sombras de la noche cubrían el cuarto y la lluvia seguía golpeando los cristales. Había roto mis límites, había tomado lo que deseaba, y ahora sabía que nunca volvería a ser la misma.

Deja un comentario