La noche era cálida, y había una sensación de expectativa en el aire. Había encendido unas velas por toda la sala, dejando que su luz suave creara un ambiente acogedor. Mi marido y yo habíamos invitado a cenar a Carlos, un amigo que, desde que perdió a su mujer, se había convertido en una sombra de sí mismo. No salía, no socializaba, y sabíamos que llevaba años sin estar con nadie. Esta noche quería darle algo que llevaba tiempo anhelando: el calor del contacto humano.
Lo veía sentado frente a nosotros, con una copa de vino en la mano, y aunque sonreía, sus ojos seguían cargados de tristeza. Durante la cena, nos fuimos relajando. El vino ayudó a desinhibirnos, y yo no pude evitar notar cómo Carlos dejaba que su mirada se deslizara hacia mi escote cada vez que me inclinaba hacia él. Sentí un cosquilleo de satisfacción al verlo así; después de todo, sabía lo que podía provocarle a un hombre.
—Hace tanto que no me sentía así de cómodo… —confesó él, con una sonrisa tímida.
No pude evitar poner mi mano sobre la suya, como si eso pudiera transmitirle un poco de la calidez que tanto le faltaba. Mis dedos se quedaron allí un poco más de lo necesario, acariciando su piel con suavidad. Noté cómo sus ojos buscaban los de mi marido, casi como si pidiera permiso. Pero él solo nos observaba en silencio, con esa mirada que conozco tan bien, una mezcla de curiosidad y deseo.
—Carlos —le susurré, inclinándome más cerca de su oído—, no queremos que te sientas solo.
Sentí cómo su respiración se entrecortaba, y un estremecimiento recorrió mi cuerpo. Me puse de pie y le tendí la mano. Me miró sorprendido, pero la tomó, dejándose guiar hacia el sofá. Mi corazón latía más rápido, sabía lo que estaba a punto de hacer, y eso me excitaba como no lo había sentido en mucho tiempo.
Sin soltar su mano, me senté a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza de su cuerpo bajo el mío. Mis labios buscaron los suyos en un beso lento, explorador. Al principio, noté su vacilación, pero luego se entregó con una pasión que me tomó por sorpresa. Era como si hubiera contenido años de deseo, y ahora, por fin, lo dejaba salir. Mi marido se acercó, rodeándonos, sus manos acariciando mis hombros, y sentí el calor de su aliento en mi cuello.
—No sabes cuánto tiempo he deseado esto… —jadeó Carlos, con los ojos cerrados mientras sus manos se deslizaban por mi cintura.
Deslicé mis manos por su pecho, bajando hasta desabrochar su cinturón. Sentía el pulso acelerado de su corazón bajo mis dedos. Me aparté un momento, y me arrodillé entre sus piernas, viendo cómo él me miraba con incredulidad y deseo. Sonreí para mí misma, disfrutando del poder que tenía en ese momento.
Sentí cómo el aire se volvía más denso a nuestro alrededor, cargado de deseo contenido. Me levanté despacio, deslizándome de su regazo y dejándolo con la respiración entrecortada. Sabía lo que ambos queríamos, lo que los tres necesitábamos. Sin apartar la mirada de Carlos, me deshice de mi ropa interior, dejándola caer al suelo. Luego, subí de nuevo a horcajadas sobre él, sintiendo el calor de su piel desnuda contra mis muslos.
Mi marido, que había estado observando, se acercó aún más, sus manos acariciando mis caderas, como dándome ánimos para lo que iba a hacer. Carlos me miraba con una mezcla de asombro y deseo, como si no pudiera creer que esto realmente estuviera sucediendo. Sonreí con suavidad, disfrutando de ese momento de control, de la sensación de poder que corría por mis venas.
Acaricié su miembro con mis dedos, recorriendo toda su longitud, sintiendo cómo palpitaba bajo mi tacto. Era grueso y firme, tan duro que parecía a punto de estallar. Me mordí el labio, anticipando la sensación de tenerlo dentro de mí. Sin prisa, me incliné hacia adelante, mis pechos rozando su torso, y le susurré al oído:
—Quiero que me sientas, Carlos… quiero que me llenes por completo.
Guié su erección hacia mi entrada, deslizándola lentamente entre mis pliegues húmedos, dejando que su punta rozara mi clítoris en un toque que me arrancó un jadeo involuntario. Sentí un temblor recorrer mi cuerpo, y él también lo sintió. Sus manos se aferraron a mis caderas, como si temiera que todo esto fuera un sueño del que podía despertar en cualquier momento.
Bajé las caderas un poco, solo lo suficiente para que su glande se hundiera en mí, abriéndome con una deliciosa lentitud. La sensación fue electrizante, un ardor placentero que me hizo soltar un gemido ahogado. Carlos estaba temblando bajo mí, sus ojos cerrados, sus labios entreabiertos en un gesto de puro éxtasis.
Me quedé allí, con solo la punta de su miembro dentro de mí, disfrutando de la sensación de llenura inicial, de esa tensión que hacía que cada fibra de mi ser vibrara. Luego, con un movimiento lento y decidido, me dejé caer más, sintiendo cómo su grosor se deslizaba centímetro a centímetro en mi interior, llenándome de una manera que no había sentido en mucho tiempo. Mis paredes se adaptaron a él, apretándose alrededor de su erección, envolviéndolo en una calidez húmeda que le arrancó un gemido ronco.
—Dios… Marta… —murmuró con la voz rota, sus manos apretando mis caderas con fuerza.
Yo cerré los ojos, dejándome llevar por la sensación. Su miembro llenaba cada espacio dentro de mí, estirándome de una manera deliciosa, como si estuviera hecho para encajar ahí. Me moví lentamente al principio, subiendo y bajando las caderas, sintiendo cómo rozaba cada rincón de mi vagina, cada pliegue sensible que parecía cobrar vida con su roce. Cada vez que me deslizaba hacia abajo, lo sentía más profundo, más adentro, hasta que llegué al punto en que ya no podía contenerme más.
—Sí… así… tan profundo… —jadeé, mi voz quebrada por la mezcla de placer y anticipación.
Empecé a acelerar el ritmo, moviendo mis caderas en círculos, adelante y atrás, sintiendo cómo su erección presionaba ese punto profundo que me hacía ver estrellas. Mis uñas se clavaron en sus hombros, mientras me inclinaba hacia atrás, dejando que me llenara aún más, que llegara a esos lugares que solo él podía alcanzar en ese momento.
Cada vez que me dejaba caer sobre él, sentía un choque de placer que se extendía desde mi centro hacia todo mi cuerpo. Mi marido, viendo mi entrega, deslizó una mano entre nosotros, acariciando mi clítoris con suaves movimientos circulares que hicieron que mi placer se multiplicara. Grité, sin poder contenerme, sintiendo cómo las oleadas de placer se intensificaban.
—No te detengas, Carlos… lléname… dame todo —le rogué, moviendo mis caderas con un ritmo frenético.
Carlos empezó a moverse bajo mí, empujando hacia arriba, hundiéndose en mí con más fuerza, y cada embestida suya me llevaba más cerca del abismo. Lo sentía tan profundamente dentro de mí que cada estocada parecía borrar el límite entre donde terminaba él y comenzaba yo. Me perdí en la sensación de sus manos en mis caderas, de su miembro llenándome con fuerza, de los gemidos ahogados de mi marido al vernos juntos.
El orgasmo se apoderó de mí sin previo aviso, como una ola que me arrastró hacia un lugar de puro éxtasis. Me aferré a Carlos, gritando su nombre mientras mi cuerpo se estremecía alrededor de él, mis paredes apretándose con fuerza, ordeñándolo con cada espasmo. Sentí su propio clímax cuando se dejó ir, llenándome con su calor, su miembro pulsando en mi interior mientras yo seguía montándolo, prolongando ese momento de pura conexión.
Me derrumbé sobre él, con los ojos cerrados y el corazón latiendo con fuerza, su respiración agitada resonando en mi oído. Sentí a mi marido acercarse, sus labios encontrando los míos en un beso lleno de complicidad y deseo satisfecho. Carlos nos abrazó a ambos, y en ese momento supe que esa noche sería solo el inicio de algo que los tres exploraríamos juntos.
Deja un comentario