Visita casual a un club swinger

La lluvia comenzó a caer sin previo aviso, empapándonos en cuestión de segundos mientras paseábamos por esas calles desconocidas. Mi vestido blanco se pegó a mi piel, dibujando cada curva. Mi marido, con su camisa también mojada, buscaba desesperadamente un lugar para resguardarnos. Por fin, vimos un neón titilante al final de la calle: «Club Lúmina». No teníamos otra opción.

Empujamos la puerta y nos recibió una cálida ráfaga de aire. El contraste con la tormenta afuera era tan acogedor que decidimos quedarnos. Un hombre en la entrada nos sonrió, preguntándonos si habíamos venido por primera vez. Asentimos, aún sin saber qué esperar. 

El interior era más elegante de lo que imaginé para un lugar que no conocíamos. Las luces eran tenues, cálidas, con un ambiente íntimo que hacía desaparecer el mundo exterior. Mi marido se acercó a la barra y pidió dos copas de vino tinto mientras yo me acomodaba en un sofá de terciopelo oscuro, sintiendo cómo el calor del lugar comenzaba a secar mi ropa y a relajarme.

Observé a nuestro alrededor, notando parejas conversando, algunas más cerca de lo que sería apropiado en un bar convencional. Unos besos, unas caricias. Pensé que tal vez habíamos entrado en algún tipo de club privado, pero algo en la atmósfera iba más allá de eso. Las risas, los susurros, el contacto desinhibido. Tomé mi copa y di un sorbo, sintiendo el vino bajar lentamente por mi garganta, caldeándome.

—No creo que estemos en un lugar común —susurré al oído de mi marido, con un brillo de curiosidad en mis ojos. Él, con esa media sonrisa que siempre me había vuelto loca, encogió los hombros y me guiñó un ojo.

—Tal vez sea interesante quedarnos un rato, ¿no crees? —me respondió.

Nos quedamos en ese rincón, observando y disfrutando del anonimato que nos ofrecía el lugar. Fue entonces cuando una pareja se acercó. Ella, alta, de cabello oscuro y mirada penetrante; él, de hombros anchos y sonrisa fácil. Empezamos a hablar, al principio, conversaciones triviales, pero había algo en sus miradas que me hacía sentir un cosquilleo en la piel, algo que no había sentido en mucho tiempo.

—Nunca habíamos venido a un club así —dije en un momento, riendo nerviosa.

—Siempre hay una primera vez para todo —contestó ella con un tono seductor, mirándome directamente a los ojos. Sentí un escalofrío recorrerme desde la nuca hasta la base de mi espalda.

Sin darme cuenta, el vino y la calidez del ambiente comenzaron a desinhibirme. Observé cómo otras parejas se tocaban, se besaban sin restricciones. Podía sentir el calor acumulándose en mi vientre, la forma en que mi respiración se aceleraba. Mi marido no dejaba de mirarme, con esos ojos llenos de deseo que me habían cautivado desde el principio. Pero ahora, había algo más: una chispa nueva, encendida por el morbo de estar rodeados de otros.

La otra mujer se acercó más, sus dedos rozando mi muslo. No me moví. No pude, ni quise. Todo era un juego de seducción al que estaba dispuesta a entregarme. Sentí los labios de mi marido en mi cuello, y luego las manos de ella sobre mis hombros, deslizando los tirantes de mi vestido. Todo sucedió de forma tan natural que, antes de darme cuenta, los cuatro estábamos en una sala más privada, un espacio con un gran diván cubierto de cojines.

La otra pareja, tras intercambiar miradas cómplices con nosotros, comenzó a desnudarse lentamente frente a nuestros ojos. Ella deslizó sus tirantes con una gracia provocadora, revelando unos pechos firmes, de pezones oscuros y erguidos que pedían ser tocados. Su piel era de un tono bronceado perfecto, y sus caderas se movían con una sensualidad que no pude evitar seguir con la mirada. Él, por su parte, dejó caer la camisa al suelo, revelando un torso musculoso y definido, con un vello fino que se deslizaba desde el pecho hasta el vientre, donde una línea de pelo llevaba la vista hasta el bulto evidente bajo sus pantalones.

Cuando se quitó los pantalones y la ropa interior, no pude evitar abrir los ojos con sorpresa y deseo. Su miembro, grande y grueso, colgaba entre sus muslos poderosos, con una cabeza ancha que brillaba tentadoramente bajo la luz tenue del lugar. Sus manos eran grandes, fuertes, y una parte de mí se estremeció ante la idea de cómo se sentirían esas manos explorando mi piel.

El hombre se acercó a mí con una mirada intensa, como si no hubiera nada más en el mundo en ese momento. Tomó mi mano con firmeza, pero sin perder la delicadeza, y comenzó a desvestirme con una paciencia que me encendía. Sentí cómo me deslizaba los tirantes del vestido por los brazos, dejándolo caer al suelo, hasta que mis pechos quedaron expuestos. Su boca se acercó a uno de mis pezones, envolviéndolo con su lengua, mientras su otra mano bajaba lentamente por mi vientre.

Mi marido observaba, hipnotizado, mientras ella también se unía al juego, sus labios suaves comenzando a recorrer mi cuello, dejándome una estela de besos húmedos y cálidos. Pronto, las manos de todos ellos comenzaron a deslizarse por mi cuerpo como una coreografía perfecta. Sentí las manos grandes del hombre acariciar mi trasero, apretándome con deseo, mientras su otra mano encontraba su camino entre mis piernas, abriéndome.

Ella, mientras tanto, no dejó de besarme, atrapando mis labios con los suyos, su lengua jugueteando con la mía. Mi marido se unió, sus dedos expertos masajeando mis pechos, pellizcando mis pezones justo como sabía que me gustaba. Me sentía como un instrumento tocado por varios virtuosos a la vez, cada uno arrancándome gemidos que no sabía que podía emitir.

Él se arrodilló ante mí, sus dedos reemplazados por su lengua mientras me abría los labios con una habilidad que me dejó sin aliento. Sentí su lengua firme deslizarse por mi clítoris, trazando círculos lentos, antes de penetrarme con ella, haciéndome gritar de placer. Mientras tanto, ella se había colocado detrás de mí, sus pechos presionando contra mi espalda, sus dedos encontrando el camino para estimular mi clítoris al mismo tiempo que él me devoraba.

Cuando pensé que no podía soportar más, él se levantó, mirándome a los ojos con una promesa en su mirada. Me empujó suavemente contra el diván, separando mis piernas con sus rodillas. Sentí la punta de su miembro rozando mi entrada, y una oleada de anticipación me recorrió. Entró en mí lentamente, llenándome por completo, estirando mis paredes de una forma que nunca había experimentado antes. Era grueso, y cada centímetro que se deslizaba dentro de mí me arrancaba un gemido más profundo que el anterior.

El ritmo que marcaba era lento pero firme, cada embestida me llevaba más y más alto. Sentí las manos de mi marido en mis pechos, sus dedos expertos apretándome justo cuando él se hundía más profundo. Ella, a un lado, se dedicaba a estimular mi clítoris con sus dedos, moviéndolos en sincronía con sus embestidas. Estaba envuelta en una sinfonía de placer, cada estímulo multiplicando el anterior.

La combinación de los tres cuerpos y las sensaciones era más de lo que podía soportar. Sentí una presión intensa formándose en mi vientre, un calor que se expandía como una tormenta dentro de mí. Mi marido, con su respiración entrecortada, me miraba mientras el otro hombre me hacía estremecer con cada embestida. Y yo, perdida en ese océano de deseo, lo miré a los ojos y vi el fuego, el amor y los celos que tanto me excitaban.

Él aceleró el ritmo, sus embestidas más profundas, más duras, hasta que me llevó al límite. Un último empujón, y sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba, una explosión de placer que me dejó temblando, un orgasmo tan potente que hizo que mis piernas se aflojaran y los gemidos se convirtieran en gritos. Mi vagina se apretaba contra él con fuerza, exprimiéndolo, mientras mi clímax me recorría en oleadas interminables.

Caímos juntos en el sofá, jadeando, mi cuerpo aún sacudido por pequeños espasmos. Nunca antes había sentido algo tan intenso, tan desbordante. Mi marido se inclinó para besarme, su boca sabiendo a deseo compartido. Nos quedamos abrazados mientras la otra pareja salía de la habitación.

Nos quedamos allí, enredados, sin palabras, solo con miradas cómplices que sabían que esa noche había cambiado algo en nosotros. Una experiencia que marcó un antes y un después en nuestra manera de vivir el deseo.

Deja un comentario