Llevaba tanto tiempo sin sentir el roce de una piel ajena, sin que me tocaran de la manera en que lo deseaba, que cada noche me deslizaba entre las sábanas con un anhelo imposible de ignorar. Mi matrimonio se había convertido en una rutina sin pasión, sin caricias ni besos que despertaran mis sentidos. Mi marido, siempre ocupado, parecía haber olvidado que yo aún existía bajo esa capa de responsabilidades y tareas cotidianas. Lo había intentado todo para recuperar nuestra intimidad, pero me había rendido al fin ante la indiferencia. Fue entonces cuando surgió una idea insólita, una que no me habría atrevido a considerar en otro momento.
Marta, mi hermana menor, siempre había sido la mujer segura, la que nunca se reprimía, la que siempre obtenía lo que deseaba. Fue a ella a quien acudí una noche, en medio de una conversación sobre la vida, las frustraciones y los deseos no cumplidos. Le conté lo que me pasaba, lo que me quemaba por dentro, y ella, después de unos segundos de silencio, simplemente me dijo:
—¿Y si te presto a Luis?
Me quedé mirándola, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. ¿Prestarme a su marido? ¿Ella, que siempre había mostrado una devoción absoluta por él? Mi incredulidad debió reflejarse en mi rostro porque Marta soltó una carcajada.
—No te estoy tomando el pelo, Lisa. Creo que podrías beneficiarte de pasar un rato con un hombre que sabe cómo hacer disfrutar a una mujer. —Sus ojos brillaban con esa chispa traviesa que siempre había tenido.
—No sé si sea buena idea… —murmuré, aunque la sola posibilidad hizo que mi cuerpo reaccionara con un estremecimiento.
—Piénsalo —dijo ella con un guiño—. Y si decides hacerlo, deja que yo lo organice.
Pasaron unos días antes de que me armara de valor para aceptar su oferta. Marta, fiel a su palabra, se encargó de todo. Me dijo que hablara con Luis solo cuando ella me avisara, para evitar cualquier incomodidad.
Cuando al fin llegó el día, me desperté con un nudo en el estómago. No podía creer lo que estaba a punto de hacer. Me arreglé con más esmero de lo habitual: un vestido que sabía que me favorecía, lencería negra de encaje que hacía años no usaba, y un toque de perfume en los lugares estratégicos. Al mirarme al espejo, me sentí por primera vez en mucho tiempo como una mujer deseable, no solo una esposa olvidada.
Marta me había indicado que fuera a su casa a las cinco de la tarde. Cuando llegué, ella me recibió con una sonrisa cómplice.
—Luis está en el estudio —dijo—. Yo me marcho al gimnasio por un par de horas. Tómate tu tiempo.
La forma en que lo dijo, tan despreocupada, me tranquilizó un poco, aunque los nervios seguían arremolinándose en mi estómago. Marta me abrazó antes de irse, susurrándome al oído:
—Disfruta. Lo mereces.
Cuando me quedé sola, me acerqué al estudio donde Luis estaba, la puerta entreabierta dejaba escapar una tenue luz dorada. Me tomé un momento para respirar profundamente antes de empujarla con suavidad.
Luis levantó la mirada de su libro al verme entrar, una expresión de sorpresa transformándose en una de reconocimiento y luego, lentamente, en una sonrisa.
—Así que Marta te convenció al final —dijo con voz grave, casi ronca.
—Supongo que sí —contesté, mi voz apenas un susurro.
No hubo más palabras. Se levantó y se acercó a mí con pasos firmes, su presencia imponente hizo que mi pulso se acelerara. Sentí su mano recorrer mi brazo hasta el hombro, el contacto fue un incendio que se expandió rápidamente por mi cuerpo.
—Estás preciosa —murmuró, y antes de que pudiera contestar, sus labios se apoderaron de los míos con una firmeza que me dejó sin aliento.
La sensación de sus manos sobre mi cintura, deslizándose hasta mi espalda, despertó deseos que creía enterrados. Me dejé llevar, su lengua explorando la mía, sus dedos jugueteando con los botones de mi vestido hasta que este cayó al suelo en un susurro de seda. Mis pezones se endurecieron al contacto con el aire fresco, y gemí cuando sus labios los tomaron entre sus dientes, chupando y mordisqueando con una intensidad que me hizo arquear la espalda.
Me empujó suavemente hacia el sofá, su cuerpo cubriéndome, su dureza presionando contra mi muslo. Desnudó mi lencería con una maestría que hizo que me estremeciera, el encaje rasgándose bajo sus manos firmes. Cuando sus dedos encontraron mi humedad, me arqueé hacia él, ansiosa, perdida en el torbellino de sensaciones.
—Marta me dijo que te hiciera sentir deseada… —susurró contra mi oído mientras sus dedos se deslizaban dentro de mí con una cadencia lenta, torturante—. Pero creo que tú eres quien me está volviendo loco.
Su boca bajó entre mis muslos, y la sensación de su lengua trazando círculos sobre mi clítoris fue tan intensa que creí desmayarme. No podía recordar la última vez que alguien me había hecho sentir tan viva, tan llena de deseo. Cada lamida era un pulso eléctrico que me recorría, y sus dedos dentro de mí se movían con un ritmo calculado, llevándome al borde y retrocediendo justo cuando estaba a punto de caer.
—Por favor… —murmuré, apenas consciente de lo que decía—. No pares…
Luis aceleró, sus movimientos se hicieron más intensos, más urgentes, hasta que el mundo se desvaneció y solo existía el placer abrasador que crecía en espiral dentro de mí. Sentí mi cuerpo tensarse, la explosión inminente, y cuando finalmente llegó, grité su nombre, mis piernas temblando mientras él me sostenía, no dejándome caer en el abismo del éxtasis.
Cuando por fin me soltó, con un beso suave en los labios de mi vagina hinchados, me quedé tendida, jadeando, con el corazón latiendo desbocado. No hubo necesidad de palabras. Luis me abrazó, sus dedos acariciando mi espalda mientras mi respiración se calmaba.
Después se apartó de mí, dejándome con la piel aún encendida por el placer, escuchamos el sonido de la puerta principal abriéndose. Marta había regresado. Sus pasos resonaron por el pasillo, y al poco, apareció en el umbral de la puerta con una expresión satisfecha en el rostro.
Nos miró, primero a mí, luego a Luis, y una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Veo que os habéis divertido —dijo, su tono desenfadado pero cargado de intención. Se acercó a nosotros con una gracia felina, y antes de que pudiera reaccionar, me acarició la mejilla con la ternura de una hermana que conoce mis secretos más profundos.
—¿Te ha gustado, Lisa? —preguntó con un brillo en los ojos.
—Sí… ha sido increíble —admití, aún sintiendo las últimas reverberaciones del orgasmo que Luis me había regalado.
Marta giró su atención hacia su marido, que estaba de pie junto al sofá, mirándonos con una mezcla de deseo y satisfacción. Se acercó a él, susurrándole algo al oído que no logré escuchar. Pero su sonrisa se hizo más amplia, y vi cómo su erección aún pulsaba con fuerza. Marta se volvió hacia mí con una expresión traviesa.
—Creo que aún queda algo más que podrías disfrutar. ¿Te gustaría que Luis te tomara por completo? —preguntó, su voz apenas un murmullo cargado de promesas.
Mis ojos se abrieron de par en par, el calor en mi vientre reavivándose con solo pensar en lo que implicaban sus palabras. Asentí sin decir nada, mi cuerpo ya deseando más, pidiendo ser llenado, ser reclamado. Marta sonrió satisfecha y se volvió hacia su esposo.
—Luis, creo que Lisa necesita algo más —dijo, guiando su mano hacia mí.
Luis no necesitó más indicaciones. Se arrodilló entre mis piernas, abriéndolas aún más, sus manos recorrieron mis muslos con una firmeza que me hizo gemir. Cuando la punta de su miembro se alineó con mi entrada húmeda, sentí un pulso eléctrico recorrer mi cuerpo. El tiempo pareció detenerse por un instante, y luego, con un movimiento lento y decidido, me fue penetrando despacio.
La sensación fue abrumadora. Mis labios se abrieron para recibirlo, cada centímetro entrando en mí con una suavidad que contrastaba con la dureza de su erección. Me llenó completamente, su grosor estirándome de una manera deliciosa. Solté un gemido profundo, mi espalda arqueándose para recibirlo aún más adentro.
—Dios… —murmuré, perdida en la sensación, mis paredes internas contrayéndose alrededor de él, abrazando su longitud.
Luis empezó a moverse, primero despacio, marcando un ritmo que me hacía temblar con cada embestida. Marta, aún a nuestro lado, me acariciaba el cabello, sus ojos fijos en la unión de nuestros cuerpos, deleitándose con el espectáculo.
—Eso es, hermana… —me susurró al oído—. Déjate llevar.
Cada vez que Luis entraba en mí, rozaba ese punto profundo que hacía que mi placer se intensificara. Sentía sus labios en los míos, sus besos voraces mientras sus embestidas se volvían más rápidas, más urgentes. Mi cuerpo respondió instintivamente, mis caderas moviéndose al unísono con las suyas, el sonido de nuestra piel chocando llenando la habitación.
Podía sentir el calor creciendo en mi interior, un fuego que se extendía por todo mi ser. Marta, en un gesto inesperado, se inclinó hacia mí, sus labios encontrando los míos en un beso apasionado que me hizo jadear aún más. Sus dedos presionaron mi clítoris mientras Luis continuaba penetrándome, llevando mi cuerpo al borde del abismo.
—Vamos, Lisa, quiero oírte —murmuró Marta contra mis labios, su voz un susurro de deseo.
Y así lo hice. Un grito desgarrado salió de lo más profundo de mi ser cuando el orgasmo me golpeó como una ola, mis paredes internas apretándose alrededor de Luis mientras él continuaba moviéndose, llevándome aún más allá de lo que creía posible. Sentí su gemido ronco cuando finalmente se dejó ir, llenándome con su calor, sus últimas embestidas lentas pero llenas de intensidad.
Cuando todo terminó, me quedé tendida en el sofá, con la respiración entrecortada, mi cuerpo temblando por el éxtasis que acababa de experimentar. Luis se desplomó a mi lado, y Marta nos rodeó a ambos con sus brazos, como si fuéramos un triángulo de piel, calor y satisfacción.
—Sabía que disfrutarías esto —susurró Marta, dándome un último beso en la mejilla—. Y para cuando quieras repetir… ya sabes dónde encontrarnos.
No pude evitar sonreír, aún perdida en el placer. No sabía qué significaría esto para el futuro, pero por primera vez en mucho tiempo, me sentí completa, deseada, viva. Y eso era todo lo que necesitaba en ese momento.
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