Había algo en el aire que hacía que mi piel se erizara mientras caminaba por el pasillo del viejo edificio. No era la primera vez que visitaba este consultorio, pero esta vez era diferente. Había recibido una invitación especial, un sobre lacrado en mi buzón, con una única instrucción: «Ven sola a las 8 p.m.»
El consultorio estaba en un piso alto, con ventanas antiguas que dejaban pasar la tenue luz de la ciudad. Al abrir la puerta, un fuerte aroma a incienso y madera me envolvió, transportándome a un lugar que no parecía del todo real. La sala de espera estaba vacía, pero la puerta que llevaba al interior del consultorio estaba entreabierta.
—Adelante, te estábamos esperando —dijo una voz masculina profunda, resonando desde la penumbra.
Mi corazón dio un brinco, y un impulso inexplicable me llevó hacia la voz. Al entrar, vi al doctor sentado en su silla, un hombre atractivo, con el cabello canoso y una mirada penetrante. Pero no estaba solo. A su lado, sentada en el borde del escritorio, había una mujer de cabello oscuro, con una figura que apenas podía contenerse en el corsé de cuero que llevaba puesto.
—Cierra la puerta y quítate la ropa —ordenó él, sin un rastro de duda en su voz.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Mi mente decía que debía salir corriendo, pero mi cuerpo tenía otros planes. Había algo en esa atmósfera, en esos ojos que me miraban con una mezcla de autoridad y lujuria, que me hacía imposible negarme. Deslicé mis manos temblorosas hasta el botón de mi blusa, desabrochándola lentamente bajo sus miradas.
—Así está mejor… —susurró la mujer, deslizándose del escritorio y acercándose a mí con pasos felinos. Pude ver el brillo de su sonrisa mientras me ayudaba a desnudarme por completo, dejando mis prendas caer al suelo, una a una.
—Hoy vamos a explorar algo diferente, algo que tus fantasías más oscuras ni siquiera han tocado aún —dijo el doctor mientras se levantaba de su silla, desabrochando su bata para mostrar que debajo solo llevaba un pantalón ajustado que delataba su erección.
Me tomó de la mano y me guió hacia una camilla en el centro de la habitación, donde había correas de cuero negro colgando de los costados. Mi corazón latía con fuerza, pero el deseo había eclipsado cualquier miedo que pudiera haber tenido. Me recostaron boca arriba y, antes de que pudiera procesar lo que estaba ocurriendo, la mujer empezó a atar mis muñecas y tobillos a la camilla, dejándome completamente expuesta y vulnerable.
—Ahora vamos a ver hasta dónde puedes llegar —dijo él, mientras sacaba un pequeño maletín de metal que colocó a un lado.
La mujer sonrió de una manera que me dejó sin aliento. Sentí sus labios recorrer mi cuello, bajando por mi pecho hasta atrapar uno de mis pezones entre sus dientes, dándole un leve mordisco que me hizo arquear la espalda. Pero lo que me dejó realmente sin palabras fue cuando sacó del maletín un objeto que no esperaba: una serie de plumas y varillas de metal, diseñadas para estimular cada rincón de mi cuerpo.
El doctor empezó con la pluma, deslizándola por mis muslos, subiendo lentamente hasta mi entrepierna. El roce suave y delicado era a la vez tortura y éxtasis, haciendo que mi respiración se volviera errática. Justo cuando pensaba que no podía soportarlo más, cambió a una de las varillas de metal que, al contacto con mi piel, emitió una descarga eléctrica ligera que envió oleadas de placer directo a mi clítoris.
—Vamos a despertar cada uno de tus sentidos… —susurró la mujer en mi oído, antes de deslizar su lengua a lo largo de mi cuello.
Sentí cómo la electricidad corría por mis venas, cada descarga, cada caricia llevándome más allá del límite. Pero el doctor no había terminado. Se colocó entre mis piernas y, sin previo aviso, me penetró con un dildo frío que me arrancó un gemido de sorpresa. La mujer, mientras tanto, no dejó de acariciar mi clítoris, llevándome al borde del orgasmo una y otra vez, solo para retirarse en el último segundo, dejándome en un estado de necesidad absoluta.
—Te estamos llevando al límite… y más allá —susurró él, sacando el juguete para sustituirlo por su miembro, duro y caliente. La sensación de contraste entre el frío y su calor fue tan intensa que creí desmayarme del placer.
No pude más que entregarme al torbellino de sensaciones que me invadían. Sentí cómo el orgasmo se construía en mi interior, cada embestida del doctor sincronizada con las caricias de la mujer. Justo cuando creí que iba a explotar, la mujer deslizó dos dedos dentro de mí, acompañando el ritmo, llevándome al borde.
—Ahora… —murmuró él, y fue como si hubieran encendido una chispa en mi interior.
El orgasmo me golpeó con la fuerza de una tormenta, haciéndome gritar, arqueando la espalda contra las ataduras. El doctor no se detuvo hasta que me sintió temblar y convulsionar alrededor de él, y fue entonces cuando se dejó llevar, llenándome con su esencia, mientras la mujer me miraba con una satisfacción casi perversa.
Quedé allí, jadeando, exhausta, mis piernas aún temblando por la intensidad de lo que acababa de experimentar. El doctor y la mujer se separaron, dejando que el silencio llenara la habitación mientras me desataban con delicadeza.
—Espero que hayas disfrutado tu sesión —dijo él con una sonrisa enigmática—. Sabemos que volverás por más.
Me vestí en silencio, mi mente aún nublada por el placer, y salí del consultorio sintiendo que había cruzado un umbral del que ya no había vuelta atrás. Lo que había comenzado como una visita a un simple consultorio había terminado en una experiencia que cambiaría para siempre la forma en que veía el placer y la lujuria.
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