Tres parejas juegan

Habíamos planeado pasar el fin de semana en la casa de la playa junto con unos amigos. Era un lugar apartado, rodeado de palmeras y con acceso directo al mar. El plan era relajarnos, beber, y disfrutar de la libertad que nos daba la privacidad del lugar. Éramos tres parejas, y aunque siempre habíamos mantenido las cosas dentro de los límites de la amistad, había una tensión en el aire, un deseo tácito que ninguno de nosotros había expresado antes… hasta esa noche.

Después de una tarde de risas y juegos en la arena, nos reunimos en el salón para beber unas copas y disfrutar de la brisa nocturna. Yo llevaba un bikini negro debajo de un vestido ligero, pero la humedad del ambiente hacía que la tela se pegara a mi cuerpo, revelando más de lo que pretendía. Las miradas de los chicos no pasaron desapercibidas, especialmente la de Javier, el amigo de mi esposo. Sus ojos oscuros recorrían mi cuerpo con un deseo apenas contenido.

Mi marido, Daniel, parecía divertirse con la situación, como si ya hubiese adivinado hacia dónde se dirigía la noche. Sin embargo, lo que no esperaba era la propuesta que lanzó Laura, una de las amigas del grupo, mientras reía con la confianza que da el vino.

—¿Qué les parece si jugamos algo más… interesante? —preguntó, con una sonrisa traviesa.

—¿Qué tienes en mente? —respondió Javier, con esa chispa en los ojos que delataba que estaba más que dispuesto.

Laura se levantó de su asiento, con el vestido vaporoso que llevaba ondeando alrededor de sus piernas, y se dirigió a un cajón del mueble donde sacó una botella de tequila y un juego de dados. Pero estos dados no eran normales; cada lado tenía una instrucción: **besar, lamer, acariciar…** y otras más atrevidas.

—Las reglas son simples —explicó—: tiramos los dados, y lo que salga, se hace… sin preguntas.

Hubo un momento de silencio, de esos en los que nadie quiere ser el primero en hablar, hasta que mi esposo se rió y aceptó el desafío. Yo sentía una mezcla de nervios y excitación, pero no podía negar que la idea me encendía. Así que acepté también, al igual que el resto del grupo.

El primer turno fue de Laura, quien tiró los dados y terminó lamiendo el cuello de su pareja, Pedro, mientras él gemía suavemente. Luego fue el turno de Javier, quien al tirar los dados, sonrió de manera perversa al ver que la instrucción era besarme… apasionadamente.

Miré a Daniel, buscando algún signo de objeción, pero él me dio una sonrisa cómplice y me animó con un movimiento de la cabeza. Sentí mi corazón latir más rápido cuando Javier se acercó, sus labios rozando los míos antes de profundizar el beso, explorando mi boca con una lengua experta. La sala parecía haber desaparecido, y por un momento, solo existíamos él y yo. Cuando finalmente se apartó, mis labios estaban hinchados y mis mejillas enrojecidas.

—Creo que te toca a ti, Ana —dijo Daniel con una voz cargada de deseo.

Tiré los dados, y la instrucción fue clara: “acariciar a alguien que no sea tu pareja”. Miré alrededor, sintiendo el peso de las miradas sobre mí, hasta que mis ojos se posaron en Laura. Me acerqué a ella, mis dedos deslizándose por su muslo hasta que llegué al borde de su ropa interior. Podía sentir su respiración acelerarse, y cuando mis dedos rozaron su intimidad a través de la tela, un pequeño gemido escapó de sus labios.

La atmósfera había cambiado por completo. El deseo era palpable, y ya no había vuelta atrás. Antes de darme cuenta, Laura me besaba con una pasión desenfrenada, mientras su pareja, Pedro, se arrodillaba detrás de mí, levantando mi vestido y besando la parte posterior de mis muslos. Daniel se unió al juego, desabrochando su pantalón, mientras Javier se deshacía de la ropa rápidamente.

De repente, me vi rodeada por todos ellos, las manos y bocas explorando cada rincón de mi cuerpo. Sentí a Javier detrás de mí, sus manos firmes en mis caderas mientras me penetraba con una fuerza que me hizo gritar. Al mismo tiempo, Laura estaba frente a mí, sus labios besando mi cuello, sus dedos acariciando mi clítoris con precisión. 

Daniel se unió también, sus dedos se deslizaron dentro de mí junto con Javier, intensificando las sensaciones al límite. Era un torbellino de placer y confusión, cuerpos mezclados en una danza de deseo que no tenía fin. Mis gemidos se mezclaban con los de Laura y los jadeos de los hombres, cada uno compitiendo por llevarme más allá del límite.

—Quiero verte correrte —susurró Daniel en mi oído, mientras sus dedos se movían con rapidez.

El orgasmo llegó con una intensidad que me dejó temblando, mis músculos contrayéndose alrededor de Javier y los dedos de mi marido. Todo mi cuerpo se arqueó, el placer recorriéndome como una descarga eléctrica que me dejó sin aliento. Pero no se detuvieron ahí; Pedro se unió, llevándome a otro clímax más, uno que parecía durar una eternidad.

La noche continuó, los límites se desdibujaron y el deseo se convirtió en el único lenguaje que entendíamos. Cuando finalmente nos detuvimos, todos estábamos agotados, nuestros cuerpos entrelazados en la alfombra, respirando con dificultad. Nadie dijo nada; no hacía falta.

Habíamos cruzado una línea que nunca pensé que cruzaríamos, pero no había arrepentimiento, solo la promesa tácita de que esta noche no sería la última.

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