Encuentro en el ascensor

Era una tarde cualquiera en el centro de la ciudad, y acababa de terminar una reunión agotadora en el rascacielos de oficinas. Me sentía abrumada, deseando llegar a casa, quitarme los tacones y dejar atrás el estrés del día. Caminé apresuradamente hacia el ascensor, deseando que estuviera vacío para poder disfrutar de unos minutos de soledad.

Para mi suerte, cuando las puertas se abrieron, solo había un hombre dentro. Alto, con un traje impecable y una mirada intensa que me recorrió de arriba abajo en un segundo. Le devolví la mirada, algo sorprendida por su confianza. Nos miramos en silencio mientras las puertas se cerraban con un leve sonido metálico.

El ascensor comenzó a descender, y yo me apoyé en la pared, sintiendo el cansancio acumulado en mis piernas. Pero no pude evitar observarlo de reojo: sus hombros anchos, la forma en que el traje se ceñía a su cuerpo, y cómo sus ojos seguían fijos en los números del panel como si estuviera profundamente concentrado en algo más que el simple conteo de los pisos.

De repente, el ascensor se detuvo bruscamente entre dos plantas. Las luces parpadearon y, después de unos segundos de tensión, se apagaron por completo, dejándonos en la oscuridad. Sentí cómo mi corazón se aceleraba, pero no por el miedo, sino por la cercanía de aquel extraño que apenas conocía.

—Parece que estamos atrapados… —murmuró él con una voz profunda, casi un susurro que resonó en el pequeño espacio.

—Parece que sí —respondí, intentando mantener la calma, aunque mi respiración se había vuelto un poco más rápida.

Pude sentir su mirada en la oscuridad, como si estuviera estudiando cada uno de mis movimientos. De pronto, un destello de luz de emergencia iluminó el ascensor, bañándolo en un tono rojizo que hacía que todo se sintiera más íntimo, casi irreal. Fue entonces cuando él se acercó, con pasos decididos, hasta quedar frente a mí, invadiendo mi espacio personal sin pedir permiso.

—¿Te molesta? —preguntó en un tono seductor, mientras su cuerpo rozaba el mío ligeramente.

—No… —susurré, incapaz de apartar la mirada de sus labios.

Sin más preámbulos, él se inclinó y sus labios capturaron los míos en un beso que me dejó sin aliento. Era urgente, necesitado, y no pude resistirme. Respondí a su beso con igual fervor, aferrándome a su camisa, mientras sus manos bajaban por mi cintura, pegándome aún más a él. Era como si una corriente eléctrica nos recorriera a ambos, cada toque, cada roce, avivando un fuego que no sabía que existía.

Sus manos eran fuertes, seguras, y se movían con una precisión que me volvía loca. Antes de darme cuenta, había deslizado mis bragas por debajo de la falda, tirándolas a un lado, mientras me alzaba ligeramente para sentarme sobre la barandilla del ascensor. El aire estaba cargado de deseo, nuestros cuerpos respondiendo el uno al otro con una sincronía perfecta.

—No deberíamos estar haciendo esto… —susurré, aunque mis palabras carecían de convicción, porque todo en mí gritaba lo contrario.

—Pero no vas a detenerme, ¿verdad? —respondió él, con una sonrisa traviesa en sus labios, sus dedos ya explorando mi humedad.

Mi respuesta fue un gemido ahogado cuando su dedo se deslizó dentro de mí, seguido por otro. Sentí cómo mi cuerpo se tensaba, aferrándome a sus hombros mientras me perdía en las sensaciones que él provocaba. Cada movimiento de sus dedos era preciso, certero, como si conociera exactamente qué puntos tocar para arrancarme suspiros.

Sin previo aviso, él me bajó de la barandilla, girándome con un movimiento rápido para que quedara de espaldas a él. Pude sentir la dureza de su erección presionando contra mi trasero, y no pude evitar arquearme, ofreciendo mi cuerpo, deseando más.

—Eres increíblemente hermosa así… —murmuró mientras deslizaba su miembro duro entre mis nalgas, frotándome sin penetrar.

Me mordí el labio, ansiosa, deseando sentirlo dentro de mí. Y finalmente, él cedió a la tentación. Con un movimiento firme, me penetró de una sola vez, llenándome por completo. Un grito escapó de mis labios, el placer mezclado con una sensación intensa que me hizo aferrarme a las paredes del ascensor. Sus embestidas eran profundas y rítmicas, llevándome al límite en cuestión de segundos.

El ascensor parecía moverse con nosotros, cada sacudida amplificando nuestras sensaciones. Él no dejó de moverse, sus manos sujetando mis caderas con fuerza, mientras su boca se acercaba a mi cuello, mordisqueando y besando, dejándome marcas que llevaría durante días.

—Más rápido… —le pedí, casi en un jadeo, sintiendo cómo la tensión se acumulaba en mi vientre, amenazando con estallar en cualquier momento.

Él obedeció, aumentando la velocidad y la fuerza de sus embestidas, golpeando ese punto exacto dentro de mí que me hacía ver estrellas. Mi respiración se volvió errática, y antes de darme cuenta, el orgasmo me golpeó con la fuerza de una ola, dejándome temblando y gimiendo, aferrada a las paredes del ascensor.

No tardó mucho en seguirme. Sentí cómo se tensaba detrás de mí, liberándose con un gemido gutural, llenándome con su calor. Nos quedamos así por unos instantes, nuestras respiraciones entrecortadas llenando el pequeño espacio, el sudor cubriendo nuestras pieles.

Finalmente, se apartó de mí, ayudándome a arreglar mi ropa con una ternura que contrastaba con la ferocidad de lo que acabábamos de compartir. 

—Espero que te haya hecho olvidar tu mal día… —dijo, con una sonrisa pícara antes de besarme suavemente en los labios.

Las luces del ascensor parpadearon, y de pronto, volvió a funcionar. Las puertas se abrieron, y él salió sin mirar atrás, dejándome allí, aún jadeante y con una sonrisa satisfecha en mis labios. Nunca supe su nombre, y quizás eso fue lo que hizo que ese encuentro fuera aún más inolvidable.

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