Una amiga llega a casa

Aquella noche parecía una más. Tú y yo estábamos en casa, disfrutando de una copa de vino después de un largo día, sentados en el salón y relajándonos. Era una de esas noches en las que todo se siente rutinario, como si la vida se repitiera en un bucle. Pero entonces, el timbre sonó, y nuestra tranquilidad se vio interrumpida.

—¿Esperas a alguien? —pregunté, levantando una ceja.

—No, ¿y tú?

Intrigada, me levanté para abrir la puerta y allí estaba Clara, mi mejor amiga. No la habíamos visto en un tiempo, y su visita inesperada me llenó de alegría. Clara siempre había sido un torbellino de energía, con esa confianza que hacía que todos se giraran a mirarla. La invité a pasar, y tú le ofreciste una copa de vino, sin dejar de mirarla con esa mezcla de sorpresa y curiosidad.

Nos sentamos los tres en el sofá, y las risas comenzaron a fluir junto con el vino. Clara se acomodó entre nosotros, su presencia llenando la habitación. Las conversaciones se tornaron cada vez más íntimas, y no pude evitar notar cómo sus miradas se volvían más intensas, tanto hacia ti como hacia mí. Había algo en el aire, una chispa que no estaba allí antes.

En un momento, Clara se giró hacia mí y me susurró al oído:

—¿Te has sentido… un poco atrapada en la rutina últimamente?

Sus palabras me tomaron por sorpresa, y no pude evitar sentir un leve rubor en mis mejillas. Tú te acercaste, interesado en lo que ella me había dicho.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntaste con una sonrisa pícara, como si intuyeras que algo estaba a punto de desatarse.

—Solo estoy diciendo que quizás necesitéis un poco de… diversión extra —respondió Clara con un tono travieso, mientras su mano se deslizaba por mi muslo, subiendo lentamente bajo mi falda.

Mi corazón comenzó a latir más rápido. No esperaba que la noche tomara este rumbo, pero la sensación de sus dedos sobre mi piel hizo que me olvidara de cualquier duda. Me giré hacia ti, buscando tu reacción, y lo único que vi en tus ojos fue deseo.

—¿Qué opinas, cariño? —preguntaste, tu voz ronca por la excitación.

—Creo que deberíamos dejarnos llevar —respondí con un susurro apenas audible.

Clara no perdió tiempo. Me tomó de la mano y me guió hacia el centro del salón, como si este fuera su terreno de juego. Tú te quedaste en el sofá, observándonos con una mirada ardiente. Ella me empujó suavemente hacia ti, y tú me recibiste entre tus brazos, tus labios encontrando los míos en un beso hambriento. Mientras tanto, Clara se deshizo de su blusa, dejándonos ver su figura perfecta bajo la luz tenue.

Tus manos comenzaron a explorar mi cuerpo, levantando mi falda y deslizándote hacia mi ropa interior, mientras Clara se arrodillaba detrás de mí, sus dedos deslizándose bajo mis bragas, acariciándome con una habilidad que me hacía perder el control. Sentí cómo su lengua jugaba con mi cuello, bajando por mi espalda, mientras tú me penetrabas con tus dedos, preparando mi cuerpo para lo que estaba por venir.

El placer era casi insoportable, mis gemidos llenaban la habitación, y pude sentir tu erección presionando contra mi muslo. Clara levantó mi rostro hacia el suyo, robándome un beso que era a la vez suave y demandante. Todo esto mientras sus dedos seguían trabajando en mí, provocando espasmos de placer que me dejaban sin aliento.

—Creo que es hora de que tu marido se una, ¿no crees? —murmuró Clara con una sonrisa cómplice.

Tú no necesitaste que te lo dijeran dos veces. Me empujaste suavemente hacia el sofá, haciéndome inclinarme sobre el respaldo. Clara se arrodilló frente a mí, sus labios buscando los míos mientras sus manos seguían explorando cada rincón de mi cuerpo. Sentí tus manos fuertes en mis caderas, separando mis piernas con firmeza.

Un gemido escapó de mis labios cuando sentí la punta de tu miembro rozando mi entrada, mojada y lista para ti. Miré a Clara, que no dejaba de besarme y acariciarme, mientras tú empujabas lentamente, llenándome por completo en una sola embestida. Fue un placer tan intenso que no pude evitar arquear la espalda, mis uñas clavándose en los hombros de Clara.

—Así, cariño… dame todo lo que tienes —te suplicaba entre gemidos, mientras tú comenzabas a moverte dentro de mí, tus embestidas haciéndose cada vez más profundas y rápidas.

Clara no se quedó atrás. Sus dedos volvieron a deslizarse entre mis piernas, buscando mi clítoris hinchado, masajeándolo con una destreza que solo una mujer podría tener. Era un exceso de sensaciones, tus embestidas cada vez más intensas, el toque de Clara en mi punto más sensible, y su boca que no dejaba de besarme y lamerme, llevándome al borde del abismo.

Mis gemidos se mezclaban con tus jadeos, la habitación llena del sonido de nuestros cuerpos chocando, de susurros y suspiros. Sentí cómo el orgasmo se acercaba, un nudo en mi vientre que crecía con cada embestida tuya, con cada caricia de Clara. Y entonces, todo explotó.

El clímax me arrasó como una ola, haciendo que mi cuerpo se convulsionara entre tus manos y las de Clara. Grité tu nombre, sintiendo cómo te apretabas más fuerte dentro de mí, tu propia liberación no tardando en llegar. Tus manos me aferraron con fuerza mientras te dejabas ir, llenándome de tu esencia, mientras yo temblaba entre tú y Clara, atrapada en un torbellino de placer.

Nos desplomamos en el sofá, los tres jadeando, con nuestras pieles sudorosas y satisfechas. Clara se recostó a mi lado, acariciando mi cabello con una sonrisa traviesa.

—Creo que esta ha sido una de las mejores noches que hemos tenido —dijiste, acariciando mis muslos con una ternura que contrastaba con la pasión desbordada de los minutos anteriores.

—Estoy de acuerdo —respondí, riendo suavemente, mientras miraba a Clara y a ti. Esta noche, la rutina había sido desterrada de nuestras vidas, al menos por un rato, y no pude evitar sentirme más viva que nunca.

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