Sexo con mi vecino

Hoy ha sido uno de esos días interminables en los que la rutina se convierte en una especie de prisión invisible. Me levanté, hice el desayuno, llevé a los niños al colegio, y después me sumergí en las tareas del hogar. No es que me queje, pero hay días en los que siento que la vida me pasa de largo, como si yo fuera solo una espectadora de una película en blanco y negro. 

Esta tarde, después de dejar todo limpio y ordenado, decidí tomarme un respiro. Necesitaba salir de esas cuatro paredes que tanto me ahogan últimamente. Cogí una novela que había dejado a medio leer y me dirigí al jardín trasero. El sol estaba tibio, y el aire olía a hierba recién cortada. Me acomodé en una tumbona y, por un momento, traté de perderme en las páginas de mi libro, pero no lograba concentrarme. 

Fue entonces cuando lo vi. El nuevo vecino, el hombre que se había mudado hace un par de semanas a la casa de al lado, estaba allí, en su jardín. No me había fijado mucho en él antes, apenas lo había visto de lejos al mudarse, pero ahora, en esta tarde tranquila, me llamó la atención. 

Era alto, de unos cuarenta y tantos años, con el cabello ligeramente canoso que le daba un aire atractivo, maduro. Estaba sin camiseta, con unos pantalones cortos que dejaban al descubierto unas piernas musculosas y bien torneadas. Parecía estar disfrutando del aire libre tanto como yo, aunque de una forma distinta: estaba ocupado arreglando unas plantas. 

No pude evitar mirarlo fijamente, observando cómo sus músculos se movían bajo la piel bronceada cada vez que se inclinaba o giraba. Había algo en él, un magnetismo que no se encontraba en los hombres que solía ver día tras día. Me mordí el labio, sintiendo un cosquilleo en el vientre que no había experimentado en mucho tiempo.

De repente, como si hubiera sentido mi mirada, él levantó la cabeza y nuestros ojos se cruzaron. Me pilló desprevenida, y noté cómo el calor me subía a las mejillas. Pero en lugar de apartar la vista, él sonrió, una sonrisa lenta, casi pícara, que encendió algo en mí. 

—Hola, vecina —me saludó, levantando una mano en un gesto amistoso.

—Hola —respondí, un poco nerviosa, pero incapaz de dejar de mirarlo.

—Espero que no te moleste el ruido. Estoy intentando darle vida a este jardín. —Su voz era grave, con un tono que parecía acariciar cada palabra.

—No, no te preocupes… me gusta el sonido —respondí, sabiendo que no me refería tanto al ruido como a su presencia.

Él dejó las herramientas a un lado y caminó hacia la valla que separaba nuestros jardines. Al acercarse, me di cuenta de lo intensos que eran sus ojos, un tono azul oscuro que parecía ver a través de mí. Sentí un escalofrío recorriendo mi espalda, y me puse nerviosa al notar cómo me observaba.

—¿Te gusta la jardinería? —preguntó, apoyando un brazo en la valla.

—Digamos que… me gusta más observarla que hacerla —respondí con una sonrisa, tratando de ser casual, aunque mi cuerpo estaba reaccionando de una forma que hacía tiempo no sentía.

—Entiendo… —dijo, con esa sonrisa que parecía prometer algo más. —¿Te gustaría ayudarme a plantar algunas cosas? 

La propuesta me pilló por sorpresa, pero en lugar de rechazarla, me encontré a mí misma diciendo: 

—¿Por qué no? Me vendría bien un cambio de rutina.

Salté la valla con torpeza, riéndome un poco para disimular mis nervios, pero él me ayudó a mantener el equilibrio al tocar mi brazo. Su mano era fuerte y cálida, y ese simple contacto envió una descarga eléctrica por mi piel. Me guió hacia un rincón del jardín, y empezamos a trabajar juntos, aunque mi mente estaba en cualquier cosa menos en las plantas.

La cercanía con él me hizo perder el sentido del tiempo. Cada vez que nuestras manos se rozaban, cada vez que sus ojos se clavaban en los míos, el deseo crecía como una ola imparable. 

De repente, me di cuenta de lo cerca que estábamos. Él se detuvo y me miró fijamente, su mirada bajando hasta mis labios. No sé quién se movió primero, pero en un segundo, nuestras bocas se encontraron en un beso que fue a la vez hambriento y urgente. Sentí su lengua invadiendo mi boca, y mis dedos se aferraron a sus hombros, tirando de él con una necesidad que me sorprendió.

Nos movimos hacia la pared trasera de su casa, donde la sombra nos ocultaba de posibles miradas curiosas. Él me levantó con facilidad, haciendo que mis piernas se enroscaran alrededor de su cintura. Mis manos temblorosas recorrieron su espalda, sintiendo la tensión de sus músculos bajo mis dedos, mientras él bajaba su boca hacia mi cuello, dejándome sin aliento.

—¿Estás segura? —me susurró al oído, y mi respuesta fue un gemido entrecortado mientras mis caderas se frotaban instintivamente contra la dureza que sentía entre sus piernas.

Sus dedos se deslizaron bajo el elástico de mis pantalones cortos, buscando y encontrando mi humedad. No me había dado cuenta de lo mojada que estaba hasta que sus dedos me invadieron, provocándome un gemido ahogado que apenas pude contener. Mi mente estaba nublada de placer, y todo pensamiento racional se había evaporado.

En un movimiento rápido, me quitó los pantalones y las bragas, dejándome expuesta bajo su mirada hambrienta. Bajó la cremallera de sus shorts, y antes de que pudiera reaccionar, sentí cómo su miembro duro y caliente me penetraba, llenándome de una sola vez. El aire escapó de mis pulmones en un jadeo, y mis uñas se clavaron en su espalda.

Él comenzó a moverse dentro de mí, cada embestida arrancándome un gemido que trataba de ahogar contra su hombro. Era un ritmo salvaje, desesperado, como si ambos supiéramos que teníamos un tiempo limitado antes de que la realidad nos alcanzara. 

Mis piernas se apretaron alrededor de su cintura, buscando más contacto, más fricción, y sentí cómo él aceleraba, cada movimiento llevándome más cerca del borde. Sus manos apretaban mis caderas, guiándome, asegurándose de que ambos alcanzáramos el clímax. Cuando finalmente me corrí, fue con un gemido que no pude contener, un sonido que pareció arrancarle un gruñido de puro placer mientras él también se dejaba llevar.

Nos quedamos allí, jadeando, pegados el uno al otro, hasta que el mundo volvió lentamente a enfocar. Nos miramos, y por un instante, pensé en lo que acabábamos de hacer, en cómo había dejado que un impulso me arrastrara fuera de mi rutina monótona para entregarme al placer con un extraño.

Pero en lugar de arrepentirme, sonreí. 

—Creo que acabo de descubrir un nuevo pasatiempo —le dije, provocando una risa en su rostro antes de besarme de nuevo.

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