Una mujer terapeuta sexual

Hace meses que la pasión entre Javier y yo se ha desvanecido. Nuestro amor sigue ahí, pero nuestras noches se han convertido en una rutina fría, vacía. Hemos intentado de todo para recuperar la chispa, pero nada ha funcionado. Cada intento de reconectar termina en un silencio incómodo que se cuela entre nosotros, incluso cuando nos abrazamos en la oscuridad de nuestra habitación.

Una tarde, después de otro intento fallido de intimidad, Javier me miró a los ojos, con una mezcla de preocupación y determinación.

—Cariño, quiero intentar algo diferente. He oído hablar de una terapeuta sexual… una mujer que podría ayudarnos a reavivar lo que hemos perdido. ¿Qué piensas?

No supe qué decir al principio. La idea de acudir a una extraña para resolver nuestros problemas me llenaba de inseguridad, pero, al ver la sinceridad en los ojos de Javier, asentí. Lo amaba demasiado para no intentarlo.

Unos días después, estábamos en el salón de un elegante apartamento. Laura, la experta en sexualidad que Javier había encontrado, era una mujer imponente. Su cabello castaño oscuro caía en suaves rizos alrededor de su rostro, y sus ojos azules nos observaban con una mezcla de calidez y curiosidad. 

—Bienvenidos —nos dijo, su voz envolvente llenando el espacio—. Mi objetivo aquí es ayudaros a reconectar, a recordar lo que se siente al tocar y ser tocados con deseo. Pero para eso, necesito que os entreguéis al momento.

Nos condujo a una habitación adyacente, decorada con una luz tenue que emanaba de velas estratégicamente colocadas, llenando el aire con un aroma a lavanda y madera. Me sentí a la vez nerviosa y emocionada mientras Javier y yo nos desvestíamos, quedándonos sólo en ropa interior. Laura se quedó a nuestro lado, observando cada movimiento con una sonrisa tranquilizadora.

—Quiero que os sentéis juntos en la cama —dijo suavemente, dirigiéndonos con calma—. Confía en mí, ambos vais a redescubrir partes de vosotros mismos que creíais olvidadas.

Nos acomodamos en la cama, con Javier a mi lado, tomando mi mano como si fuera un ancla en medio de una tormenta. Laura se acercó a mí primero, sus dedos deslizándose por mis brazos con un toque tan suave que me hizo temblar. Me miró fijamente a los ojos mientras sus manos viajaban hacia mis pechos, acariciándolos con una mezcla de firmeza y delicadeza que arrancó un suspiro de mis labios.

—Relájate… —me susurró—. Deja que tu cuerpo sienta.

Cerré los ojos, intentando enfocarme en cada sensación mientras ella deslizaba mis braguitas hacia abajo, dejándome completamente desnuda. Javier se inclinó hacia mí, besándome con una pasión que hacía tiempo no sentía, sus manos acariciando mi rostro con ternura. Laura observó, sonriendo ante nuestra conexión, y luego se volvió hacia él.

—Javier, quiero que también te entregues al placer… —dijo, mientras comenzaba a desabotonarle la camisa.

Él se dejó hacer, con sus ojos aún fijos en mí. Laura se tomó su tiempo desnudándolo, dejando al descubierto su pecho y, finalmente, su erección ya evidente. Mi respiración se aceleró al ver cómo ella lo miraba, una mezcla de admiración y deseo en sus ojos.

—Quiero que os olvidéis de cualquier vergüenza —dijo Laura, colocándose entre nosotros. Sus manos comenzaron a acariciar mi clítoris, frotándolo suavemente con movimientos circulares que hicieron que mis caderas se arquearan hacia ella. Al mismo tiempo, con la otra mano, envolvió el miembro de Javier, comenzando un ritmo lento y deliberado que arrancó un gemido gutural de su garganta.

Me aferré a las sábanas mientras las sensaciones se intensificaban. Laura sabía exactamente dónde tocar, cómo aplicar la presión perfecta para llevarme al borde sin dejarme caer. Y el sonido de Javier gimiendo a mi lado, perdido en el placer que ella le estaba proporcionando, me excitó aún más.

—Mirad cómo respondéis el uno al otro… —susurró Laura, aumentando el ritmo de sus caricias sobre mí y sobre él al mismo tiempo.

Javier no podía apartar la mirada de mí. Estaba jadeando, sus caderas empujando instintivamente contra la mano de Laura, mientras sus dedos se apretaban en mi hombro, como si necesitara aferrarse a algo para no perderse por completo. Laura, mientras tanto, me penetró con dos de sus dedos, curvándolos de tal forma que encontraron ese punto dulce en mi interior, haciéndome gritar de placer.

—Sí… así… déjalo salir… —me alentó, mientras sus dedos seguían su danza dentro de mí. Javier, con sus ojos fijos en mi rostro, comenzó a gemir más fuerte.

Laura, sin detenerse, se agachó para envolver los labios alrededor del glande de Javier. Lo que ocurrió entonces fue una tormenta de sensaciones compartidas. Él se arqueó hacia ella, sus manos aferrándose a mi cintura, mientras su boca seguía pegada a la mía, nuestras lenguas enredándose en un beso desesperado.

Sentir la lengua de Laura sobre él, mientras sus dedos continuaban estimulándome, fue demasiado. Mi orgasmo me golpeó como una ola, sacudiendo mi cuerpo con una fuerza que me dejó temblando, mis gritos de éxtasis mezclándose con los jadeos de Javier.

Y entonces lo sentí, el cuerpo de Javier tensándose a mi lado. Laura lo había llevado al borde, succionándolo con una habilidad que lo hizo gemir de una manera que nunca le había oído antes. Me besó profundamente mientras se corría en la boca de Laura, su clímax tan intenso que sentí cómo sus uñas se hundían en mi piel.

Cuando finalmente me dejé caer en la cama, exhausta y satisfecha, vi a Laura sonreír, limpiándose los labios con el dorso de la mano. Nos observó a ambos, con una satisfacción que sólo alguien que entiende el arte del placer podría mostrar.

—Esto es solo el principio —dijo, acariciando mi mejilla y luego la de Javier—. Habéis vuelto a conectar con lo que significa tocar y ser tocados. Ahora, depende de vosotros mantener esta llama viva.

Y en ese momento, abrazada por Javier, aún sintiendo el eco de nuestro orgasmo compartido, supe que habíamos encontrado algo que no estábamos dispuestos a perder otra vez.

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