Aquella noche, Javier se encontraba en su despacho, frente a la pantalla de su ordenador. Llevaba semanas notando que algo no iba bien con Carmen, su mujer. Las caricias habían perdido su chispa, los besos eran apenas un roce sin pasión, y en la cama, la llama que antes los consumía se había convertido en cenizas. No era un tema que pudieran ignorar, al menos él no podía. Necesitaba encontrar una solución antes de que ese vacío se volviera un abismo insalvable.
Había oído hablar de una página de contactos en la que hombres experimentados ofrecían sus servicios para reavivar la pasión en parejas que se encontraban en crisis. El cursor temblaba bajo su dedo, pero finalmente se decidió. Entró en la página, llenó los formularios, y comenzó a navegar entre los perfiles hasta que encontró a uno que llamó su atención. «Miguel», un hombre maduro, seguro de sí mismo, con una sonrisa tranquila y ojos que parecían prometer secretos desconocidos. Las reseñas lo describían como un experto en redescubrir el placer femenino.
Con una mezcla de nerviosismo y esperanza, Javier le envió un mensaje, explicando su situación. Sorprendentemente, Miguel respondió en cuestión de minutos, aceptando el reto y proponiendo una cita para el próximo fin de semana.
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El sábado llegó rápido, y Carmen no sospechaba nada. Javier la había convencido de que sería una noche especial, algo diferente para tratar de encender de nuevo la chispa entre ellos. Cuando Miguel llegó, lo hizo con una discreción que Javier agradeció. Era alto, de complexión fuerte y piel bronceada, con una mirada que irradiaba confianza.
—Gracias por confiar en mí —dijo Miguel al entrar, su voz grave resonando en la sala. Carmen lo miró, confusa, pero antes de que pudiera protestar, Javier le tomó las manos.
—Es un regalo, cariño. Quiero que disfrutes, que te sientas deseada de nuevo. Confía en mí, por favor.
Carmen, aunque aún confundida, asintió lentamente. Había algo en la voz de su marido, en la forma en que le apretaba las manos, que la tranquilizó.
Los tres se dirigieron al dormitorio. Una vez dentro, Javier comenzó a desnudar a su mujer con manos temblorosas pero decididas, desabrochando su vestido y dejando que cayera al suelo en un susurro de seda. Miguel observaba desde la distancia, dejando que el marido tomara las riendas al principio. Carmen quedó en ropa interior, su piel erizándose bajo la mirada de dos hombres.
—Eres hermosa —murmuró Javier, besándola en los labios, profundo, como hacía tiempo que no lo hacía.
Miguel, con movimientos seguros, se desnudó lentamente frente a ellos. No tenía prisa; quería que Carmen lo observara, que se acostumbrara a su presencia. Cuando estuvo completamente desnudo, se acercó, pero se detuvo a un par de pasos, esperando alguna señal de incomodidad. Pero Carmen solo respiraba de forma entrecortada, sus ojos moviéndose entre su marido y ese hombre desconocido.
Javier la ayudó a recostarse en la cama, él se mantuvo a su lado, cogiéndole una mano. Miguel se colocó junto a ella, sus dedos rozando apenas la piel del abdomen, despertando pequeños temblores con caricias expertas. Sus manos viajaron lentamente hacia sus muslos, y, con una habilidad que sólo podía venir de la experiencia, comenzó a masajear puntos estratégicos, conociendo el cuerpo de Carmen como si lo hubiera explorado mil veces.
Los ojos de Carmen se cerraron, un suspiro escapó de sus labios cuando Miguel encontró el clítoris y comenzó a estimularlo con la precisión de un maestro. Javier, aún vestido, se inclinó sobre su mujer, besándola en la boca, murmurando palabras de aliento al oído.
—Quiero que sientas, cariño. Déjate llevar…
Ella abrió los ojos y lo miró con algo que no había visto en mucho tiempo: deseo. Miguel continuó con su tarea, alternando entre caricias suaves y toques más firmes, hasta que notó que la respiración de Carmen se volvía más rápida, más irregular. Su cuerpo respondía, comenzando a humedecerse y a moverse instintivamente hacia la fuente de placer.
Javier no dejaba de besarla, sosteniendo sus manos, dándole ese soporte emocional mientras otro hombre exploraba su cuerpo. La combinación de la familiaridad del marido y la novedad del extraño comenzaba a deshacer las murallas que habían bloqueado el placer en Carmen.
Cuando Miguel creyó que ella estaba preparada, se colocó entre sus piernas. Miró a Javier, pidiendo permiso con la mirada, y éste asintió. Lentamente, Miguel fue penetrando a Carmen, despacio al principio, permitiéndole sentir cada centímetro. Ella jadeó, sorprendida por la intensidad, pero también por la familiaridad que su cuerpo parecía recuperar.
Miguel empezó a moverse con un ritmo constante, controlando la profundidad, los ángulos, buscando ese punto interno que había estado dormido. Javier, sin soltarla, murmuraba al oído de su mujer, diciéndole cuánto la amaba, cuánto deseaba verla disfrutar. A cada empuje, Miguel arrancaba gemidos más intensos de Carmen, y ella, con los ojos fijos en los de su marido, comenzó a olvidar dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Finalmente, en un golpe certero, Miguel alcanzó ese lugar profundo que despertó algo dormido en ella. Carmen arqueó la espalda, un grito de placer llenando la habitación. Sus paredes internas se cerraron alrededor del hombre que la penetraba, un orgasmo arrasador la tomó por sorpresa, mientras Javier la besaba para sofocar sus gemidos.
Carmen quedó jadeante, con el cuerpo temblando entre los brazos de su marido y el extraño que acababa de redescubrir su placer. Miguel se retiró lentamente, respetuoso, y Javier la abrazó con fuerza, agradecido, sorprendido por la reacción de su mujer.
—Gracias —susurró Carmen, con los ojos brillantes. No estaba claro a quién iba dirigido el agradecimiento, pero en ese momento, no importaba.
Lo único que importaba era que, por primera vez en mucho tiempo, había vuelto a sentir.
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