Sexo inesperado y profundo en la playa

—Vuelvo en un momento, cariño, tengo que hacer una llamada urgente. —Fueron tus últimas palabras antes de levantarte y caminar hacia las rocas al final de la playa, buscando un poco de cobertura para tu móvil. Yo me quedé tumbada en la toalla, disfrutando del calor del sol sobre mi piel desnuda, solo con la parte de abajo del bikini puesta.

Te vi alejarte, tu figura disminuyendo hasta que desapareciste tras las rocas. Respiré hondo, cerré los ojos, y me dejé llevar por la tranquilidad de aquella playa desierta, el sonido del mar acariciando la orilla, el viento suave revolviendo mi cabello. Era uno de esos momentos en los que me sentía completamente libre, sola y sin preocupaciones.

Pero no pasaron ni cinco minutos cuando escuché unos pasos en la arena. Al principio pensé que habías regresado, pero cuando abrí los ojos, me encontré con la sorpresa de un hombre desconocido de pie a mi lado. Era alto, con el cuerpo marcado por el sol y un rostro que reflejaba una mezcla de curiosidad y descaro. No me dio tiempo a reaccionar antes de que me dirigiera una sonrisa, como si fuera lo más normal del mundo encontrarse a una mujer semidesnuda en una playa solitaria.

—Vaya, qué vista tan agradable me he encontrado —dijo, sin una pizca de vergüenza. Me quedé en silencio, sorprendida por su audacia, pero también intrigada. Había algo en su mirada que encendió una chispa dentro de mí. Fue una sensación inmediata, visceral. 

Sabía que no debía entretenerme con él, que tú volverías en cualquier momento, pero al mismo tiempo, una parte de mí se sentía tentada por esa presencia inesperada. Me miró, sus ojos oscurecidos por el deseo, recorriendo cada centímetro de mi piel expuesta. Sin pensarlo, me incorporé ligeramente, apoyándome en los codos, como si quisiera darle un mejor ángulo de mi cuerpo. 

Él dio un paso hacia adelante, y yo me quedé quieta, expectante. No sé qué me pasó en ese momento, tal vez era la emoción del riesgo, el peligro de ser descubierta. Bajó la vista hasta mi pecho, mis pezones endurecidos por el aire fresco del mar. Y luego, sin más preámbulos, se arrodilló junto a mí.

—¿Te importa si te acompaño un rato? —preguntó, pero sus manos ya se movían, rozando la parte baja de mi vientre, acercándose cada vez más a la tela de mi bikini. Miré alrededor, consciente de que estabas cerca, pero esa misma idea me excitaba más de lo que debería. 

Le devolví una sonrisa cómplice, y antes de darme cuenta, él había deslizado la tela hacia un lado, dejando al descubierto mi sexo. Sentí su aliento sobre mí antes de que sus labios rozaran mis muslos, y no pude evitar gemir, deseando más. Todo sucedió tan rápido, tan intensamente. Me olvidé de todo, incluso de ti, por unos minutos que parecieron eternos.

Sus dedos eran expertos, acariciando con precisión, despertando sensaciones que hacía tiempo no sentía con tanta intensidad. Me abrí para él, sin pensar en las consecuencias. Me penetró con dos dedos primero, asegurándose de que estaba preparada. Y lo estaba, oh sí, estaba más que preparada. Mi cuerpo lo recibía con una urgencia que ni siquiera sabía que tenía.

Pero luego, sentí algo más. Su miembro duro, cálido, presionando contra mi entrada. Me miró, como esperando algún tipo de aprobación, y yo solo arqueé las caderas hacia él, dándole el permiso que tanto buscaba. Entró despacio al principio, llenándome por completo, y no pude evitar un gemido más fuerte, ahogado en mi propia mano para no alertarte. 

La sensación era… indescriptible. Sentirlo dentro de mí, moviéndose con fuerza, llenándome una y otra vez, me hizo perder la noción de todo. Cada embestida era un golpe de placer que me hacía olvidar el mundo entero. Su cuerpo chocaba contra el mío, y mis caderas respondían por instinto, buscando más, deseando más. No pensaba en nada más que en el placer que me recorría, en el calor que crecía en mi vientre, en cómo cada movimiento me acercaba al borde del abismo.

Y justo en el momento en que creí que me iba a romper en mil pedazos, me soltó. Se apartó rápidamente, como si hubiera sentido tu regreso antes que yo. Me quedé tumbada, jadeando, el pulso acelerado, mientras él se incorporaba, me dedicaba una última mirada y se alejaba con la misma rapidez con la que había llegado.

Fue entonces cuando apareciste tú, con el ceño fruncido, mirándome confuso. Yo seguía desnuda, con los rastros de lo que acababa de ocurrir todavía presentes en mi cuerpo. 

—¿Qué ha pasado aquí? —preguntaste, tu voz cargada de una mezcla de preocupación y algo más que no pude descifrar al principio.

Me incorporé, aún temblorosa, y te miré directamente a los ojos, sabiendo que lo que estaba a punto de contarte cambiaría todo. 

—Te lo voy a contar, pero quiero que escuches cada detalle —dije, con la voz aún entrecortada por la experiencia reciente—. Mientras tú te alejabas, ese hombre apareció. Y yo… dejé que me tocara, que me tomara allí mismo. 

Y empecé a describirte cómo se sintió, cómo su cuerpo entró en el mío, cómo me hizo vibrar de placer. Quería que sintieras cada palabra, que imaginaras cada segundo, cada sensación que recorrió mi cuerpo. 

Ahora, cariño, quiero saber… ¿qué vas a hacer con todo esto?

Deja un comentario