Escuela de sexo (3)

Después de las dos primeras sesiones, me sentía más segura de mí misma. Había aprendido a conocer mi propio cuerpo y el de Álvaro, mi tutor, y aunque los nervios seguían presentes, la curiosidad por lo que vendría después era más fuerte. Esa tarde, la habitación estaba iluminada por una suave luz cálida que hacía que todo se sintiera más íntimo y acogedor.

Álvaro me sonrió cuando entré, su presencia calmante llenando la habitación. Ya sabía que hoy avanzaríamos un paso más, y aunque sentía un nudo en el estómago, había algo en su mirada que me daba confianza. 

—Hoy, Clara, vamos a explorar el acto de la penetración, —dijo con su tono sereno—. Quiero que aprendas a disfrutarlo, tanto al dar como al recibir. Recuerda, no hay prisa. Iremos a tu ritmo.

Asentí, intentando calmar mis nervios mientras él me guiaba hacia la cama. Me pidió que me quitara la ropa, y lo hice, mis movimientos más seguros que la primera vez. Él hizo lo mismo, desnudándose lentamente frente a mí, su cuerpo tan familiar y, sin embargo, aún capaz de sorprenderme.

—Vamos a empezar con algo muy importante, —me explicó, invitándome a sentarme sobre sus piernas—. Quiero que entiendas cómo funciona tu cuerpo cuando estás completamente relajada y excitada. Quiero que te concentres en tus sensaciones, no solo en el resultado.

Se tumbó de espaldas, invitándome a acomodarme encima de él. Mi corazón se aceleró mientras me posicionaba, mis rodillas a cada lado de sus caderas, sintiendo la calidez de su piel contra la mía. Sus manos encontraron mi cintura, guiándome con una suavidad que hizo que mis tensiones comenzaran a desvanecerse.

—Primero, quiero que sientas cómo es estar así, en control, —dijo en un susurro—. Respira profundamente y relaja tus músculos.

Me concentré en su voz, dejando que su calma me invadiera. Sus manos se deslizaron por mis muslos, acariciando suavemente para relajarme aún más. Lentamente, sentí cómo la cabeza de su miembro rozaba mi entrada, un toque ligero pero que envió un escalofrío por mi columna.

—Cuando estés lista, puedes ir bajando a tu ritmo, —me animó.

Tomé un profundo respiro y, poco a poco, comencé a dejar que su longitud me llenara. La sensación era abrumadora: una mezcla de incomodidad inicial y una tensión dulce que no había experimentado antes. Al principio, me detuve, insegura de si podía continuar.

—No te apresures, Clara, —me dijo, sus manos en mi cintura—. Escucha a tu cuerpo. Deja que se adapte.

Cerré los ojos y seguí su consejo, concentrándome en las sensaciones. Sentía cada centímetro de él abriéndose camino dentro de mí, estirándome de una forma que era extraña, pero increíblemente íntima. Hubo un momento de resistencia, un ligero ardor, pero cuando me relajé, todo cambió.

—Se siente… lleno, pero… bien, —le dije, sorprendida de lo que estaba experimentando.

—Eso es, —respondió él con una sonrisa de satisfacción—. Ahora quiero que te muevas lentamente hacia arriba y hacia abajo, encontrando el ritmo que te haga sentir más cómoda.

Comencé a moverme, mis manos apoyadas en su pecho para mantener el equilibrio. Al principio, mis movimientos eran torpes, mis caderas vacilantes mientras intentaba encontrar un ritmo que no se sintiera forzado. Pero Álvaro me guiaba con sus manos, subiendo y bajando mi cuerpo con una paciencia infinita.

—Prueba a inclinarte un poco hacia adelante, —me sugirió, sus ojos fijos en los míos—. Así podrás sentir más presión en tu clítoris.

Seguí su consejo, inclinándome hacia él, y fue como si un interruptor se hubiera encendido. La fricción contra mi clítoris me hizo gemir, un sonido involuntario que me sorprendió a mí misma. Sentí un calor arremolinándose en mi vientre, creciendo con cada movimiento que hacía.

—¿Sientes la diferencia? —preguntó, su voz ahora más entrecortada.

—Sí… es… mucho más intenso, —jadeé, mis caderas moviéndose de forma más natural ahora.

La vergüenza que había sentido al principio se desvaneció por completo, reemplazada por una urgencia que no podía contener. Mis movimientos se hicieron más rápidos, mis muslos ardiendo por el esfuerzo, pero el placer que estaba sintiendo era una recompensa suficiente para seguir. Cada vez que bajaba, sentía cómo su miembro me llenaba completamente, golpeando un punto profundo que me hacía temblar.

—Estás haciéndolo muy bien, Clara, —me alentó Álvaro, su aliento cálido en mi oído—. Sigue así, no te detengas.

Sus palabras fueron un impulso. Me dejé llevar completamente, sin miedo, sin vergüenza, solo el deseo de explorar hasta dónde podía llegar esta sensación. Mis manos se aferraron con más fuerza a su pecho, mis uñas hundiéndose en su piel, y sentí cómo él también comenzaba a perder el control, su cuerpo respondiendo al mío.

—Álvaro… creo que… —intenté hablar, pero un gemido profundo me interrumpió.

—Sigue, Clara. Estás muy cerca. Déjate llevar.

Y lo hice. Sentí una ola de placer arrolladora que comenzó en mi vientre y se extendió por todo mi cuerpo. Mis caderas se movieron frenéticamente, buscando ese punto de liberación, hasta que, finalmente, todo estalló. Un clímax tan intenso que hizo que mis piernas se debilitaran, obligándome a caer sobre su pecho, jadeando, temblando.

Él me sostuvo mientras mi cuerpo se calmaba, sus manos acariciando mi espalda con ternura. No había prisa por separarnos, solo una sensación de plenitud y satisfacción que no había conocido antes.

—Eso fue… increíble, —murmuré, todavía tratando de recuperar el aliento.

Álvaro me sonrió, sus ojos llenos de orgullo y algo más que no podía identificar.

—Lo hiciste muy bien, Clara. Eres una excelente alumna, —me dijo, sus dedos apartando un mechón de cabello de mi rostro.

Sentí un calor diferente ahora, una mezcla de gratitud y una confianza renovada en mí misma. Había cruzado una barrera, no solo física sino también emocional. Y sabía que, con Álvaro como mi guía, todavía había mucho más por descubrir.

Deja un comentario