Después de una mañana intensa y reveladora, Álvaro me dio un descanso para que pudiera asimilar lo que había aprendido. Me sentí abrumada, pero también llena de una energía nueva que nunca antes había experimentado. El ligero almuerzo que compartimos fue tranquilo, aunque mi mente seguía revoloteando entre las imágenes de la sesión anterior. Sus ojos se encontraron con los míos varias veces mientras comíamos, y cada vez sentía un escalofrío que recorría mi espalda.
Cuando regresamos a la sala, la atmósfera había cambiado ligeramente. La cama había sido reemplazada por un sofá amplio y cómodo. Álvaro me invitó a sentarme, y me acomodé, sintiéndome un poco más segura después de nuestra primera lección.
—Hoy, Clara, vamos a centrarnos en cómo puedes dar placer a otra persona, —me explicó con su voz suave, sentándose a mi lado.
Mi corazón comenzó a latir más rápido. Había pensado que aprendería más sobre mí misma, no sobre los demás tan pronto. Pero Álvaro parecía leer mis pensamientos.
—Recuerda, no hay juicio aquí, solo exploración, —dijo, su tono calmado—. Quiero que te sientas libre para experimentar y aprender.
Lo observé mientras él se recostaba contra el sofá, aflojando su cinturón y bajando los pantalones con una naturalidad que me dejó un poco sin aliento. Mi boca se secó cuando lo vi, erguido y expectante. Nunca había estado tan cerca de un hombre de esta forma. La realidad de lo que iba a hacer me golpeó de golpe, y tuve que tomar una respiración profunda para calmarme.
—No te preocupes, Clara, —me aseguró Álvaro con una sonrisa cálida—. Esto es un proceso, y yo estaré aquí para guiarte en cada paso.
Él tomó mis manos con las suyas, sus dedos grandes y cálidos rodeando los míos, y me guió lentamente hasta su sexo. Al principio, mis movimientos eran torpes, vacilantes. Sus instrucciones eran suaves y claras, guiándome para envolver mis dedos alrededor de su miembro con firmeza pero sin apretar demasiado.
—Empieza despacio, —me indicó, moviendo mis manos en un ritmo lento y constante—. Se trata de encontrar el equilibrio entre presión y suavidad.
Sentía mis mejillas arder mientras mis dedos se deslizaban por su piel caliente y firme. Era una sensación completamente nueva para mí, una mezcla de curiosidad y nerviosismo que me hacía dudar. Pero la paciencia de Álvaro me tranquilizó. Sus ojos no se apartaron de los míos, su respiración comenzando a cambiar mientras yo me acostumbraba al movimiento.
—Muy bien, Clara. Ahora quiero que uses ambas manos, una sobre la otra, —me indicó, su voz más grave ahora, como si ya empezara a sentir los efectos de mis caricias.
Lo hice como me pidió, mis manos moviéndose de manera más coordinada ahora, una sobre la otra, deslizándose por todo su largo. La calidez de su piel bajo mis dedos era hipnótica, y sentí una oleada de poder al ver cómo su cuerpo respondía. Cada vez que él emitía un leve suspiro o un gemido bajo, sentía un extraño orgullo, un placer en saber que era yo quien lo estaba provocando.
—Prueba a cambiar el ritmo, —me animó—. A veces más lento, otras veces más rápido. Explora lo que sientes.
Sus palabras me dieron confianza para experimentar, así que empecé a variar la velocidad, observando atentamente cómo su cuerpo reaccionaba. Cuando iba más rápido, sentía su respiración acelerarse, su pecho levantarse más deprisa. Cuando bajaba el ritmo, él emitía un sonido gutural, como si el placer se intensificara de una forma distinta.
—Eso es, Clara. Sigue así. Usa también tus dedos para acariciar la punta, —me indicó, su voz ahora más entrecortada.
Hice lo que me pidió, concentrándome en la parte más sensible de su anatomía. Sentí su humedad y me di cuenta de que él estaba cerca de llegar al clímax. Esto me sorprendió y emocionó al mismo tiempo. Quise seguir dándole ese placer, pero aún había una parte de mí que dudaba si estaba haciendo todo bien.
—Álvaro… ¿así está bien? —pregunté, mi voz temblando un poco.
—Sí, muy bien, Clara, —jadeó, su cabeza echada hacia atrás mientras sus caderas comenzaban a moverse al ritmo que yo marcaba con mis manos—. Estás aprendiendo rápido. Solo… no te detengas.
Su aliento se volvió más pesado, y yo pude sentir cómo se tensaban sus músculos bajo mis manos. Era una sensación extraña, casi intoxicante, tener tanto control sobre el placer de otra persona. Decidí aumentar la presión, moviendo mis manos de manera más segura ahora, sintiendo el poder de cada movimiento, de cada roce.
Los gemidos de Álvaro se hicieron más profundos, y yo no podía evitar sonreír para mis adentros, sintiéndome más confiada con cada segundo que pasaba. Mi torpeza inicial se había desvanecido, reemplazada por una sensación de dominio, de control. Me encantaba ver cómo él se retorcía ligeramente, cómo sus músculos se tensaban.
—C-Clara… voy a… —fue lo único que pudo decir antes de que su cuerpo se tensara completamente.
No estaba preparada para lo que sucedió después. Su clímax fue casi violento en su intensidad, su cuerpo arqueándose hacia mí mientras un gemido bajo y profundo llenaba la habitación. Sentí su semen caliente en mis manos, y aunque me sorprendió al principio, no me detuve hasta que él se relajó por completo.
Mis manos se quedaron inmóviles sobre él, sintiendo su respiración volverse más lenta, más profunda. Me miró con una expresión de satisfacción y algo más, quizás orgullo por mi rápida adaptación.
—Lo hiciste increíble, Clara, —dijo después de recuperar el aliento—. Aprendiste mucho en tan poco tiempo.
Me sentí enrojecer ante su elogio, pero también estaba llena de una satisfacción que no esperaba. Había algo embriagador en la sensación de haberlo llevado al clímax con mis propias manos, algo que me hizo sentir más conectada con mi propia sexualidad.
—Gracias por enseñarme, —murmuré, limpiando mis manos con el pañuelo que él me ofreció—. No sabía que podía… sentirme así.
Él me sonrió, sus ojos brillando con esa calma confiada que siempre parecía tener.
—Esto es solo el principio, Clara. Estás descubriendo tu capacidad para dar placer, tanto como para recibirlo. Hay mucho más que aprender, y creo que vas a disfrutar cada momento de ello.
Yo asentí, sintiendo una nueva curiosidad despertarse en mí. Había algo fascinante en este camino que apenas estaba comenzando a explorar, y ahora, más que nunca, estaba ansiosa por descubrir hasta dónde podía llegar
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