Escuela de Sexo

Mis padres siempre me habían hablado de la sexualidad con una franqueza que, en su momento, me parecía casi incómoda. Pero ahora, al cumplir los dieciocho años, me llevaron a un lugar que decían que me ayudaría a entender verdaderamente mi cuerpo y el placer. Cuando llegamos a aquella casa elegante y apartada, rodeada de jardines privados, sentí un nudo en el estómago que mezclaba nervios y curiosidad.

La mujer que nos recibió era amable y profesional, y me explicó que el curso consistía en una serie de lecciones prácticas y teóricas sobre el cuerpo, el placer y la sexualidad. No sabía exactamente lo que eso significaba, pero pronto me quedó claro cuando conocí a mi tutor: Álvaro.

Álvaro era un hombre de unos cuarenta años, con una mirada profunda y tranquila que me ponía nerviosa y, al mismo tiempo, me calmaba. Era alto, de complexión fuerte, con un aire de confianza que lo hacía parecer completamente seguro en cada uno de sus movimientos. Había algo en él que me hacía sentir que estaba en buenas manos, aunque no podía evitar el rubor en mis mejillas cuando me miraba de esa forma tan intensa.

—Clara, hoy vamos a empezar por lo básico, —me dijo con voz suave, mostrándome una habitación que parecía más una sala de meditación que un aula. Había velas, cojines, y una cama grande en el centro.

Me pidió que me quitara los zapatos y me tumbara en la cama, y aunque me sentía increíblemente expuesta, obedecí. Él se sentó a mi lado, manteniendo una distancia respetuosa, pero su presencia era tan intensa que no podía evitar sentirme un poco intimidada.

—Quiero que cierres los ojos y respires hondo, —me dijo con voz calmada—. Hoy vamos a empezar a explorar tu cuerpo, pero lo haremos de una forma consciente, sin prisas, solo sintiendo.

Mis manos estaban sudorosas y el corazón me latía con fuerza en el pecho. Cerré los ojos, siguiendo sus instrucciones, y traté de concentrarme en mi respiración. Pero era difícil relajarse cuando sabía lo que vendría después. Sentí la cama hundirse un poco más a medida que se acercaba.

—Voy a empezar tocándote, pero quiero que me digas cómo se siente, sin pensar demasiado en lo que es correcto o incorrecto, —me explicó.

Su mano rozó mi brazo, apenas un toque ligero, pero suficiente para enviarme un escalofrío. Era como si cada centímetro de mi piel estuviera hiperconsciente de su cercanía. Álvaro comenzó a explorar mi cuerpo, primero con roces delicados, casi como una brisa, moviéndose desde mis hombros hasta mis manos, luego bajando lentamente por mis costados. Mi respiración se volvió entrecortada.

—Siente el tacto, Clara. No hay nada más que el momento presente, —me susurró.

A medida que sus manos bajaban más, sentí una mezcla de placer y vergüenza. Era extraño tener a alguien tocándome de esa forma tan íntima y al mismo tiempo, había una calidez que se extendía por mi cuerpo, una especie de hormigueo que se acumulaba en mi abdomen. Sus caricias eran firmes pero gentiles, y sentí que cada vez que me tocaba, se abría una puerta a sensaciones que nunca había experimentado.

—Ahora, quiero que me digas lo que sientes, —me pidió, su voz casi un susurro contra mi oído.

—Es… —mi voz tembló, avergonzada—, es como un cosquilleo, pero también… más intenso.

Álvaro me guió hasta el centro de la cama, donde me pidió que me desnudara completamente y me recostara con la espalda apoyada en los cojines y las piernas ligeramente abiertas. Sentía una mezcla de nervios y curiosidad, un cosquilleo que no sabía si era por el frío de la habitación o por la anticipación de lo que vendría después. Mi piel parecía estar en llamas bajo su atenta mirada, y aunque una parte de mí quería cubrirme, sabía que esto era solo el principio.

—Hoy vamos a explorar tu cuerpo en detalle, —me dijo con esa voz grave y tranquilizadora—. Quiero que aprendas a conocer cada parte de ti misma, a entender las sensaciones que pueden despertar cuando las tocas, o cuando otra persona las toca.

Álvaro se arrodilló a mi lado, sus dedos rozando suavemente el interior de mis muslos, sus toques ligeros como una pluma. Cerré los ojos, intentando concentrarme en lo que sentía, en lugar de en la vergüenza que amenazaba con consumirme.

—Vamos a ir despacio, —me aseguró, como si hubiera leído mis pensamientos—. No hay prisa. Quiero que disfrutes cada momento, que te permitas sentir sin juzgar.

Sus dedos se movieron con una precisión casi meticulosa, rozando primero mis labios mayores, trazando líneas suaves que enviaban una corriente de calor a mi vientre. 

—Estos son los labios mayores, —explicó en voz baja—. Son la primera barrera de placer, diseñadas para proteger pero también para amplificar las sensaciones cuando se acarician.

—Se siente… como un cosquilleo, pero también algo más, —le respondí, mi voz saliendo temblorosa. Era como si sus toques despertaran zonas de mi cuerpo que ni siquiera sabía que podían sentirse tan vivas.

Él sonrió con aprobación, continuando su recorrido con una delicadeza que casi parecía veneración. Sus dedos se adentraron entre los pliegues, y yo no pude evitar un jadeo cuando empezó a explorar los labios menores. Cada roce era un torrente de sensaciones, más intenso que el anterior.

—Ahora estamos en los labios menores, —explicó, sus dedos deslizándose lentamente, abriéndolos con suavidad—. Son mucho más sensibles, y cuando se estimulan correctamente, pueden llevarte a un estado de placer profundo.

—Es… más intenso, —murmuré, mi voz apenas un susurro. Sentía que cada fibra de mi ser estaba concentrada en ese punto exacto donde sus dedos se movían.

—Exactamente, —dijo con una sonrisa—. Ahora quiero que te concentres en cómo cambia la sensación cuando aumento la presión.

Sus dedos se volvieron más firmes, trazando círculos pequeños y precisos. Sentí una oleada de calor que me hizo arquear ligeramente la espalda, mis caderas respondiendo de forma instintiva. Me sonrojé al darme cuenta de mi propia reacción, pero Álvaro me animó a seguir.

—No te detengas, Clara. Explora esas sensaciones. Déjate llevar.

Mi respiración se hizo más pesada cuando su dedo encontró mi clítoris, rozándolo apenas, pero lo suficiente para enviar una descarga eléctrica a través de mi cuerpo. Fue un toque tan íntimo, tan directo, que no pude evitar un gemido, mis muslos temblando ante la intensidad.

—Aquí está tu clítoris, —me susurró, sin apartar su mirada de la mía—. Es una de las partes más sensibles de tu cuerpo, diseñada solo para el placer. Quiero que sientas cómo responde cuando lo acaricias de diferentes maneras.

Me guió para que tomara su lugar, sus manos sobre las mías, enseñándome a acariciar mi propio clítoris con movimientos lentos, primero suaves, luego aumentando la presión y la velocidad. Era extraño, pero también increíblemente liberador. Sentía una mezcla de pudor y un placer tan intenso que me hacía temblar.

—Es… demasiado, —dije entre jadeos, mis caderas moviéndose involuntariamente hacia adelante.

—No te preocupes. Es normal sentirse abrumada al principio. Solo respira y sigue explorando.

Su paciencia parecía infinita, y pronto me sentí más cómoda. Cada roce enviaba un torrente de placer por mi cuerpo, mi piel ardiendo de deseo. Pero Álvaro no se detuvo allí. Su dedo se deslizó hacia la entrada de mi vagina, y sentí un escalofrío recorrerme cuando comenzó a introducirlo lentamente.

—Esta es tu entrada, tu vagina, —me explicó, moviendo su dedo con una habilidad que me dejó sin aliento—. Es increíblemente sensible, y su placer viene tanto de la estimulación externa como interna.

—Se siente… lleno, pero también… —mi voz se quebró, incapaz de encontrar las palabras.

—Eso es lo que quiero que explores, —me dijo—. No solo las sensaciones superficiales, sino lo que sientes en lo más profundo de tu cuerpo.

Movió su dedo dentro de mí, encontrando un punto que hizo que mi cuerpo entero se contrajera. Fue como si hubiera presionado un botón secreto, y un gemido profundo salió de mis labios antes de que pudiera detenerlo.

—Ese es tu punto G, —me explicó con un tono casi académico, aunque había un brillo en sus ojos—. Puede ser una fuente increíble de placer si lo utilizas bien.

Mi mente estaba en blanco, consumida por la ola de sensaciones que me invadían. Sentía una mezcla de placer y confusión, como si no pudiera procesar lo que estaba ocurriendo. Sus dedos se movían con una precisión que me llevaba al borde una y otra vez, sin dejarme caer por completo.

—Álvaro, no sé si… —intenté hablar, pero mi voz se perdió en un jadeo ahogado.

—Déjate llevar, Clara. No te resistas.

Y así lo hice. Me rendí completamente a las sensaciones, mis caderas moviéndose al ritmo de sus dedos, mi respiración entrecortada. No sabía cuánto tiempo pasó, pero cuando finalmente alcancé el clímax, fue como si una ola de calor me recorriera de la cabeza a los pies. Mi cuerpo se arqueó, mis dedos se aferraron a las sábanas, y sentí una liberación tan profunda que casi me hizo llorar.

Álvaro se quedó a mi lado mientras recuperaba el aliento, sus dedos todavía acariciando suavemente mis muslos.

—Muy bien hecho, Clara. Has aprendido mucho hoy. Esto es solo el principio. 

Todavía temblando, lo miré con los ojos vidriosos. Había una nueva sensación dentro de mí, una mezcla de gratitud y una extraña forma de poder. Había descubierto algo esencial sobre mí misma, algo que iba más allá de lo físico. Y por primera vez, sentí que el control sobre mi placer era mío y de nadie más.

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