Nunca pensé que llegaría a este punto en mi vida. A mis 59 años, me sentía atrapada en una rutina interminable con Javier, mi marido, con quien había compartido casi cuatro décadas de matrimonio. Javier, a sus 64 años, había perdido el interés en casi todo, incluyéndome. Los días pasaban entre silencios incómodos y conversaciones triviales sobre el clima o la lista de la compra. La casa que una vez fue nuestro hogar vibrante, ahora la sentía como una prisión silenciosa.
Pero entonces, algo inesperado sucedió. Un nuevo vecino se mudó a la casa de al lado, un hombre llamado Malik, de unos 30 años, que venía de algún país lejano, uno de esos que yo solo había visto en documentales. Sus ojos oscuros y penetrantes, su piel bronceada por el sol, y su acento exótico despertaron en mí algo que creía muerto. Él me saludaba con una sonrisa cálida, mucho más cálida que cualquier otra cosa que hubiera recibido de Javier en años.
Todo comenzó un día lluvioso. Javier estaba sentado en su sillón, viendo la televisión sin prestar atención a nada en particular. Yo estaba en la cocina, preparando la cena, cuando escuché un golpe en la puerta.
—¿María? —era la voz de Malik, profunda y suave, que siempre me hacía estremecer.
Abrí la puerta y allí estaba él, empapado por la lluvia, con una expresión de disculpa.
—Perdona que te moleste… creo que tengo un problema con mi caldera. ¿Te importaría echarme una mano?
Javier ni siquiera levantó la vista del televisor cuando le dije que iba a ayudar al vecino. Nuestra relación había caído en un abismo de indiferencia. Así que, sin pensarlo dos veces, seguí a Malik hasta su casa.
Su hogar era sencillo, pero acogedor, con un aire de exotismo en la decoración que me hacía sentir como si hubiera sido transportada a otro lugar. Me mostró la caldera, pero pronto quedó claro que no necesitaba realmente mi ayuda; parecía funcionar perfectamente.
—Creo que solo necesitaba una excusa para verte —confesó Malik con una sonrisa seductora que hizo que mi corazón se acelerara.
No pude evitar reírme, nerviosa pero emocionada, sintiendo un rubor subir por mis mejillas. Hacía años que no sentía mariposas en el estómago.
—Es un halago que un hombre tan guapo necesite excusas —le respondí, sorprendida por mi propia audacia.
Malik se acercó un paso más, sus ojos oscuros fijos en los míos. Podía sentir su calor, el aroma embriagador de su piel. Me quedé congelada, sin saber si retroceder o avanzar, cuando de repente sentí sus labios sobre los míos, suaves al principio, pero con una urgencia creciente que me encendió por dentro.
Dejé que su lengua se deslizara en mi boca, saboreando su exotismo, mientras sus manos viajaban por mi espalda, atrayéndome más cerca. Me sentí como una adolescente nuevamente, llena de deseo y de una emoción que no había experimentado en décadas. Supe entonces que iba a permitir que esto continuara, necesitaba sentirme viva otra vez.
—No puedo… —susurré, aunque mi cuerpo ya se había rendido—. Javier está en casa.
—Entonces hagámoslo aquí —respondió Malik con una mirada que me hizo olvidar todas mis dudas.
Me levantó en sus brazos con una facilidad que me hizo sentir ligera, llevándome al dormitorio. Me recostó en su cama, y mientras me desvestía con una ternura inesperada, sus ojos no se apartaban de los míos. Era como si estuviera redescubriendo cada parte de mí, haciéndome sentir hermosa, deseada. Algo que mi marido ya no hacía.
Sentí su boca recorrer mi piel, besando mi cuello, bajando hasta mis pechos, tomándose su tiempo en cada rincón. Cuando llegó a mis pezones, endurecidos por la anticipación, su lengua jugó con ellos, provocando una oleada de placer que hizo que mi espalda se arqueara.
Me dejó sin aliento cuando sus labios descendieron más abajo, hacia mi vientre, hasta que su boca llegó a mi sexo, un lugar que había estado inexplorado por tanto tiempo. Su lengua se deslizó por mi clítoris, con una habilidad que me dejó jadeando, con las piernas temblando. Malik sabía exactamente cómo despertarme de mi letargo.
No pude contener los gemidos que escapaban de mis labios, y cuando él introdujo un dedo dentro de mí, seguido rápidamente por otro, sentí como si todo mi cuerpo fuera a explotar. Estaba completamente perdida, aferrada a las sábanas de su cama, mientras él me llevaba cada vez más cerca del climax.
—Dios… Malik… más… —le rogué, sorprendida por la necesidad en mi propia voz.
Él obedeció, intensificando sus movimientos hasta que mi primer orgasmo en años me golpeó como una ola, dejándome temblando bajo su toque. Pero no se detuvo allí. Me levantó, girándome sobre la cama para que quedara a cuatro patas, y me tomó desde atrás, su erección entrando en mí de una forma que me hizo gritar.
Sentí cada centímetro de él estirando mis paredes, llenándome de una forma que había olvidado que era posible. Me aferré a los barrotes de la cabecera de su cama, mis gemidos llenando la habitación, mientras él se movía dentro de mí con un ritmo firme, profundo.
—¿Te gusta, María? —susurró en mi oído, mordiendo suavemente mi lóbulo.
—Sí… sí… ¡No pares! —jadeé, perdida en la vorágine de placer que me estaba llevando más allá de cualquier cosa que hubiera experimentado antes.
Podía sentir cómo se acercaba al clímax también, sus embestidas cada vez más urgentes, más profundas. Cuando él finalmente se liberó dentro de mí, ese calor en mi interior desató un segundo orgasmo que me hizo gritar su nombre, sintiendo cómo cada fibra de mi ser se desbordaba en un torrente de placer.
Finalmente, nos desplomamos en la cama, nuestros cuerpos aún entrelazados, respirando con dificultad. Sentí una calma que no había experimentado en años, una paz que no recordaba desde hacía mucho tiempo.
Regresé a mi casa más tarde esa noche, todavía en un trance de éxtasis, encontrando a Javier roncando en su sillón. Y por primera vez, no me importó su indiferencia. Sabía que había redescubierto una parte de mí que había estado perdida durante demasiado tiempo, y que mi vida no tenía por qué terminar en el olvido.
Malik había encendido una chispa, y yo estaba dispuesta a ver hasta dónde podía llevarme esa llama renovada.
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