Encuentro intenso entre parejas

Hace tiempo que me siento atrapada en una rutina que ha ido apagando poco a poco mi deseo. Javier, mi marido, es dulce, atento, y lo amo con todo mi ser, pero en los últimos meses, la chispa que una vez nos unió en la cama ha ido desapareciendo. Intentamos recuperar la magia con cenas románticas, escapadas de fin de semana, incluso probamos algunos juguetes… pero nada parecía funcionar. Algo en mí estaba roto, apagado, y no sabía cómo encenderlo de nuevo.

Una noche, después de otro intento fallido en el dormitorio, Javier me tomó de las manos y me miró con una mezcla de desesperación y ternura.

—Cariño, quiero ayudarte. Quiero verte disfrutar de nuevo… he estado investigando y he encontrado una forma que quizá funcione, pero necesito que confíes en mí.

No supe qué pensar, pero asentí. Lo que fuera necesario para recuperar lo que habíamos perdido.

Una semana después, nos encontrábamos en un elegante salón de un hotel. Javier había organizado todo sin decirme demasiado, sólo que conoceríamos a una pareja que podía ayudarnos. Me sentía nerviosa, casi a punto de echarme atrás, pero el apretón de mano de mi marido me mantuvo firme.

Nos recibió una pareja que proyectaba una elegancia natural, una seguridad que llenaba la habitación. Ella, Clara, tenía unos cincuenta años, el cabello plateado cayendo en suaves ondas, y unos ojos verdes que parecían leerme el alma. Él, Andrés, era alto, de complexión robusta, con una barba bien cuidada que le daba un aire de experiencia y madurez. Se presentaron con sonrisas cálidas y gestos tranquilos, logrando que mi nerviosismo disminuyera un poco.

—Gracias por confiar en nosotros —dijo Clara, su voz suave pero firme. Sentí un pequeño escalofrío al notar la forma en la que sus ojos me escudriñaban, como si ya supiera lo que necesitaba.

Nos ofrecieron una copa de vino para relajarnos y, tras una conversación sorprendentemente cómoda, nos guiaron hacia una habitación adyacente que estaba decorada con una iluminación tenue y velas aromáticas. Me invitaron a sentarme en la cama mientras Javier se quedaba de pie junto a mí, sus dedos entrelazados con los míos.

—No tienes que hacer nada que no quieras —me dijo Clara, arrodillándose frente a mí y colocando una mano reconfortante en mi rodilla—. Estamos aquí para ayudarte a redescubrir lo que has perdido.

Mi corazón latía con fuerza, pero asentí, decidida a dar el paso.

Clara comenzó a desvestirme con una delicadeza que no había sentido en años, sus manos eran firmes pero suaves. Andrés, mientras tanto, observaba desde el fondo de la habitación, sus ojos oscuros nunca dejando de mirarme con algo que parecía ser pura devoción por el arte de dar placer.

Pronto me encontré completamente desnuda, mis pechos al descubierto y mi piel erizada por la combinación de nervios y excitación. Javier, aún vestido, se sentó a mi lado, acariciando mi cabello y dándome besos suaves en la frente. Clara me guió para recostarme en la cama, sus dedos trazando líneas lentas por mi abdomen, despertando pequeños temblores que hacía tiempo no sentía.

—Voy a recorrer tu cuerpo, y necesito que te centres en las sensaciones —murmuró Clara, sus palabras tan hipnóticas como sus caricias. Me relajé lo mejor que pude, cerrando los ojos, permitiéndole tomar el control.

Sentí sus labios sobre mi cuello, un roce que me sacó un suspiro involuntario. Sus manos bajaron hacia mis muslos, separándolos suavemente. Andrés se unió a su esposa, sus manos cálidas sobre mi piel fría, y juntos comenzaron un baile sincronizado, como si hubieran pasado años perfeccionando cada toque.

Javier seguía a mi lado, vestido, apretando mis manos y besándome en la boca. Ese contraste entre el calor de la pareja y la familiaridad de mi marido a mi lado era algo que nunca había experimentado, y mi cuerpo comenzó a responder de maneras que creía olvidadas.

Los dedos de Clara se deslizaron entre mis pliegues, buscando y encontrando con una precisión increíble ese punto que hacía tanto no me arrancaba un gemido. Me arqueé hacia su toque, sorprendida por la intensidad. Andrés se colocó detrás de mí, su pecho desnudo contra mi espalda, sus manos sosteniendo mis caderas mientras Clara continuaba su exploración.

—Relájate… déjate llevar —susurró Andrés, su aliento caliente contra mi oreja. 

Mis caderas empezaron a moverse al ritmo de las caricias de Clara, sus dedos hábiles, buscando y encontrando un ritmo que me hizo perderme en sensaciones que no recordaba. Javier seguía allí, besándome apasionadamente, sus manos temblando con la emoción de verme despertar.

Cuando mis jadeos se hicieron más intensos, Clara se apartó ligeramente, dándole espacio a Andrés para posicionarse entre mis piernas. Lo observé a través de mis pestañas, su miembro erecto rozando mis muslos antes de entrar en mí con una suavidad que arrancó un gemido ahogado de mis labios. Su tamaño, su habilidad para moverse en mí, fue un shock para mis sentidos concentrados en la entrada de mi vagina.

Javier, siempre a mi lado, me sostenía las manos con más fuerza, besándome mientras Andrés comenzaba a moverse dentro de mí con un ritmo lento y profundo. Clara, mientras tanto, me acariciaba los pechos, estimulando mis pezones con su lengua, logrando que las oleadas de placer se intensificaran.

Fue en ese momento cuando mi cuerpo empezó a recordar, a despertar de ese letargo. Cada empuje de Andrés era como una descarga eléctrica, una chispa que encendía fuegos que creía apagados. La combinación de todo: el calor del cuerpo de Andrés, la delicadeza de Clara y la ternura de Javier… todo se fusionó hasta que sentí un clímax como hacía años no sentía.

Mi cuerpo se sacudió con fuerza, un orgasmo tan intenso que las lágrimas llenaron mis ojos. Sentí cómo Javier se inclinaba hacia mí, susurrándome al oído que me amaba, que estaba feliz de verme disfrutar de nuevo.

Finalmente, me dejé caer en la cama, temblando, jadeando, con el sabor de algo que creía perdido volviendo a mí. Clara y Andrés se retiraron con una elegancia tranquila, dándome espacio para acurrucarme en los brazos de Javier.

—Gracias… —susurré, mis labios apenas tocando los suyos, sabiendo que, gracias a su valentía y confianza, había vuelto a sentir de nuevo.

Y por primera vez en mucho tiempo, me sentí viva

Deja un comentario