El aire era cálido en el lobby del hotel, y yo me acomodaba nerviosa en mi sillón, tratando de encontrarme cómoda mientras esperaba la hora de la conferencia. Había decidido usar un vestido negro que me hacía sentir elegante, aunque hacía mucho que no me miraba a mí misma con esos ojos. Fue entonces cuando lo vi: un hombre joven, de rostro tranquilo y sonrisa fácil, que caminaba por el lobby con una seguridad que parecía hipnotizarme. Me sorprendí a mí misma mirando, y cuando me di cuenta de que él había detenido su paso frente a mí, el rubor me subió de inmediato a las mejillas.
—¿Está esperando a alguien? —preguntó con una sonrisa que me desarmó, algo que, honestamente, creí que no podía ya sucederme.
—Sí… No, en realidad. —Mi respuesta salió torpe, pero él pareció encontrarlo encantador, porque su sonrisa se amplió.
Con esa misma facilidad que llevaba en cada uno de sus movimientos, me propuso acompañarlo a tomar algo. Quise decir que no, pensé en excusarme con cualquier pretexto… pero mis labios dijeron “sí”, como si en ese instante, yo también deseara encontrarme en otra piel, en otro papel.
Mientras hablábamos en el bar, me resultaba imposible ignorar cómo sus dedos rozaban suavemente mi mano de vez en cuando. Él me miraba como si no existiera nadie más alrededor, y eso me hacía sentir deseada, viva de una forma que no había experimentado en años. Tras unos minutos de conversación, él se inclinó hacia mí y, en un tono bajo que me erizó la piel, me propuso llevar nuestra charla a un lugar más privado. Una parte de mí, la que recordaba cada una de mis inseguridades y líneas de expresión, casi retrocedió. Pero la otra, la que él había despertado, aceptó sin dudar.
Llegamos a su habitación, y antes de que pudiera siquiera detenerme a pensar, él se acercó y comenzó a besarme. Al principio, sus besos eran suaves, como si me estuviera ofreciendo una oportunidad de detenerme. Pero yo no quería detenerme. No en ese momento. Sus labios bajaron a mi cuello, y sus manos se posaron en mis caderas con una firmeza que me desarmó, haciéndome estremecer.
Cerré los ojos, tratando de olvidar la diferencia de edad, mis marcas, mis dudas. Pero no era fácil; pensaba en mis curvas, en la forma en que el tiempo había dejado su huella en mi piel. Sin embargo, él no parecía vacilar. Con cada beso y cada caricia, deshacía mis temores, derritiendo una a una las barreras que me había construido a lo largo de los años.
Cuando sus labios descendieron a mis pechos y su boca exploró mi vientre, una mezcla de vergüenza y deseo me asaltó. Era perturbador, tan intensamente vulnerable y placentero a la vez. Mis inseguridades comenzaron a evaporarse cuando él, con cada caricia, me hacía sentir hermosa y deseada como no había sentido en mucho tiempo. En algún momento, sin pensarlo, tomé su rostro entre mis manos y lo miré. Por un instante, pensé en detenerlo, pero la chispa en sus ojos me llenó de un fuego que no podía ni quería apagar.
Tomé la iniciativa, dejando que mi cuerpo respondiera al suyo, dejando de lado cualquier otra idea que no fuera el deseo que ahora me dominaba. En ese momento, tomé una respiración profunda, sintiendo una mezcla de deseo y confianza que me impulsaba a tomar el control. Mis manos bajaron lentamente, rozando su piel hasta llegar a su erección, rodeándola con suavidad, sintiendo su firmeza y el calor que desprendía. Lo miré, dejando que mi mirada le mostrara mi deseo sin reservas, y, con una lentitud deliberada, fui guiándolo hacia los labios hinchados de mi vagina.
Me acomodé sobre él, asegurándome de que cada movimiento fuera intencional, sintiendo cómo su dureza comenzaba a abrirme paso, rozando cada parte sensible mientras iba deslizándolo en mi interior. La presión y el contacto llenaban mi cuerpo de una oleada de calor, y cada centímetro que él avanzaba despertaba en mí un placer profundo. No aparté la mirada mientras lo acogía completamente, sintiendo cómo se fundía conmigo, con una mezcla de seguridad y entrega que hacía cada instante más intenso, más nuestro.
Mientras me movía sobre él, una intensidad cálida y profunda comenzó a extenderse en mi interior, como un pulso que marcaba el ritmo de nuestros cuerpos unidos. Sentía cómo cada movimiento suyo llenaba cada rincón dentro de mí, provocando una presión deliciosa que crecía y se expandía, llevándome al límite de la sensibilidad. Las paredes de mi vagina respondían a su contacto con una mezcla de tensión y placer, un juego entre el deseo de retenerlo y el impulso de dejarme llevar. Esa mezcla de firmeza y suavidad me hacía sentir una oleada de calor que ascendía desde el fondo de mi ser, con pequeñas contracciones que vibraban de placer, como si mi propio cuerpo lo acogiera y lo reclamara en cada instante.
El placer comenzó a acumularse dentro de mí, como una corriente que subía desde lo más profundo. Con cada embestida, sentía una tensión deliciosa en mi interior, un pulso rítmico en las paredes de mi vagina que respondían a su roce, estrechándose alrededor de él como si lo reclamaran aún más. La fricción era intensa, cada movimiento suyo hacía que una ola de calor y deseo se expandiera desde mi centro, aumentando el ritmo de mi respiración, llevándome a un punto donde el control dejaba de tener sentido.
En un crescendo inevitable, sentí cómo todo mi cuerpo se entregaba al placer. Mis músculos internos comenzaron a contraerse rítmicamente alrededor de su miembro caliente, como una serie de pulsaciones profundas y envolventes que me arrancaban gemidos incontrolables. Era como si cada fibra de mi ser se encendiera en oleadas, un placer tan intenso que cada contracción dentro de mí lo prolongaba, haciéndolo aún más fuerte. Me aferré a él mientras mi cuerpo temblaba en ese clímax liberador, sintiendo que cada pulso, cada espasmo, me llevaba a un lugar de satisfacción pura y completa.
Mientras el eco del placer aún vibraba en mi cuerpo, me quedé un momento allí, disfrutando de la calidez y la calma que nos envolvía. Él dormía, agotado de placer, y yo fortalecida de placer sentí que era momento de levantarme. Con las piernas todavía temblorosas y una sonrisa que no podía esconder, busqué mi vestido en el suelo y comencé a vestirme, sin prisas. Cada movimiento me recordaba el encuentro reciente; mi cuerpo parecía latir con una energía renovada, una confianza que hacía años no sentía.
Ajusté el vestido sobre mis hombros y me miré en el espejo. El reflejo me devolvió una imagen de alguien que me era familiar pero a la vez distinta: con los labios ligeramente hinchados, el cabello desordenado y las mejillas aún ruborizadas, era yo misma, pero con una luz distinta en la mirada. Me sentía viva, plena, como si en ese instante nada pudiera detenerme.
Antes de salir, miré hacia él una última vez y le dediqué una sonrisa, suave pero cargada de agradecimiento. Con una última inspiración profunda, dejé la habitación y caminé por el pasillo con paso firme. Cada paso me recordaba lo que acababa de vivir, la seguridad que había encontrado dentro de mí. Al llegar al lobby, el temblor en mis piernas comenzaba a desvanecerse, pero en mi interior quedaba una certeza: había recuperado una parte de mí que creía perdida.
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