Reencuentro de dos amigas


Habían pasado años desde la última vez que vi a Marta. Fuimos inseparables en la adolescencia, compartiendo secretos, risas, y algunas confesiones que, a día de hoy, me hacen sonreír y sonrojarme a la vez. Hubo un par de ocasiones en que nuestra curiosidad nos llevó a explorar lo que sentíamos la una por la otra, de forma tímida y casi accidental. Pero aquello quedó guardado en el cajón de los recuerdos compartidos.

El otro día, de la nada, recibí un mensaje de Marta. «¿Qué tal un fin de semana en la casa de verano de mis padres, como en los viejos tiempos?» decía, como si los años no hubieran pasado. Algo en sus palabras despertó en mí una mezcla de nostalgia y nervios. Ambas estábamos casadas y llevábamos vidas separadas, pero esa propuesta me invitaba a revivir momentos que había guardado muy dentro.

Cuando llegué, ella ya estaba allí, esperando en la puerta. Me sonrió, y en ese instante sentí como si todo el tiempo que habíamos estado separadas se desvaneciera. Marta estaba tan radiante, con una seguridad en su mirada que no recordaba de nuestra adolescencia. Nos abrazamos, y su perfume me trajo de vuelta recuerdos de aquellas noches de confidencias y secretos.

Pasamos la tarde hablando, entre copas de vino y risas, recordando viejos tiempos y poniéndonos al día. Poco a poco, la conversación fue llevando a ese rincón escondido de nuestra historia. Marta me miró de una forma que no dejaba dudas, y su sonrisa traviesa hizo que una chispa encendiera algo en mí. 

“¿Recuerdas esas veces en que explorábamos  … todo?” preguntó de repente, con un tono entre juguetón y provocador. 

Asentí, y noté que me ruborizaba. Los recuerdos volvieron con una claridad casi dolorosa. Y en ese momento, con la mirada fija en sus ojos, supe que, después de todo este tiempo, aquello no había sido suficiente para ninguna de las dos. Habíamos dejado algo pendiente.

La atmósfera cambió, como si el aire se volviera más denso, lleno de posibilidades. Marta se acercó y, con una sonrisa cómplice, llevó su mano hasta mi mejilla. Su contacto era suave, pero me estremeció. «Sabes que siempre quise repetirlo, ¿verdad?», susurró. Y sin darme tiempo a responder, sus labios rozaron los míos, de forma pausada.

El beso se hizo más profundo, y todas las barreras que había construido se derrumbaron. Me dejé llevar, rodeando su cintura y sintiendo cómo su cuerpo respondía al mío, tan natural como la primera vez. Nos dejamos caer en el sofá, y sus manos comenzaron a recorrerme con una seguridad que me hacía sentir vulnerable y segura al mismo tiempo. 

Era como si ambas hubiéramos estado esperando este momento durante años, y cada caricia, cada suspiro, tenía el peso de lo que habíamos callado. 

Marta se despojó lentamente de su ropa, y no pude evitar recorrer su cuerpo con la mirada, sintiendo una mezcla de familiaridad y asombro. Su piel era suave y dorada, con algunas marcas sutiles que el tiempo. Su figura era esbelta y tonificada, los años parecían haberla embellecido, dándole una seguridad que se reflejaba en cada uno de sus movimientos.

Su torso era delicado, con unos pechos firmes y naturales, que se movían suavemente mientras se inclinaba hacia mí. Noté cómo su respiración se aceleraba y la forma en que su pecho subía y bajaba lentamente, como si cada aliento que tomaba fuera parte de una danza que compartíamos. Sus pezones, suaves y rosados, respondían a mi toque con una sensibilidad que me sorprendió, y sentí cómo su piel se erizaba bajo la yema de mis dedos.

Sus caderas eran ligeramente redondeadas, y al tomarla por la cintura sentí la calidez de su piel y su suavidad, como si nuestros cuerpos se hubieran estado esperando durante años. Sus piernas, largas y bien definidas, se entrelazaron con las mías, y el roce de su piel contra la mía me hizo estremecer. Sus muslos eran suaves y fuertes al mismo tiempo, revelando una feminidad madura y segura.

Al despojarme de mi ropa, sentí cómo su mirada me recorría con el mismo deseo, sin prisa, disfrutando de cada detalle de mi cuerpo. Sus manos me acariciaban con delicadeza y atención, siguiendo las líneas de mis curvas, deteniéndose en mis pechos y descendiendo hasta mi abdomen, como si quisiera memorizar cada centímetro de piel. 

La calidez de su tacto y la forma en que sus manos exploraban cada rincón de mi cuerpo hicieron que el deseo se volviera aún más intenso. Sentía su piel pegada a la mía, el ritmo de su respiración que se unía al mío, y comprendí que estábamos creando un recuerdo que quedaría grabado en nuestra memoria, lleno de pasión y de una ternura que solo nosotras podíamos comprender.

Sus dedos, con una suavidad que contrastaba con la intensidad del momento, exploraron mi piel con una delicadeza que me hizo estremecer. Sentí cómo el espacio entre nosotras se reducía, y mi cuerpo, consciente de lo que estaba por suceder, se tensaba y luego se relajaba en una mezcla de anticipación y confianza.

Cuando su toque alcanzó mi pubis, mi respiración se aceleró, y una oleada de sensaciones me recorrió por completo. No solo era el tacto lo que me afectaba, sino la forma en que su presencia me llenaba, como si sus manos pudieran leer cada rincón de mi cuerpo. El contacto era cálido, profundo y a la vez tan familiar, como si todo lo que habíamos vivido juntas estuviera regresando de una manera nueva, unida por ese lazo inquebrantable de la amistad, el deseo y la complicidad.

Cada movimiento suyo parecía ir acompañando mis propios latidos, y sentí que el tiempo se detenía en ese instante. Había una mezcla de vulnerabilidad y seguridad, de entrega y de confianza, que creaba una experiencia mucho más allá del físico. En sus manos había una promesa silenciosa, una reconexión con algo más profundo. 

«Esto es nuestro secreto», susurró, y yo asentí, sintiendo que estábamos creando algo que pertenecía solo a nosotras, algo que iba más allá de cualquier otra relación o vínculo. Nos dejamos llevar por ese deseo que había estado latente, encontrando en el cuerpo de la otra un refugio, una conexión que estaba allí, aguardando pacientemente a que nos reencontráramos.

Cuando la madrugada empezó a iluminar la habitación, nos quedamos abrazadas, en silencio, comprendiendo que acabábamos de cerrar un ciclo que habíamos dejado abierto hacía tantos años. Lo que comenzó como una curiosidad adolescente se había convertido en una intimidad plena y adulta. Y, aunque nuestras vidas seguirían su curso, este fin de semana, este recuerdo, era algo que ambas guardaríamos para siempre.

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