Masaje y algo más

Había sido un día agotador, con reuniones interminables y el calor pegajoso que parecía aferrarse a cada rincón de la piel. Apenas caía la noche cuando llegué al hotel y, buscando un escape de tanta tensión, decidí bajar al spa. La atmósfera era perfecta: música suave, luces tenues, y un aroma a flores exóticas que invitaba a dejarse llevar.

Me recibió una empleada con una sonrisa serena, y tras ofrecerme una bebida refrescante, me habló de una experiencia de relajación. No sabía muy bien qué implicaba, pero el tono de su voz y el brillo en sus ojos despertaron mi curiosidad, así que acepté. La bebida tenía un sabor delicado, y al poco tiempo de terminarla, me sentí más tranquila, casi como si el cansancio se desvaneciera. 

La empleada me condujo a una sala privada donde una masajista esperaba. «Desnúdate y túmbate boca abajo», me indicó con una voz suave. Obedecí sin dudar, cubriéndome con una toalla ligera. La camilla estaba a una temperatura perfecta, y mientras me acomodaba, me rendía a la promesa de relajar cada músculo tenso. 

En cuestión de segundos, unas manos cálidas y fuertes comenzaron a recorrer mis hombros. Al instante, me di cuenta de que eran las manos de un hombre. Dudé por un momento, pero la forma en la que esos dedos presionaban los puntos exactos de tensión me sumió en un estado de abandono que no quería interrumpir.

Los movimientos descendieron poco a poco, trazando un camino firme desde mi espalda hacia la base de la columna, donde la presión se volvía más sutil. Sentía cómo las manos delineaban cada vértebra con una precisión que me resultaba sorprendentemente íntima. A medida que el masajista seguía, mi respiración se hacía más lenta y profunda, dejando que ese calor interno se extendiera desde el centro de mi cuerpo hasta cada rincón de mi piel.

Sin prisas, las manos se desplazaron hacia mis caderas, envolviéndome en una caricia que liberaba la tensión acumulada, despertando una energía que se hacía más profunda e intensa con cada toque. La presión se alternaba con ligeras caricias, trazando líneas que parecían despertar mis sentidos desde adentro. No podía resistirme, solo podía dejarme llevar y permitir que cada roce, cada presión me sumiera más en un estado de abandono total.

El masajista comenzó a deslizar sus manos en movimientos amplios y suaves por mis muslos, aplicando un aceite cálido y perfumado que hizo que su toque se volviera aún más fluido. La textura sedosa del aceite facilitaba cada caricia, y con cada movimiento sus dedos se desplazaban con precisión, deslizándose sobre mi piel en un roce constante y placentero. Al llegar a mi pelvis, sus dedos trazaron líneas alrededor de mis labios, despertando una nueva ola de sensaciones, y el calor entre mis piernas se intensificó con cada roce calculado y experto.

Con el aceite, sus dedos recorrían mi piel entre mis piernas, aplicando una presión ligera que se volvía hipnótica en la zona púbica y alrededor de los labios internos. El masaje se concentró entonces alrededor del clítoris, donde sus dedos comenzaron a deslizarse en movimientos circulares, inicialmente evitando el contacto directo, manteniendo la expectativa y el deseo. La suave fricción del aceite acentuaba cada roce, y el placer crecía en espirales, extendiéndose desde mi vientre hasta cada parte de mi cuerpo.

Finalmente, el masajista usó ambas manos. Una se concentró en el clítoris, envolviéndolo con sus dedos en movimientos suaves pero constantes, aplicando la presión justa en el punto exacto. Al mismo tiempo, sentí cómo su otra mano descendía hacia mi entrada. Con cuidado y precisión, sus dedos lubricados se deslizaron en mi interior, explorando con una suavidad que me hacía arquear la espalda involuntariamente. La combinación de caricias simultáneas, una en el clítoris y la otra moviéndose dentro de mí, provocaba un contraste de sensaciones que me envolvía en un placer abrumador.

Cada movimiento dentro de mí era lento y deliberado, mientras sus dedos exploraban mis paredes internas, acariciando cada punto sensible en un ritmo que me llevaba cada vez más cerca del clímax. Sentía cómo sus dedos presionaban delicadamente, rozando lugares profundos y despertando oleadas de placer que se acumulaban sin descanso. La presión y la fricción se intensificaron a medida que sus dedos trabajaban en perfecta sincronía, creando un vaivén entre el clítoris y las paredes internas de mi vagina. 

Al llegar al límite, el placer me envolvió en una explosión de sensaciones. Sentí cómo cada fibra de mi cuerpo se estremecía, liberándose en una oleada cálida que me dejó completamente satisfecha, en paz, y llena de una calma profunda, como si el mundo se hubiera disuelto en ese momento perfecto.

Deja un comentario