Esa noche, después de una cena en casa de Marta y Carlos, me encontré sentada en el sofá, dándole vueltas a la propuesta que mi hermana me había hecho unos días atrás. La realidad de Fernando y yo era frustrante: nuestros intentos por tener hijos se habían quedado en decepciones y lágrimas.
—Carlos está dispuesto a ayudarte —me había dicho Marta, con esa mirada suya de determinación inquebrantable—. Se que es mucho mayor que tú, pero te prometo que es un hombre que entiende de placeres y sabe cómo… cómo conectar.
El rostro de Fernando, tan lleno de paciencia y cariño, apareció en mi mente y me convenció de que intentarlo valía la pena. Sabía que esto sería extraño, que quizás desafiaría las normas del amor y la familia, pero mi deseo de ser madre era más fuerte que cualquier convencionalismo.
Llegué temprano a la casa de mi hermana, algo nerviosa, casi arrepentida, pero Carlos, que había sido discreto hasta ahora, me recibió con una sonrisa amable.
Sentí el rubor en mis mejillas al ver su expresión confiada. Pasamos al dormitorio que él y Marta compartían, y sus manos, inesperadamente suaves y firmes, tomaron las mías. Su trato fue atento, cálido, diferente de lo que me imaginaba. Al principio, dudé de su habilidad, pero en cuanto sus manos comenzaron a explorar mi cuerpo, me sorprendió la delicadeza y precisión con la que me guiaba.
A cada caricia, a cada toque de sus labios en mi piel, entendía lo que Marta me había querido decir. Había una ternura en sus movimientos, una paciencia que no había experimentado antes. Su respiración era cálida sobre mi cuello, y sus manos lograron que mi cuerpo respondiera con una intensidad que me sorprendía.
Cuando llegó el momento crucial, Carlos me sostuvo con una ternura que jamás habría esperado. Nos encontrábamos en una intimidad completamente inesperada, y aunque algo en mí aún dudaba, me dejé llevar por la serenidad que él transmitía. Sentía cada uno de sus movimientos, como si mi piel se hubiera vuelto un mapa de sensaciones completamente nuevo.
Carlos, pausado y paciente, me miró una última vez para asegurarse de que estaba lista. Y entonces, con una lentitud reverente, me permitió sentirlo a través de cada centímetro. Su entrada fue tan suave y cautelosa que mi respiración se detuvo un instante, el mundo pareció reducirse a la calidez de su piel encontrándose con la mía. El ritmo con el que me envolvía era tan preciso que cada movimiento se sentía como una promesa tácita, un vínculo que nos acercaba de una manera que no se podía traducir en palabras.
A medida que Carlos continuaba, una ola de sensaciones me envolvió. Mi piel parecía encenderse con cada roce y el calor de nuestros cuerpos conectados encendía algo dentro de mí, una mezcla de deseo, sorpresa y un anhelo profundo de vida. Sentía cómo sus manos rodeaban mis caderas, firmes pero gentiles, sosteniéndome como si cada parte de mí fuera valiosa. Su respiración pausada guiaba la mía, creando un ritmo compartido, y mi cuerpo se amoldaba a él con una naturalidad asombrosa, cada fibra de mi ser abierta, receptiva.
A cada embate, sentía una intensidad que nunca habría imaginado, un placer que me envolvía de una forma que no esperaba. Mis pensamientos quedaron suspendidos en una mezcla de paz y entrega, el tiempo se desvanecía en ese ir y venir pausado que parecía diseñado para prolongar y saborear cada segundo. Era como si en cada movimiento dejara una semilla de vida en mí, algo más allá de lo físico, algo que encendía en mi interior una llama de esperanza.
Cuando finalmente llegó el clímax, fue como un río que desembocaba en mí, llenándome de una calidez profunda que se expandía en ondas por todo mi cuerpo. Sentí un estremecimiento, una mezcla de paz y satisfacción que me dejó entrelazada en sus brazos, en una quietud compartida, el eco de su respiración acompañando mis últimos suspiros.
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