El sol de media tarde comenzaba a calentar menos, pero el calor seguía siendo intenso. Luis y yo estábamos tumbados en nuestras toallas, disfrutando de la calma de aquella playa tranquila, con apenas unas pocas personas repartidas por la arena. Era uno de esos días perfectos de verano, donde el único sonido era el del mar rompiendo suavemente contra la orilla. No necesitábamos hablar mucho; después de más de treinta años juntos, el silencio entre nosotros era tan cómodo como cualquier conversación.
La pareja nudista que habíamos visto instalándose un poco más allá se acercó a nosotros. Él, de piel bronceada y cabello oscuro, caminaba con confianza, mientras ella, una mujer atractiva de melena rubia, lo seguía con una sonrisa amigable. Parecían estar en la cuarentena, y ambos llevaban puesto solo unas chanclas.
—Perdonad la molestia —dijo él con una voz cálida—. Soy David, y ella es Laura. Nos preguntábamos si podríais echarle un vistazo a nuestras cosas mientras damos un paseo por los alrededores. No tardaremos mucho.
Luis y yo nos miramos por un segundo. No era una petición extraña, y el lugar parecía lo suficientemente seguro.
—Claro, no hay problema —respondí con una sonrisa.
—Muchísimas gracias. De verdad, no será mucho rato —agregó Laura con una voz dulce.
Los vimos alejarse caminando por la playa, dejando sus pertenencias a nuestro cargo. Volvimos a relajarnos, pero a medida que pasaba el tiempo, comencé a notar que estaban tardando más de lo que pensábamos. Luis, siempre paciente, seguía con su libro, pero yo no podía evitar mirar el horizonte, preguntándome si habrían encontrado algo interesante en su paseo.
Finalmente, después de casi una hora, la pareja regresó, disculpándose al instante.
—Lo sentimos mucho, se nos fue el tiempo. Nos hemos entretenido disfrutando de unas vistas increíbles —dijo David, riéndose con una mezcla de vergüenza y simpatía—. Para compensaros, nos gustaría invitaros a nuestra casa. Está aquí cerca, a unos diez minutos en coche. ¿Qué os parece?
Miré a Luis. No solíamos aceptar invitaciones de extraños, pero algo en ellos me inspiraba confianza. Además, estábamos en modo vacaciones, sin prisas. Luis, con esa actitud relajada que siempre había admirado, me dio una pequeña sonrisa y asintió.
—Suena bien —dije—. Nos encantaría.
Subimos a nuestros coches y los seguimos por un camino que nos llevó tierra adentro, hacia un pequeño cortijo escondido entre dos laderas. Al llegar, me impresionó lo acogedor del lugar. El patio estaba rodeado de plantas, y en el centro había unos futones cubiertos por toldos que daban sombra. La brisa era suave, y la atmósfera de la casa, junto con el canto lejano de los pájaros, creaba un ambiente cálido y relajado.
David y Laura nos recibieron con cervezas frías, que aceptamos encantados. Nos sentamos en los futones, disfrutando del silencio y del contraste entre el calor del día y la frescura que ofrecía la sombra.
—Hace mucho calor hoy, ¿verdad? —comentó Laura, mirando hacia el cielo despejado.
—Sí, la verdad es que el verano se siente con fuerza este año —respondió Luis, tomando un sorbo de su cerveza.
—Bueno, pues aquí solemos combatirlo de la mejor manera que sabemos —agregó David con una sonrisa traviesa—. Espero que no os importe, pero nosotros, cuando estamos en casa, solemos estar más cómodos sin ropa.
Me quedé un segundo en silencio, procesando sus palabras. Ellos seguían tranquilos, sin ninguna pizca de incomodidad. Laura ya había empezado a quitarse la parte superior del bikini, mientras David seguía su ejemplo, despojándose de su bañador con una naturalidad sorprendente. Luis y yo nos miramos. No éramos nudistas, pero el ambiente distendido y la seguridad que proyectaban ambos nos hizo sentir que quizás no estaba tan fuera de lugar.
—Aquí podéis hacer lo que os apetezca —dijo Laura, mientras se sentaba de nuevo en el futón, completamente desnuda, pero sin ningún atisbo de provocación—. Solo queremos que os sintáis cómodos.
Era un acto de confianza y libertad, y algo en mí se removió. Sentí que Luis también lo percibía. La pareja irradiaba una conexión con su cuerpo y con el entorno que resultaba atractiva, pero no de una forma invasiva. Era como si nos invitaran a un terreno desconocido, pero sin ninguna presión.
—Bueno, si es para estar cómodos… —dije con una sonrisa nerviosa, mientras comenzaba a deslizarme los tirantes del bañador. Sentí a Luis mirarme con curiosidad, pero pronto hizo lo mismo. Nos desnudamos, algo tensos al principio, pero rápidamente el calor, el entorno y las risas compartidas disolvieron cualquier duda.
Tomé un sorbo de la cerveza, ahora desnuda sobre el futón, sintiendo la brisa sobre mi piel sin ningún tipo de barrera. La sensación era extrañamente liberadora, como si me hubieran quitado un peso invisible de encima. La conversación continuó fluyendo, y poco a poco, el ambiente entre nosotros se fue relajando aún más, las sonrisas y las miradas compartidas daban paso a una sensación de complicidad que nunca habíamos planeado.
David se inclinó hacia Luis, sus palabras eran un susurro, pero pude escuchar el tono suave y sugerente de su voz.
—Espero que no os moleste… Pero aquí las cosas siempre tienden a fluir, a dejarse llevar.
Sentí el calor subiendo por mi pecho, no de vergüenza, sino de expectación.
El aire en el pequeño cortijo se había vuelto más denso, cargado de una electricidad que no habíamos planeado ni anticipado. La situación parecía avanzar hacia un terreno que hasta hacía unos minutos no hubiéramos imaginado. Desnudos, sentados en esos futones bajo el toldo, Luis y yo compartimos una mirada llena de preguntas, pero también de complicidad. No había ninguna palabra de más, solo el ambiente que nos envolvía y las sutiles sonrisas de nuestros anfitriones, David y Laura.
El ambiente en el patio se había vuelto más lúdico, cargado de una excitación palpable, pero sin perder esa complicidad que parecía unirnos a todos. Laura, con una sonrisa traviesa, fue la primera en sugerir el cambio.
—¿Qué os parece un pequeño juego de imitación? —dijo, levantando una ceja mientras me miraba—. Pero para hacerlo más interesante, nos intercambiamos las parejas. Imitamos los movimientos, pero con otra persona.
Luis y yo nos miramos, y aunque en nuestros ojos había cierta duda, también existía una curiosidad que no podíamos negar. Hasta ese momento, todo había fluido de manera tan natural que la idea de cruzar un nuevo umbral, de experimentar algo más, ya no parecía tan descabellada. Además, la idea de ver a Luis con otra mujer, de compartir este deseo mutuo pero en diferentes roles, despertaba algo en mí que no sabía que tenía.
El juego consistía en que cada pareja imitara exactamente lo que la otra hacía, pero con el pequeño reto de hacerlo intercambiados. David y Laura querían llevar la experiencia a un nivel diferente, así que la dinámica consistiría en que cada uno de nosotros observara a su pareja y replicara sus movimientos con la otra persona. Parecía simple, pero la idea de ver a Luis tocar a Laura mientras yo lo hacía con David, y de imitar sus gestos mientras mi cuerpo reaccionaba de manera independiente, prometía ser mucho más intensa de lo que inicialmente pensé.
David fue el primero en dar el paso. Se colocó a mi lado, acercándose lentamente mientras observaba de reojo lo que Luis hacía con Laura. Los dos estaban sentados frente a frente, sus cuerpos desnudos, relajados pero expectantes. Luis tomó la mano de Laura y la deslizó por su muslo, una caricia lenta que yo debía imitar. Sentí la piel de David bajo mis dedos, cálida y firme. Cada músculo parecía reaccionar al tacto, y aunque mi mente estaba concentrada en seguir el ritmo de lo que hacía Luis, mi cuerpo comenzaba a responder a la cercanía de David de una manera incontrolable.
Mis ojos iban y venían entre Luis y David. Mi esposo había comenzado a besar el cuello de Laura, un movimiento que yo debía replicar en David. Me incliné hacia él, mi boca encontrando su piel, el sabor salado del sudor bajo el sol, el latido firme de su pulso. Cada beso que Luis daba a Laura, yo lo replicaba en David, y mientras lo hacía, sentía un creciente torbellino de emociones. Mi boca se deslizaba sobre su clavícula, su hombro, siguiendo los movimientos precisos que veía en Luis. Era como si el deseo de ver a mi esposo con otra mujer, de ser testigo de su placer, amplificara el mío.
David, a su vez, seguía el ritmo de Luis, guiando mis manos por su cuerpo, siempre atento a lo que Luis hacía con Laura. Sus dedos encontraron mis caderas, tirando suavemente de mí hacia él, imitando el movimiento de Luis, quien ahora sostenía a Laura por la cintura, más cerca de su cuerpo.
Cada gesto, cada toque era un reflejo, pero con una intensidad única. Mi mente estaba dividida entre el placer de sentir a David y la imagen de Luis con Laura. Era como estar en dos lugares a la vez: en mi propio cuerpo, sintiendo el calor que irradiaba de cada parte de mí, y al mismo tiempo observando a Luis desde una distancia íntima, viendo cómo sus manos recorrían el cuerpo de otra mujer, cómo sus labios buscaban los de ella con una pasión que nunca antes había presenciado.
Cuando Luis deslizó sus dedos hacia la entrepierna de Laura, su mano firme pero suave, yo debía hacer lo mismo con David. Mi mano temblaba ligeramente cuando la coloqué entre sus piernas, sintiendo su erección crecer bajo mi toque. El placer era casi inmediato. Mis dedos exploraron su dureza, imitando cada movimiento que veía en Luis. Y aunque mi mente intentaba seguir el juego, mi cuerpo reaccionaba a cada toque, cada gemido que salía de los labios de David.
Observé cómo Luis empezó a besar a Laura de manera más apasionada, sus manos ahora jugando con sus pezones, y yo, en respuesta, bajé mi boca hacia el pecho de David, imitando lo que veía. Mi lengua trazó pequeños círculos alrededor de sus pezones, sintiendo cómo su respiración se aceleraba bajo mi boca. Cada toque me hacía sentir más conectada a él, más perdida en el deseo. Pero al mismo tiempo, no podía dejar de mirar a Luis, ver cómo su rostro se transformaba en una expresión de puro placer mientras seguía explorando el cuerpo de Laura.
Finalmente, llegó el momento en el que Luis, con un movimiento fluido, se posicionó entre las piernas de Laura, listo para penetrarla. Yo debía hacer lo mismo con David, imitar el ritmo, los movimientos, todo. Me coloqué sobre él, mi cuerpo respondiendo al calor y la tensión acumulada. Sentí cómo David me guiaba suavemente hacia abajo, la punta de su erección rozando la entrada de mi vagina. Mi humedad facilitaba el camino, y lentamente, con una profunda inhalación, lo dejé entrar. La sensación fue abrumadora, su miembro llenándome de una manera que me hizo gemir.
Mis ojos buscaron a Luis en ese momento. Él también había comenzado a penetrar a Laura, y ver cómo sus caderas se movían con esa cadencia lenta pero firme, ver su rostro de éxtasis mientras entraba en ella, me llevó a un nivel de excitación que jamás había sentido. Era como si mi placer y el de Luis estuvieran sincronizados, como si lo que él hacía con Laura, yo lo sentía en mi propio cuerpo.
Comencé a moverme sobre David, siguiendo el ritmo que Luis marcaba con Laura. Cada embestida era profunda, lenta, y podía sentir cómo mi vagina se contraía alrededor de David, ajustándose a él mientras mi clítoris rozaba contra su pelvis en cada movimiento. El placer era exquisito, una mezcla de lo que mi cuerpo sentía y lo que mi mente procesaba al ver a mi esposo con otra mujer.
Luis estaba completamente entregado a Laura, sus gemidos se mezclaban con los de ella, y esa imagen, esa visión de ambos entregados al deseo, me llevó al borde. Mis caderas comenzaron a moverse más rápido, buscando ese clímax que sentía venir, y David, respondiendo a mis movimientos, empezó a embestir con más fuerza, sus manos en mis caderas, guiándome hacia el orgasmo.
Finalmente, no pude contenerme más. Mi cuerpo se tensó, mis músculos internos contrayéndose alrededor de David mientras el orgasmo me golpeaba con una fuerza imparable. Sentí cómo mi clítoris palpitaba, cómo las ondas de placer recorrían todo mi cuerpo, y un gemido profundo escapó de mis labios. Abrí los ojos justo a tiempo para ver a Luis también alcanzar su clímax con Laura, su cuerpo sacudido por el placer, sus ojos cerrados, completamente perdido en el momento.
El juego había terminado, pero las sensaciones permanecían, un eco de placer y conexión que nos envolvía a todos.
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