Llevaba semanas arrastrando un cansancio invisible, más mental que físico. Las horas interminables en la oficina, las expectativas imposibles, y luego el papel de esposa y madre impecable. Lo hacía todo sin detenerme, pero había algo que faltaba, una parte de mí que gritaba en silencio. No era solo el agotamiento; era el deseo reprimido, el hambre por algo más.
Entonces, una noche, mientras revisaba correos en la cama, encontré un mensaje inesperado. «Una invitación a algo diferente», decía el asunto. Era un correo anónimo, sin remitente claro, pero las palabras que seguían fueron lo suficientemente intrigantes como para despertar mi curiosidad. “Ven a conocernos. Sin compromisos. Solo deseo.”
Había una dirección al final del mensaje. Algo dentro de mí, algo que había estado latente durante años, decidió responder.
Esa misma semana, un viernes, me encontré conduciendo hacia el lugar. No había hablado con nadie de esto, ni siquiera con mi marido. Él estaba fuera por trabajo, y los niños con mi madre. Todo parecía perfectamente alineado para que yo tomara este desvío. La dirección me llevó a una casa discreta en las afueras de la ciudad. Un club privado, el tipo de lugar que no se anuncia.
La puerta era pesada, de madera oscura. Toqué suavemente, y casi de inmediato me recibió una mujer con un vestido negro ceñido que apenas dejaba algo a la imaginación.
—Bienvenida. Hemos estado esperándote —dijo, como si supiera exactamente quién era yo.
Me guió por un pasillo iluminado solo por velas. La atmósfera era densa, cargada de un perfume exótico que envolvía los sentidos. Al fondo, una puerta se abrió a una sala espaciosa, de techos altos y paredes cubiertas por cortinas de terciopelo oscuro. Había gente, hombres y mujeres, de diferentes edades, todos vestidos elegantemente, charlando en pequeños grupos mientras bebían vino. Pero lo más desconcertante era el aire de sensualidad que envolvía la habitación. Se sentía en cada mirada, en cada sonrisa.
Me acerqué a la barra, buscando una copa para calmar mi creciente nerviosismo. Mientras esperaba, una mano masculina se posó suavemente en mi espalda. Giré la cabeza y lo vi: un hombre alto, de mirada penetrante, que no parecía pertenecer a este mundo de formalidades. Su presencia era intensa, casi abrumadora.
—Te he estado observando desde que llegaste —susurró con una voz baja y grave—. Sé lo que buscas.
Lo que buscaba. Era como si leyera mis pensamientos más profundos. Mi respiración se aceleró, pero no me moví. De alguna manera, sabía que esa era la razón por la que había venido, aunque no había sido consciente hasta ese momento.
Me llevó de la mano, sin decir más, a través de una cortina que separaba el salón principal de una habitación más íntima. Al entrar, noté que había varias parejas y tríos ya inmersos en sus propios juegos, cuerpos entrelazados en diferentes posiciones, enredados en una mezcla de placer, dominación y más placer.
Él no me dio tiempo para pensar. Me empujó suavemente contra una pared, y antes de que pudiera decir algo, sus labios atraparon los míos en un beso demandante. El mundo exterior desapareció en ese instante. Su mano bajó por mi espalda, trazando mi columna hasta llegar a mis caderas, donde sus dedos comenzaron a levantar el vestido que llevaba, exponiendo lentamente mi piel a la fría atmósfera de la habitación.
—Aquí solo hay lugar para el placer —dijo al separarse brevemente de mí, su aliento cálido contra mi cuello—. Quiero que seas tú quien tome el control.
Me miró directamente a los ojos, desafiándome a dejar de ser la espectadora pasiva de mi propia vida. En ese instante, algo en mí cambió. Era mi oportunidad, mi espacio. Sin pensar demasiado, lo empujé suavemente hacia una de las camas bajas que había en la habitación. Su mirada sorprendida, pero complacida, me dio más confianza. Desabotoné su camisa con una lentitud calculada, disfrutando del poder que sentía al ser observada no solo por él, sino por otros en la habitación.
Me subí sobre él, con mi falda sobre las caderas. Sentía su erección firme presionando contra mi ropa interior, lista para lo que vendría. Sin embargo, antes de darle lo que ambos deseábamos, decidí jugar un poco más. Me incliné hacia él, rozando sus labios con los míos, sin llegar a besarlo, y luego bajé por su cuello, mordisqueando suavemente su piel mientras mi mano se deslizaba por su abdomen firme, hasta llegar a su cinturón.
Cuando lo liberé de su ropa, me detuve por un momento para admirar su dureza, ahora completamente expuesta. Sabía que todos en la habitación estaban observando, pero eso solo aumentaba mi excitación. Deslicé mi ropa interior hacia un lado y lo monté, dejándolo entrar su miembro caliente lentamente en mi húmeda vagina, sintiendo cada centímetro de él mientras me llenaba por completo.
El placer fue inmediato, profundo. Mis caderas comenzaron a moverse en un ritmo lento, decidido, mientras mis manos apoyadas en su pecho marcaban el compás. Cada embestida me hacía sentir más poderosa, más consciente de mi propio cuerpo y de mi capacidad para controlar el placer, tanto el mío como el suyo. Sentía cómo él intentaba empujar sus caderas hacia mí, buscando más profundidad, pero yo mantenía el control, ajustando el ritmo a mi antojo.
Sus manos se deslizaron por mis muslos, intentando agarrarme con más fuerza, pero yo aparté sus manos, tomándome todo el tiempo que ansiaba para disfrutar de la fricción entre nuestros cuerpos. La tensión en el aire era palpable, y cada embestida enviaba oleadas de placer que se acumulaban en mi vientre.
A medida que el clímax se acercaba, mis movimientos se volvieron más frenéticos, mi respiración más errática. Mi vagina se contraía con fuerza alrededor de su miembro, apretándolo, cada vez más cerca del límite. Cuando el orgasmo llegó, fue explosivo. Mi cuerpo se sacudió con espasmos intensos mientras gritaba, sin preocuparme por quién me escuchaba. Sentía cómo todo el estrés, toda la tensión acumulada en mi vida cotidiana, se disolvía en ese momento de éxtasis absoluto.
Caí sobre él, agotada pero satisfecha, mientras el ambiente a nuestro alrededor seguía cargado de deseo. En ese club, lejos de todo lo que conocía, había encontrado esa parte de mí que ni siquiera sabía que estaba buscando.
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