Al despertar la mañana siguiente, sentí el cuerpo aún envuelto en una calma placentera, como si el eco de la experiencia del día anterior aún vibrara en mi piel. Marcos ya estaba despierto, observándome en silencio desde el otro lado de la cama. En su mirada no había juicio, sino algo más profundo, casi como si hubiera comprendido algo nuevo sobre mí, sobre nosotros.
Sabíamos que el último día del taller sería aún más intenso. Lucas nos había advertido que el final del retiro no era simplemente una culminación física, sino una apertura total de cuerpo y mente. Me levanté con una mezcla de expectación y algo de nervios, sabiendo que lo que estaba por venir nos empujaría hasta nuestros límites.
La sala del taller estaba más cálida esa mañana, y la luz del sol que entraba por las ventanas parecía hacer que todo se sintiera más íntimo. Lucas nos esperaba, rodeado por las otras parejas. Sus instrucciones, siempre suaves pero firmes, nos preparaban para lo que sería la última fase: “una entrega completa al placer y al deseo compartido, sin barreras, sin distinción de cuerpos ni parejas”.
—Hoy es el último día —comenzó diciendo, caminando alrededor nuestro—. Hoy aprenderán no solo a dar y recibir placer, sino a fundirse completamente en el momento, a disolver cualquier límite que haya quedado entre ustedes y los demás.
Nos pidió que formáramos un círculo, y luego, lentamente, uno a uno, comenzáramos a desnudarnos. No había prisa, pero la tensión erótica era palpable en el aire. Las miradas entrecruzadas de todos nosotros estaban cargadas de deseo, de anticipación, pero también de esa extraña complicidad que habíamos construido en los días anteriores.
Esta vez, Lucas no nos asignó parejas al azar. Nos pidió que nos moviéramos libremente entre nosotros, guiados por el deseo y la conexión del momento. Y así, comenzamos.
Yo fui la primera en tomar la iniciativa. Me acerqué a Ana, la joven de la piel suave y el cuerpo delgado que me había fascinado desde la primera vez que la vi. Sin decir una palabra, nuestras manos comenzaron a deslizarse sobre nuestros cuerpos desnudos, acariciando lentamente. El contacto era suave, casi tierno, pero la electricidad entre nosotras era innegable. Mis dedos recorrieron sus pechos, sintiendo cómo sus pezones se endurecían bajo mi toque. Sus gemidos eran suaves, y sus manos también comenzaron a explorarme, acariciando mis caderas, subiendo por mis costados hasta mis pechos, donde comenzó a jugar con mis pezones, enviando un torrente de placer que me hizo estremecer.
Mientras Ana y yo nos conectábamos, los demás comenzaban a moverse a nuestro alrededor. Vi cómo Marcos se acercaba a una de las otras mujeres, sus manos recorriendo su cuerpo con la misma intensidad y atención con la que siempre me había tocado a mí. Sentir su mirada sobre mí, mientras yo daba y recibía placer de otra persona, no me hacía sentir celosa; al contrario, esa tensión me encendía aún más.
De repente, Lucas se acercó a mí. Su presencia era poderosa, y sin decir una palabra, me guió hacia una de las colchonetas, tumbándome con delicadeza. Sentí su peso sobre mí, su piel caliente contra la mía, y un estremecimiento recorrió mi columna vertebral. Su boca se deslizó por mi cuello, su lengua trazando una línea de calor hasta mis pechos. Allí, se detuvo, tomando uno de mis pezones entre sus labios, succionando suavemente mientras sus manos recorrían mis muslos, separándolos lentamente.
Sentí el calor de su aliento descender por mi abdomen hasta llegar a mi sexo. Lucas no perdió tiempo. Su lengua comenzó a explorarme con una precisión que casi me deshizo de inmediato. Lamía y succionaba con la misma suavidad que sus palabras, creando una sensación tan intensa que no pude evitar arquear mi espalda, buscando más. Mi clítoris era el centro de todo, y su boca era experta, cambiando el ritmo y la presión hasta que me encontraba temblando, al borde del clímax.
Pero no me dejó llegar todavía. Justo cuando sentía que el orgasmo estaba a punto de apoderarse de mí, se detuvo y se apartó. Antes de que pudiera protestar, sentí otro cuerpo sobre el mío. Era Daniel, el hombre con quien había compartido la primera experiencia. Su erección era evidente, y sin previo aviso, sentí cómo me penetraba de una sola vez, llenándome completamente. Un gemido profundo escapó de mis labios mientras comenzaba a moverse dentro de mí, despacio al principio, pero aumentando el ritmo gradualmente.
Los otros cuerpos se movían a nuestro alrededor, pero en ese momento todo lo que importaba era el placer profundo que me recorría. Las embestidas de Daniel eran intensas, su pelvis chocando contra la mía con una fuerza que me llevaba cada vez más cerca del borde. Mis manos se aferraban a su espalda, mis uñas clavándose ligeramente en su piel mientras sentía cómo su erección me llenaba una y otra vez.
El placer era imparable, y antes de que me diera cuenta, mi cuerpo estalló en un orgasmo violento. Mis piernas se cerraron alrededor de él, y un gemido desgarrador salió de lo más profundo de mi ser. Pero Daniel no se detuvo. Continuó moviéndose dentro de mí, más rápido, más fuerte, hasta que sentí cómo su propio cuerpo se tensaba. Su clímax llegó poco después del mío, sus gemidos entrecortados llenando la habitación mientras se dejaba llevar por el placer.
Cuando finalmente se apartó, jadeando, sentí que otro hombre me tocaba. Esta vez fue Marcos. Había estado observando todo, y ahora, con sus ojos llenos de deseo, se inclinó sobre mí, su erección dura presionando contra mi muslo. Me giré hacia él, lista para recibirlo. Sabía que esto sería diferente. Esta vez no era sólo un encuentro físico; era una liberación completa entre los dos, una culminación de todo lo que habíamos explorado en esos días.
Me penetró con una mezcla de urgencia y ternura, y a pesar de todo lo que ya había experimentado, mi cuerpo volvió a responder de inmediato. Cada movimiento suyo era un recordatorio de nuestra conexión, de cómo habíamos llegado juntos hasta aquí. Mientras se movía dentro de mí, sentí una nueva ola de placer elevarse desde mi centro, hasta que ambos nos dejamos llevar, nuestros cuerpos temblando al unísono, alcanzando el clímax final.
Cuando todo terminó, nos quedamos tumbados, agotados pero satisfechos, nuestros cuerpos entrelazados entre las colchonetas. La sala estaba llena de susurros suaves y respiraciones entrecortadas, pero la sensación de paz era palpable. Habíamos cruzado barreras, explorado lo desconocido y salido del otro lado más fuertes, más conectados.
Sabía que cuando volviéramos a casa, nada sería lo mismo. Habíamos experimentado algo que cambiaría para siempre nuestra relación y nuestra percepción del placer. Y mientras me recostaba en los brazos de Marcos, sentí que finalmente habíamos encontrado lo que buscábamos: una intimidad profunda, sin límites, completamente liberadora.
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