Había sido una decisión impulsiva, un clic en el enlace de un correo que prometía «una experiencia única de conexión profunda a través del tacto». A los pocos días, me encontraba conduciendo por una carretera apartada, camino al retiro. Mi esposo, Marcos, parecía más nervioso que yo, aunque su silencio no lo delatara. Ambos habíamos estado buscando una manera de revitalizar nuestra relación, algo nuevo, algo que nos sacudiera de la rutina en la que habíamos caído.
El lugar era hermoso, una casa de campo rodeada de naturaleza. Al llegar, un grupo pequeño ya estaba reunido: otras tres parejas, todas con esa misma mezcla de curiosidad y nerviosismo que nosotros compartíamos. El anfitrión del taller, un hombre de mirada serena y voz suave llamado Lucas, nos dio la bienvenida y nos explicó lo que nos esperaba. El programa incluía un enfoque en la intimidad a través del masaje erótico, algo que, en sus palabras, «despertaría el cuerpo y el alma.»
Esa tarde comenzamos con ejercicios simples, aún con la ropa puesta, aprendiendo a tocar, a sentir, a escuchar los cuerpos de nuestras parejas. Fue una introducción suave, casi terapéutica, pero la energía sexual latente estaba ahí, flotando en el aire, palpable en las miradas de los demás.
Al día siguiente, el taller cambió de tono. Lucas nos reunió en una sala amplia con colchonetas dispuestas en el suelo. Nos pidió que nos quitáramos la ropa, que dejáramos de lado la vergüenza, y que confiáramos en el proceso. Me sorprendió lo natural que fue desnudarme frente a los demás, a pesar de sentir las miradas sobre mí. El ambiente era íntimo, pero no incómodo. Había una vulnerabilidad compartida, una sensación de que estábamos todos en lo mismo, explorando algo nuevo.
Marcos y yo nos miramos, pero Lucas intervino: no trabajaríamos con nuestras parejas habituales. Las asignaciones serían al azar para «aprender a confiar y descubrir el lenguaje del cuerpo de otro». Mi compañero para esta primera sesión era Daniel, un hombre en sus cuarenta, con el cuerpo marcado por los años de gimnasio. Su piel era cálida bajo mis manos, mientras yo seguía las instrucciones de Lucas. Mis dedos recorrían su espalda, sus músculos tensos relajándose poco a poco bajo mi toque.
A mi alrededor, los gemidos suaves y las respiraciones profundas de las otras parejas llenaban la sala. El silencio era roto solo por los susurros de placer que, lejos de incomodar, aumentaban la intensidad del momento. A medida que las manos de Daniel también exploraban mi cuerpo, sentí que mi piel vibraba con una electricidad desconocida. Su toque era lento, preciso, casi reverente. No era mi esposo, pero la conexión que se estaba formando entre nosotros a través del tacto era imposible de ignorar.
De repente, Lucas se acercó a nosotros. Observó nuestros movimientos y, con un toque ligero en mi espalda, me indicó que me tumbara sobre la colchoneta. Daniel se inclinó sobre mí, y por un momento, sentí su aliento en mi cuello, una mezcla de calor y deseo que me hizo arquear la espalda, anticipando lo que vendría.
—Deja que el cuerpo hable —susurró Lucas, mientras me colocaba una pequeña toalla sobre los ojos—. Solo siente.
Privada de la vista, todos mis otros sentidos se agudizaron. Las manos de Daniel comenzaron a recorrer mis muslos, subiendo lentamente, hasta llegar a mis caderas. Su tacto era delicado, pero firme, una combinación que me hacía estremecer de placer. No podía ver, pero podía sentir el calor de su piel rozando la mía. Y entonces, su boca reemplazó a sus manos, besando mi vientre, acercándose cada vez más a mi sexo. Un suspiro escapó de mis labios mientras su lengua rozaba mi clítoris de manera suave pero insistente, despertando un torrente de sensaciones que me hacían retorcerme sobre la colchoneta.
La combinación del silencio, los susurros de placer a mi alrededor y el tacto experto de Daniel me sumergió en un estado casi meditativo. No había otra cosa en mi mente que el placer que me recorría, deslizándose por mi cuerpo como una corriente eléctrica. Cada movimiento de su lengua, cada roce de sus manos, me acercaba más al borde del clímax.
Cuando finalmente llegué, mi cuerpo tembló, y un gemido bajo escapó de mis labios. Sentí a Daniel detenerse, respetando el momento, permitiéndome disfrutar de cada segundo de ese orgasmo suave, pero profundo. Mi respiración era entrecortada, y aunque aún estaba bajo el efecto de lo que acababa de experimentar, Lucas ya estaba moviéndose hacia la siguiente fase de la sesión.
Nos pidió que rotáramos de pareja nuevamente. Esta vez, me tocó con Ana, una mujer más joven, con una belleza natural que irradiaba tranquilidad. Su cuerpo era delgado, sus curvas suaves. Nos sentamos frente a frente, nuestras rodillas tocándose, y comenzamos el masaje de manera mutua. Mi piel se sentía diferente al contacto con ella; más sutil, más delicada. Mientras nuestras manos recorrían el cuerpo de la otra, algo en mí se despertó de una manera nueva. Sus manos en mis pechos, suaves pero firmes, despertaron una excitación que jamás había sentido con una mujer. Era una mezcla de curiosidad y deseo, una línea que no había cruzado antes pero que, en ese momento, me sentí ansiosa por explorar.
La sesión continuó, y con el paso del tiempo, los toques se volvieron más íntimos. Los límites que habíamos traído con nosotros al taller desaparecieron, y la energía en la sala era una combinación de sensualidad y liberación. Cuando finalmente la sesión terminó, y todos nos quedamos tendidos sobre las colchonetas, desnudos, satisfechos, y en silencio, supe que algo dentro de mí había cambiado. Había cruzado una barrera que ni siquiera sabía que existía, y estaba lista para más.
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