Al día siguiente, la energía en la sala había cambiado. Los cuerpos ya no se movían con la timidez del principio, ahora estábamos acostumbrados a nuestra desnudez, a la intimidad compartida. Lucas nos miró con esa calma que siempre irradiaba, pero su instrucción del día fue clara:
—Hoy, algunos de ustedes tomarán un papel más activo. La conexión se intensificará, y quiero que exploren cómo es dar placer, sin vergüenza, sin juicios. Hoy el foco estará en entregar, en satisfacer, en liberar —dijo, paseando entre las colchonetas—. Para algunos de ustedes, esta será la prueba más desafiante hasta ahora.
Sentí un cosquilleo recorrer mi piel, una mezcla de anticipación y nervios. Lucas me miró directamente y me indicó que me levantara. Sabía lo que venía. Había llegado mi turno de ser el centro, no sólo de recibir, sino de dar. Me dirigió hacia el centro de la sala, mientras el resto observaba. Mi respiración se aceleraba, y la habitación, a pesar de estar llena de personas, se sentía íntima, cargada de deseo.
—Hoy serás quien conduzca el placer —me dijo suavemente, mientras dos de los hombres se acercaban a mí—. Marcos te observará, pero no intervendrá. Este es tu momento.
Los dos hombres que se posicionaron frente a mí eran distintos: uno más alto, con el cuerpo delgado pero fibroso, y el otro más musculoso, con una espalda ancha y brazos fuertes. Ambos se veían expectantes, sus erecciones ya visibles, anticipando lo que vendría. Sabía que Marcos, mi esposo, estaba sentado a un lado, viéndolo todo. La idea de ser observada, de estar en el centro de una escena tan cargada de erotismo, me encendía aún más.
Comencé con el más alto. Lo guié para que se tumbara sobre la colchoneta, su piel ya cálida bajo mis manos mientras las deslizaba por sus hombros y espalda. Mis dedos exploraban cada curva de sus músculos, sintiendo cómo se tensaban bajo mi toque. Su respiración se volvió más profunda a medida que mis manos descendían por su espalda hasta sus nalgas firmes, apretándolas ligeramente antes de moverme hacia su interior. Sentí cómo su erección crecía contra mi muslo mientras me colocaba a horcajadas sobre él.
Deslicé mis manos por su pecho, bajando lentamente hasta llegar a su abdomen, notando cómo sus músculos se contraían bajo mis dedos. Cuando mis manos finalmente envolvieron su pene, duro y caliente, escuché el gemido que escapó de sus labios. Comencé a acariciarlo lentamente, moviendo mis manos arriba y abajo de su longitud, disfrutando de la textura de su piel, de la dureza bajo mis dedos. Sentía cómo su respiración se aceleraba, y los suaves espasmos de su cuerpo me indicaban que estaba disfrutando cada segundo.
Pero no me detuve ahí. Me incliné sobre él, y mi boca tomó el lugar de mis manos, envolviendo su pene con mis labios. Lo escuché inhalar profundamente cuando mi lengua comenzó a explorar cada centímetro, desde la base hasta la punta, lamiendo y succionando de manera rítmica. Podía sentir cómo sus manos se aferraban a la colchoneta, conteniendo el placer que lo recorría. Mis movimientos eran suaves pero firmes, variando la presión y la velocidad, jugando con la intensidad de cada lamida, cada succión. Su cuerpo se arqueaba ligeramente bajo mí, mientras gemía suavemente.
A medida que sentía su control desmoronarse, supe que estaba cerca del clímax. Su pene palpitaba en mi boca, sus gemidos se volvían más urgentes, y finalmente, con un espasmo de placer, lo sentí correrse. Su sabor inundó mi boca, y con delicadeza, lo dejé descansar, apartándome lentamente mientras él se quedaba tendido, jadeante y satisfecho.
Sin tiempo para recuperarme del todo, el segundo hombre se acercó. Su cuerpo era imponente, su erección ya pulsante, esperando su turno. Me arrodillé frente a él, mis manos subiendo por sus muslos, notando la fuerza de sus músculos. Mi boca volvió a trabajar, esta vez envolviendo su pene de manera más urgente, más hambrienta. Lo succioné profundamente, sintiendo cómo mi saliva lo lubricaba, permitiéndome moverme más rápido, con más intensidad.
Sentí la mano del hombre en mi cabeza, guiando ligeramente mis movimientos, mientras sus jadeos se volvían más audibles. Sabía que Marcos estaba observando todo, lo sentía con el rabillo del ojo, y esa conciencia solo aumentaba mi excitación. Sabía que no podía tocarme, pero la sensación de su mirada ardiente sobre mí, viendo cómo daba placer a otro hombre, me encendía aún más.
Cuando sentí que el hombre estaba cerca de su clímax, me detuve. Sabía que aún quedaba algo más. Le hice una seña para que se tumbara, y cuando lo hizo, me coloqué sobre él, mis piernas abiertas mientras su erección apuntaba directamente hacia mi sexo. Me dejé caer lentamente, sintiendo cómo su pene me llenaba por completo. Mis manos descansaban sobre su pecho mientras comenzaba a moverme, despacio al principio, disfrutando de cada centímetro, de cómo su dureza se deslizaba dentro de mí.
El placer se intensificaba con cada movimiento, cada embestida, y mi cuerpo respondía con una urgencia que no había experimentado antes. Podía sentir el calor extendiéndose por todo mi ser, desde mis muslos hasta mi vientre, una sensación profunda de deseo que crecía con cada segundo. Mi clítoris rozaba su pubis con cada movimiento, enviando oleadas de placer por mi cuerpo.
El ritmo aumentó, nuestros cuerpos chocando con más fuerza, y mis gemidos se mezclaban con los suyos. Mi orgasmo llegó de manera inesperada, rápido y explosivo. Mi cuerpo se arqueó sobre él, mientras el placer me recorría en oleadas intensas. Sentí que él también llegaba al límite, llenándome con su propio clímax mientras ambos temblábamos juntos en un éxtasis compartido.
Finalmente, nos quedamos inmóviles, respirando profundamente mientras el silencio volvía a la sala. Sentía las miradas de todos sobre mí, especialmente la de Marcos, quien no había despegado los ojos de mí ni un segundo. Sabía que lo que había ocurrido cambiaría algo entre nosotros, pero en ese momento, no me importaba. Estaba en paz, satisfecha y ansiosa por lo que vendría después.
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