Sexo en el ascensor

El día había sido agotador, como casi todos últimamente. Entre reuniones, informes interminables y la presión constante de demostrar que, como mujer, debía rendir el doble que mis compañeros hombres para que se me considerara igual, llegué a casa sintiéndome aplastada. No solo por el trabajo, sino también por el peso de ser la esposa perfecta, la madre atenta, la mujer que nunca se cansa, que siempre tiene una sonrisa y una solución para todo.

Al entrar al edificio, me cruzo con un hombre en el vestíbulo. Nunca lo había visto antes. Alto, de unos cuarenta y algo, con una camiseta negra ajustada que acentúa su físico. Me sostiene la puerta del ascensor con una leve sonrisa, y sin saber por qué, siento una descarga de algo primitivo atravesarme. Me pregunto cuándo fue la última vez que alguien me miró de esa forma, como si viera más allá de mi agotamiento y rutina.

Entramos juntos al ascensor, el silencio llenando el espacio de manera casi sofocante. Apenas nos miramos, pero la tensión es palpable, tangible. Él se coloca al otro lado del reducido espacio, y cuando la puerta se cierra, noto que no puedo apartar la mirada de él. El latido en mis sienes comienza a acelerarse, y antes de que pueda detenerme, me acerco, decidida.

Lo empujo suavemente hacia la pared, mis manos se apoyan en su pecho mientras él se queda quieto, expectante, como si estuviera esperando que yo tomara la iniciativa. Siento cómo su respiración se acelera al mismo ritmo que la mía, y sin más preámbulos, le murmuro al oído:

—Pon tus labios en mí.

No hay vacilación. Como si hubiera estado esperando esta orden, sus manos descienden por mis caderas y lentamente se arrodilla frente a mí. Apoyo mi espalda contra la pared del ascensor y me desabrocho los pantalones, bajándolos lo justo, dejando al descubierto mi sexo. Mi respiración es pesada, entrecortada, y cuando su boca roza mi piel, un escalofrío me recorre entera.

Sus labios comienzan en mis muslos, suaves, lentos, mientras mis piernas se tensan ante la anticipación. Su lengua se desliza entre ellos, trazando el camino hasta llegar a mi centro. Lo siento inhalar mi aroma, un gesto que me hace estremecer de puro deseo, y cuando finalmente su lengua roza mi clítoris, un gemido escapa de mis labios. 

Coloco una mano en su cabeza, enredando mis dedos en su pelo, guiando su ritmo. Él sigue mis indicaciones con precisión, su lengua moviéndose en círculos lentos, provocando sensaciones que suben por mi cuerpo como olas que se intensifican. Mi respiración se vuelve más rápida, mientras siento cómo mi piel se calienta, cómo mi cuerpo empieza a humedecerse cada vez más.

Presiono su cabeza más cerca de mí, buscando más. Su lengua acelera el ritmo, trazando líneas precisas a lo largo de mi clítoris, mezclando movimientos rápidos con suaves lamidas que me hacen gemir de placer. Mi cuerpo empieza a moverse de forma involuntaria, mis caderas empujándose hacia su boca mientras él me lleva al borde.

—Más —susurro, sin aliento.

Él obedece, su lengua presionando más fuerte ahora, alternando entre chupar suavemente y deslizarse rápido sobre mi clítoris hinchado. Mi respiración se vuelve errática, siento cómo cada célula de mi cuerpo se contrae, cada músculo tenso. Mis piernas tiemblan, y el calor dentro de mí sigue creciendo, arremolinándose, listo para explotar.

Mis manos aprietan su cabeza con más fuerza, mis caderas se mueven contra su boca, buscando más fricción, buscando esa liberación que sé que está a punto de llegar. La sensación en mi vientre crece, la tensión se vuelve insoportable, y cuando su lengua da un giro particularmente agudo sobre mi clítoris, mi cuerpo finalmente cede.

El orgasmo llega en una ola intensa y desgarradora, sacudiendo cada fibra de mi ser. Grito, un gemido largo y profundo que resuena en el pequeño ascensor mientras mi cuerpo tiembla. El placer es tan fuerte que casi me desmorono, mis piernas apenas sosteniéndome. Su boca no se detiene, siguiendo los espasmos de mi orgasmo hasta que no queda más que un suave temblor.

Cuando finalmente retrocede, jadeo, tratando de recuperar el aliento. Él se levanta lentamente, sus ojos clavados en los míos, su boca brillando de mi humedad. No intercambiamos palabras. No hacen falta. Me subo los pantalones, mi cuerpo aún vibrante por el placer recién experimentado.

El ascensor se detiene y las puertas se abren. Sin decir una palabra, salgo, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de mí ha sido liberado.

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