El cuarto seguía siendo el mismo, sencillo, casi anónimo en su normalidad. La luz del atardecer teñía todo de un naranja tibio, como si intentara suavizar las aristas duras del día que había pasado. Pero yo sabía que ni la luz más amable podía cambiar lo que sentía dentro.
Me senté en la cama, mi vestido de lino claro rozando mis muslos con esa sensación familiar y un poco gastada, como todo en mi vida. Me recordaba a esos pequeños detalles que me daban seguridad, pero no necesariamente placer. Mientras respiraba profundamente, tratando de calmarme, la puerta emitió un leve crujido. Me giré lentamente, ya sabiendo quién estaba allí.
Él.
Al principio, verlo me generó una punzada de repulsión. Su cabello ralo y mal peinado, esa ligera barriguita que no intentaba ocultar, los pantalones gastados que siempre parecían un poco más grandes de lo necesario. Era un hombre que no destacaba en absoluto. Su rostro, marcado por arrugas que hablaban de largas horas bajo el sol, no tenía ningún encanto especial. O al menos eso pensé en un primer momento, sintiendo una mezcla incómoda de desapego, como si todo lo que veía en él fuera la suma de años sin intentar ser algo más.
“Pensé que llegaría más tarde,” dijo con una sonrisa que, lejos de ser encantadora, parecía solo un gesto aprendido.
Mi cuerpo reaccionó de inmediato, pero no como habría esperado. Había una especie de rechazo inicial, una voz dentro de mí que me decía que esto no era lo que yo deseaba, que él no era la clase de hombre con quien había fantaseado tantas veces. Sin embargo, detrás de esa repulsión inicial, estaba algo más profundo, una indiferencia inquietante. Como si su presencia no cambiara nada, como si no importara quién estuviera ahí, mientras mis pensamientos siguieran vagando por otros lugares, buscando sensaciones que trascendieran lo obvio.
“No importa. Ya estoy aquí”, respondí, más para cortar el silencio que porque realmente importara mi respuesta.
Se acercó con paso lento, y en cada movimiento noté cómo algo dentro de mí oscilaba entre el desagrado y la curiosidad. Podía percibir su olor, una mezcla de jabón barato y sudor de horas pasadas al sol. No era desagradable, pero tampoco era lo que yo esperaba. Me pregunté, mientras se sentaba a mi lado, por qué estaba ahí. Qué era lo que me había llevado a dejarlo entrar en ese cuarto conmigo.
Entonces, su mano, áspera y cálida, empezó a deslizarse lentamente por mi muslo, subiendo poco a poco, con una mezcla de torpeza y deseo palpable. Sentí cómo sus dedos presionaban mi piel, no con fuerza, sino con esa intensidad que viene de quien está ansioso por explorar pero sin querer romper el ritmo. A medida que avanzaba, el calor de su mano contrastaba con la frialdad suave de la habitación, y mi cuerpo reaccionaba sin permiso. Mis músculos se tensaron bajo su tacto, y una ola de anticipación comenzó a recorrer mi vientre.
Noté cómo su pulgar trazaba círculos en la parte interna de mi muslo, cada vez más cerca de mi centro, sin llegar aún. El pulso en mi cuello se aceleraba, mis labios entreabiertos buscaban aire mientras mi piel parecía volverse más sensible con cada roce. Era como si mi cuerpo entero se concentrara en ese punto en el que su mano me tocaba, en ese juego lento que, aunque no era especialmente refinado, tenía algo de crudo, de genuino.
Cuando sus dedos finalmente rozaron el borde de mis bragas, sentí un tirón en mi vientre, una especie de escalofrío que se extendió desde mi sexo hasta mis senos, endureciendo mis pezones de inmediato. Sus dedos se deslizaron debajo de la tela, encontrando mi piel húmeda, caliente, lista. Ese primer contacto directo me arrancó un gemido suave, como si mi cuerpo estuviera agradecido por la atención que había tardado en llegar.
Sus dedos exploraron con cuidado al principio, trazando el contorno de mis labios externos, sintiendo la suavidad de la piel y la humedad que crecía con cada movimiento. Noté que su respiración se volvía más pesada, y la mía se unió al ritmo, entrecortada, con pequeños suspiros que escapaban de mi boca. Mi cadera se arqueaba involuntariamente hacia su mano, buscando más contacto, más presión.
Finalmente, su dedo medio se deslizó entre los labios calientes de mi vagina, encontrando el camino hacia mi clítoris. Al principio, fue un toque tímido, un roce apenas perceptible que, sin embargo, encendió cada nervio de mi cuerpo. El clítoris, hinchado y sensible, respondió de inmediato, enviando ondas de placer a través de mi pelvis. Sus dedos empezaron a moverse en círculos lentos y constantes, aumentando gradualmente la presión. Sentía cada pequeño surco de su piel áspera contra la delicadeza de mi cuerpo, y esa fricción me volvía loca, intensificando el placer de una forma casi dolorosa, pero deliciosa.
El calor en mi vientre se acumulaba, como una corriente eléctrica que crecía en intensidad. Mis caderas empezaron a moverse al ritmo de sus dedos, empujándose contra su mano, buscando más. Su dedo índice se unió al juego, y mientras seguía estimulando mi clítoris con esos círculos rítmicos, sus dedos restantes exploraban la entrada de mi vagina, deslizándose dentro de mí con una suavidad inesperada. Mi cuerpo lo recibió con ansia, sintiendo cómo sus dedos llenaban ese espacio íntimo, y la presión de su palma contra mi pelvis añadió una capa extra de placer.
Mis piernas se tensaron, mis muslos se cerraron ligeramente alrededor de su mano, atrapándola, y mi respiración se volvió más errática. Notaba cómo cada músculo de mi cuerpo se contraía poco a poco, acumulando tensión. Mi clítoris estaba ahora hipersensible, y cada movimiento suyo, por pequeño que fuera, enviaba un pulso directo a mi vientre, haciendo que todo dentro de mí se arremolinara en una anticipación creciente.
Mi espalda se arqueó cuando sentí que el clímax se acercaba, ese punto inevitable en el que todo el cuerpo se prepara para rendirse. Él aceleró el ritmo, sus dedos moviéndose con más insistencia, presionando justo donde mi cuerpo lo necesitaba, como si, a pesar de su torpeza inicial, hubiera encontrado la clave exacta de mi placer. El clítoris latía bajo sus dedos, mientras las contracciones comenzaban a formarse en lo más profundo de mí, una tensión que subía en espiral desde mi útero hasta mis senos, que ahora estaban tan sensibles que el simple roce del aire los hacía arder.
Y entonces sucedió. El orgasmo me golpeó de repente, como una ola que rompe con fuerza contra la orilla. Mi vientre se contrajo violentamente, mis piernas se sacudieron y un gemido profundo escapó de mi garganta, llenando la habitación. Sentí cómo las contracciones se apoderaban de mi vagina, apretando sus dedos dentro de mí, mientras mi clítoris pulsaba con una intensidad que me hacía temblar. El placer era tan grande que parecía expandirse más allá de mi cuerpo, llenando el espacio a mi alrededor.
Mi cabeza se echó hacia atrás, mis manos se aferraron a las sábanas y mi cadera seguía empujándose contra su mano, buscando prolongar cada segundo de ese clímax que parecía interminable. Sentí que todo mi cuerpo estaba suspendido en ese instante, como si el tiempo mismo se hubiera detenido solo para que yo pudiera disfrutar de ese placer tan completo, tan puro.
Cuando finalmente las ondas de placer empezaron a disiparse, mi cuerpo se relajó, cayendo pesado sobre la cama. Mi respiración aún era rápida, pero comenzaba a normalizarse. Sentí sus dedos retirarse lentamente, con cuidado, como si no quisiera romper el hechizo que aún flotaba en el aire entre nosotros. Y mientras mi cuerpo aún vibraba con los ecos del orgasmo, lo miré a los ojos y, por un momento, todo lo demás dejó de importar.
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