El cuarto día en la cabaña comenzó con una energía distinta. Desde el amanecer, algo en el aire vibraba de manera más intensa. El ambiente ya estaba impregnado de una sensualidad que no habíamos experimentado antes, pero Clara, nuestra instructora, había mencionado en la sesión anterior que ese día sería el más profundo, el más desafiante. Las palabras aún resonaban en mi mente mientras me preparaba para lo que vendría.
Entramos en la sala, todos desnudos, como ya era costumbre. Sin embargo, esa mañana, la disposición de los cuerpos parecía más íntima, más entrelazada. Clara nos pidió que formáramos un círculo y que nos tomáramos de las manos. Sentía el calor de la piel de los demás, el latido de sus pulsos a través de sus palmas. La piel suave de la mujer a mi derecha contrastaba con la mano grande y áspera del hombre a mi izquierda. Era una conexión directa, física, con todos los que estaban allí. Algo simple, pero lleno de promesas.
Clara nos observó en silencio antes de hablar.
—Hoy, vamos a llevar el cuerpo más allá. Lo que ocurra será una prueba, tanto física como emocional, y quizás también incómoda. Quiero que abracen esas sensaciones —su voz era como siempre, suave pero firme—. En la incomodidad, encontraremos nuevas formas de placer, nuevos límites.
La primera instrucción fue colocarnos en parejas de nuevo, pero esta vez Clara decidió que no nos quedaríamos con alguien nuevo, sino que iríamos rotando entre todos. La idea de compartir mi cuerpo con múltiples personas, una detrás de otra, me produjo una mezcla de excitación y ansiedad. Mi esposo estaba en la habitación, mirándome, pero ese vínculo de exclusividad que habíamos traído con nosotros parecía desvanecerse lentamente, diluido por las experiencias compartidas de los días anteriores.
Mi primera pareja fue un hombre de complexión atlética, algo mayor que yo, su cuerpo lleno de cicatrices que contaban historias propias. Su piel era áspera bajo mis dedos, pero había una fuerza en él que me atraía. Nos colocamos en la postura indicada por Clara: yo de rodillas, con la espalda arqueada hacia él. Sentí su pene rozando mis nalgas, su calor irradiando contra mi piel, mientras sus manos se deslizaban por mi cintura, asegurando su agarre.
—Relájate, siente su presencia, pero no te detengas ahí —dijo Clara, su voz suave pero siempre presente—. Deja que la incomodidad se mezcle con el deseo.
Cuando él me penetró por primera vez, lo hizo lentamente, como si estuviera explorando cada milímetro de mi interior. Su enorme grosor me llenaba, y no pude evitar soltar un pequeño gemido de sorpresa. Aunque ya había experimentado varias penetraciones en las sesiones anteriores, algo en la forma en que lo hacía él era distinto, casi metódico, y al mismo tiempo carnal. Cada embestida era lenta, profunda, como si quisiera que sintiera cada segundo. Mi cuerpo se tensaba y relajaba con cada movimiento, y aunque al principio sentí una incomodidad abrumadora, esa sensación se transformó en placer puro a medida que me entregaba más y más.
De pronto, Clara se acercó, sus manos recorriendo mi espalda mientras el hombre continuaba moviéndose dentro de mí.
—Tu cuerpo responde bien —me susurró—, pero ahora quiero que lo lleves un paso más allá.
Sin previo aviso, sentí la mano de Clara en mi vientre, bajando hacia mi sexo. Sus dedos encontraron mi clítoris, y la sensación fue casi abrumadora. El placer de la penetración combinada con sus suaves caricias en mi clítoris me llevó a un nivel que no había alcanzado antes. Mi cuerpo comenzó a temblar bajo la intensidad de las sensaciones. Mis jadeos eran audibles, y el calor que irradiaba desde mi entrepierna hacia todo mi ser me hacía perder la noción de quién estaba dentro de mí y quién me tocaba.
Clara se alejó, dejando que el hombre terminara, pero antes de que pudiera recuperarme, me indicaron que rotáramos. Ahora era el turno de una mujer, la más joven del grupo. Su cuerpo era pequeño y delgado, con pechos firmes y un pubis completamente depilado. Nunca había estado con otra mujer, y la incomodidad que eso me producía era tan grande como el deseo que sentía por explorar esa nueva frontera.
Ella me tomó de la mano y me guió a una nueva posición. Nos tumbamos sobre colchonetas enfrentadas, nuestros cuerpos completamente desnudos y alineados. Sentí su piel suave contra la mía, y por un momento, mi respiración se entrecortó al pensar en lo que iba a suceder. Ella comenzó a besar mi cuello, sus labios suaves y cálidos, mientras sus manos exploraban mis pechos, jugando con mis pezones que ya estaban erectos. La sensación era completamente diferente a la de estar con un hombre. Su toque era más ligero, más delicado, pero no menos erótico.
Pronto, sus dedos encontraron mi sexo, y comenzó a acariciarme lentamente, como si conociera cada rincón de mi cuerpo, cada punto que despertaba en mí el deseo más profundo. No pude evitar gemir cuando su lengua reemplazó a sus dedos, lamiendo suavemente mi clítoris. Era una sensación extraña y excitante a la vez, sentir la lengua de otra mujer en mi sexo, pero me dejé llevar, permitiendo que el placer me recorriera.
Mientras ella me complacía, Clara continuaba observando, siempre presente, siempre guiándonos. Su mirada era intensa, pero no invasiva, como si supiera exactamente cómo llevarnos al límite sin empujarnos demasiado lejos. La joven siguió su ritmo, llevando mi cuerpo al borde del clímax una y otra vez, hasta que finalmente no pude contenerme más. El orgasmo me sacudió, más intenso que cualquier otro que hubiera experimentado antes. Grité su nombre mientras mi cuerpo se arqueaba y temblaba bajo su boca.
Pero no había terminado. Clara indicó que nos colocáramos todas en una nueva formación, en la que las tres mujeres nos posicionamos en fila, a cuatro patas, mientras los hombres nos penetraban desde atrás. Sentía la piel de mis compañeras rozando la mía, el calor de sus cuerpos, y cuando el hombre más joven me tomó por las caderas y me penetró, sentí una mezcla de sensaciones que casi me abrumaron. Su miembro era grande y firme, llenándome de inmediato, mientras sus manos fuertes me sostenían en su lugar.
Los sonidos de la penetración llenaban la habitación, junto con los gemidos de placer de las mujeres. El ritmo de las embestidas era rápido y urgente, y el placer que sentía se mezclaba con la incomodidad de la situación, pero de alguna manera, esa mezcla solo aumentaba mi excitación.
Mi cuerpo respondía de formas que no había conocido antes, mis músculos tensándose y relajándose con cada embestida, mis gemidos mezclándose con los de las otras mujeres, creando una sinfonía de deseo puro. La sensación de estar tan expuesta, de compartir mi cuerpo con varias personas a la vez, era intensa, casi insoportable, pero a la vez increíblemente placentera.
Cuando el hombre detrás de mí finalmente llegó al clímax, sentí su calor derramándose dentro de mí, y mi propio orgasmo lo siguió rápidamente. Mi cuerpo se derrumbó sobre la colchoneta, agotado pero completamente satisfecho.
Esa noche, mientras nos retirábamos a nuestras habitaciones, no pude evitar pensar en lo que habíamos vivido. Había sido incómodo, intenso, pero también liberador. Mi cuerpo había sido llevado a lugares que nunca pensé que exploraríamos, y aunque la incomodidad había estado presente, el placer la había superado con creces.
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