Despertando el Deseo: Una Noche de Sexo Intenso en la Habitación 12

Al conducir por aquella carretera secundaria, lejos del caos cotidiano, algo en mi interior se removía. El agotamiento de un día largo en la oficina, la presión constante de mantenerme impecable y eficiente, me pesaba como una losa. Mi rutina era una prisión, y lo sentía en cada fibra de mi cuerpo. Necesitaba escapar, necesitaba una liberación que no supiera de responsabilidades ni expectativas.

Cuando vi el cartel de un motel al costado de la carretera, algo en mí decidió detenerse. Ni siquiera pensé demasiado, simplemente seguí el impulso. Aparqué frente al edificio de neón parpadeante y entré en el pequeño vestíbulo. El recepcionista, viejo y desinteresado, me entregó la llave de la habitación número 12. Todo era sencillo, anónimo, y eso me gustaba.

Antes de dirigirme a mi habitación, vi a un hombre sentado junto a la máquina expendedora. Era más joven que yo, de unos veintitantos, con una camiseta ajustada que marcaba un cuerpo firme, con una mirada: intensa, segura, y claramente curiosa. Pasé junto a él, pero el deseo de hacer algo fuera de lo habitual me llevó a detenerme frente a la máquina.

—¿De paso? —preguntó sin apartar los ojos de mí.

—Algo así —respondí con una sonrisa.

Nuestras miradas se mantuvieron fijas, y la tensión era palpable. No había nada más en el mundo en ese momento, solo esa conexión silenciosa y el deseo latente. Me acerqué un paso más, sin pensarlo demasiado.

—¿Por qué no vienes conmigo? —dije, sorprendida por el atrevimiento en mi propia voz.

No vaciló. Me siguió hasta la habitación número 12, y cuando cerré la puerta detrás de nosotros, el silencio era pesado. Lo miré, sintiendo el poder crecer dentro de mí. Esta vez, sería yo quien decidiera el curso de las cosas.

Me acerqué a él y lo empujé suavemente contra la pared, sus ojos aún fijos en los míos. No dijo nada, simplemente esperó. Tomé su rostro entre mis manos y lo besé con lentitud, degustando el momento. Su boca respondió con suavidad, pero mantenía el control, marcando cada movimiento, decidiendo cuándo acelerar y cuándo detenerme.

Deslicé mis manos hacia su cinturón y, sin dudarlo, desabroché sus pantalones. Su erección ya era evidente, y cuando bajé sus jeans, su miembro salió firme y caliente, palpitante contra mi mano. Lo toqué con decisión, envolviendo su grosor en mis dedos, disfrutando de la sensación de poder que me daba.

—Siéntate —le ordené, y él obedeció, sentándose al borde de la cama.

Me desabroché los pantalones lentamente, bajándolos junto a mis bragas hasta que mi sexo quedó expuesto. Me acerqué y, sin dejar de mirarlo, me subí a horcajadas sobre él, sentándome justo sobre su erección sin dejar que entrara en mí todavía. Su dureza presionaba contra mi entrepierna, y la fricción de nuestros cuerpos era suficiente para que empezara a humedecerme.

—Quiero que me sientas —le susurré al oído antes de alzar mis caderas ligeramente, permitiendo que la punta de su miembro rozara mi entrada, ya caliente y húmeda.

Lo guié hacia mí con una mano, bajando lentamente mis caderas mientras lo sentía entrar centímetro a centímetro. Al principio, la sensación fue intensa. Sentí cómo su boca se entreabrió por el placer mientras su pene duro se deslizaba dentro de mí. Mi vagina se ajustaba a él, cada milímetro llenando mi interior mientras yo marcaba el ritmo, asegurándome de sentir cada parte de su miembro a medida que avanzaba.

Cuando lo tuve completamente dentro, me quedé quieta un momento, dejando que ambos sintiéramos la presión y la plenitud. Mi cuerpo vibraba con la intensidad del contacto, el calor de su pene pulsando en mi interior, y el peso de él en mí me hacía sentir poderosa. Mi respiración se aceleró, y comencé a mover mis caderas, primero en círculos lentos, asegurándome de que cada movimiento estimulara mi clítoris contra su pelvis. Cada vez que mis caderas bajaban, sentía cómo su grosor frotaba las paredes internas de mi vagina, cada vez más sensible, cada vez más cerca del límite.

A medida que aceleraba el ritmo, mis gemidos llenaban la habitación. Sus manos intentaron aferrarse a mis caderas, pero rápidamente las aparté. Yo llevaba el control, y no pensaba cederlo. Seguí moviéndome sobre él, subiendo y bajando con más fuerza, sintiendo cómo el placer crecía en espiral dentro de mí. Cada embestida profunda hacía que mi clítoris rozara su cuerpo de manera perfecta, provocando pequeños espasmos que recorrían mi cuerpo.

El calor se acumulaba en mi vientre, y los músculos de mi vagina comenzaron a contraerse involuntariamente alrededor de su miembro, que ahora estaba completamente endurecido dentro de mí. Sentía cada pulso, cada pequeño movimiento de su erección, mientras yo buscaba esa liberación que sabía que estaba cerca.

—No pares —jadeé, moviendo mis caderas con más desesperación ahora. El placer era abrumador, cada embestida más profunda, cada movimiento más urgente. Mis uñas se clavaron en sus hombros, mientras sentía cómo mi cuerpo entero se tensaba, preparándose para el clímax.

Y entonces llegó. Mi cuerpo explotó en una ola de placer que me recorrió desde el vientre hasta los pies. Mi vagina se apretó con fuerza alrededor de su miembro, contrayéndose de manera rítmica mientras un grito de placer salió de mis labios. Sentía cómo cada contracción me acercaba más al éxtasis, mientras mi cuerpo se estremecía sobre el suyo.

Seguí moviéndome, lentamente esta vez, disfrutando de las últimas sensaciones del orgasmo mientras él seguía dentro de mí, sus manos ahora temblorosas sobre mis muslos. Cuando el placer finalmente disminuyó, lo miré, aún sin decir una palabra, satisfecha, y sabiendo que había conseguido lo que buscaba.

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