Tratamiento extremo en la Clínica del Placer (4)

El cuarto día en la clínica, el ambiente se sentía distinto. Jaime y yo ya no éramos las mismas personas que habían llegado días antes, buscando una chispa para reavivar nuestro matrimonio. Lo que habíamos experimentado hasta ahora había abierto una puerta que ninguno de los dos podía cerrar. Habíamos cruzado líneas que no sabíamos que existían, y ahora estábamos frente a lo que el médico llamaba «la última prueba». El solo nombre despertaba en mí una mezcla de temor y excitación.

La sala era la misma, pero algo en la atmósfera la hacía parecer más íntima, más oscura, como si el espacio supiera que lo que íbamos a experimentar hoy sería el clímax de todo lo vivido. Nos sentaron frente a frente, completamente desnudos, sin vendajes esta vez. Jaime me miraba con una mezcla de deseo y algo más, como si estuviera tratando de entender qué éramos después de todos estos días.

El médico entró, acompañado por dos asistentes que ya conocíamos, las mismas personas que habían tocado nuestros cuerpos, llevado nuestros deseos al límite, y nos habían obligado a enfrentar nuestras propias fantasías y miedos. Pero esta vez, no serían ellos los que nos guiarían. Esta prueba final era diferente.

—Hoy —dijo el médico, con una calma casi ceremoniosa—, ambos serán partícipes de la prueba. Pero esta vez, no habrá guías, no habrá vendajes, y no habrá reglas. Lo único que se les pedirá es que se entreguen completamente el uno al otro, sin reservas. Y, como parte de esta entrega, deberán hacerlo frente a tres observadores que también están aquí para aprender y participar, si es necesario.

Mis ojos se abrieron con sorpresa, y el calor subió a mis mejillas. Observadores. Tres personas que estarían allí, mirándonos, tal vez incluso interactuando con nosotros. Era una idea que jamás habíamos considerado, pero algo en esa prohibición tácita hacía que mi cuerpo reaccionara. Sentí una oleada de deseo recorrerme, mezclada con la adrenalina del miedo.

Los tres observadores entraron en la sala. Dos mujeres y un hombre. Todos desnudos, sus cuerpos eran variados, pero claramente experimentados en lo que estaba por suceder. Sus miradas eran cálidas, curiosas, sin juicio. Sabían lo que hacían, y eso me tranquilizó de alguna manera. Jaime y yo ya no éramos simplemente marido y mujer en ese momento; éramos parte de algo mucho más grande, algo más erótico de lo que habíamos imaginado.

El médico dio un paso atrás, dejando que la dinámica se desarrollara. Jaime y yo nos miramos, y en ese momento entendí que esta prueba no se trataba solo de placer, sino de cómo nos habíamos transformado. Nos habíamos dado cuenta de que nuestros límites eran mucho más amplios de lo que habíamos creído, y esta última prueba era la confirmación de ello.

Fui la primera en moverse. Deslicé mis manos por el pecho de Jaime, sintiendo su piel, su calor. Sabía que lo que estábamos a punto de hacer no solo sería para nosotros. Los observadores estaban allí, sus ojos fijos en cada movimiento. La sensación de ser observada, de estar completamente expuesta, era nueva, y esa vulnerabilidad me encendía de una manera que no había esperado.

Me acerqué a Jaime, mis labios rozando los suyos. Sentí su respiración acelerarse, y antes de que pudiera besarme, bajé mis manos hacia su miembro, ya endurecido. Lo envolví en mi mano, deslizando mis dedos por su longitud. Jaime cerró los ojos por un momento, dejándose llevar por la sensación, mientras yo lo acariciaba lentamente, saboreando cada reacción de su cuerpo.

Mientras lo tocaba, sentí una mano ajena en mi espalda. Una de las observadoras se había acercado, su toque era suave, casi etéreo, pero lo suficientemente firme como para hacerme estremecer. Sabía que éste era parte del proceso, pero la sorpresa del contacto hizo que mi respiración se acelerara. La mujer comenzó a acariciar mi espalda, bajando lentamente hacia mis caderas, y mi cuerpo respondió instantáneamente.

Sentí el calor del pene de Jaime entre mis manos, y al mismo tiempo, las manos de la mujer se movieron hacia mi pecho, acariciando mis pezones, que se endurecieron bajo su toque. Era una sensación abrumadora, estar al mismo tiempo entre Jaime y esta mujer, sus cuerpos conectando con el mío de formas tan diferentes. Jaime me miró, nuestros ojos se encontraron, y pude ver en su mirada la mezcla de excitación y curiosidad que ambos sentíamos.

El segundo observador, un hombre, se acercó por detrás de mí. Su presencia era poderosa, y su mano firme se posó en mi cadera. Sentí cómo su cuerpo se acercaba al mío, su miembro rozando mis nalgas mientras sus manos se deslizaban hacia mi vientre, acariciando la piel que ya estaba ardiendo de deseo. Jaime lo observaba, y aunque su rostro reflejaba celos, también había en él un hambre irrefrenable.

La mujer que había estado tocándome se inclinó hacia Jaime, besando su cuello, y vi cómo él cerraba los ojos, entregándose al placer de ser tocado por alguien más. Yo, por mi parte, me moví ligeramente hacia atrás, permitiendo que el hombre detrás de mí se posicionara mejor. Sus manos eran seguras, su toque firme, y cuando finalmente su miembro se deslizó hacia mi entrada, mi cuerpo respondió inmediatamente, abriéndose para recibirlo.

Jadeé cuando me penetró, su grosor llenándome completamente. Mi vagina palpitaba, húmeda, deseando más, mientras sus embestidas empezaban lentamente, pero con una precisión que me hacía perder la noción del tiempo. Mientras el hombre me tomaba desde atrás, la mujer que había estado con Jaime volvió su atención hacia mí, besando mis labios, sus manos acariciando mi pecho con una suavidad que contrastaba con la firmeza de las embestidas.

Jaime, mientras tanto, había sido tomado por la otra mujer, quien se arrodilló frente a él y envolvió su miembro con sus labios. Sus ojos me miraban, mientras su boca lo trabajaba lentamente, sus gemidos apenas audibles entre la mezcla de sonidos que llenaban la habitación. Mis propios gemidos se intensificaron, el placer de ser penetrada por el hombre, mientras la mujer me acariciaba y besaba, me llevaba más allá de lo que creía posible.

Sentí cómo mi cuerpo comenzaba a tensarse, la familiar presión en mi bajo vientre que anunciaba el orgasmo. Cada embestida del hombre dentro de mí me llevaba más cerca del borde, y cuando la mujer succionó mis pezones, la ola de placer me envolvió por completo. Grité, mi cuerpo temblando mientras el orgasmo me atravesaba con una fuerza devastadora. Mi vagina se contrajo alrededor del miembro del hombre, quien aceleró su ritmo hasta que sentí su propio clímax, derramándose dentro de mí.

Jaime también estaba llegando al límite. La mujer que lo había estado tomando con la boca aumentó la velocidad, y sus gemidos eran la única señal de que estaba cerca de estallar. Me miró justo cuando alcanzó el orgasmo, su cuerpo temblando, su semen derramándose en la boca de la mujer.

Cuando todo terminó, estábamos exhaustos. Los observadores se retiraron en silencio, dejando que Jaime y yo nos recuperáramos. Nos miramos, sin palabras, pero sabiendo que habíamos llegado al punto más profundo de nuestra exploración. Sabíamos que lo que habíamos vivido juntos en esos días había cambiado nuestra relación para siempre, y que esta última prueba había sido la culminación de todo.

El médico entró nuevamente, observándonos con una leve sonrisa.

—La prueba ha concluido —dijo—, pero lo que hagan con lo que han aprendido es solo el comienzo.

Y en ese momento, entendí que Jaime y yo teníamos todo un nuevo camino por delante, uno en el que el deseo, el placer y la libertad de explorar nuestras fantasías serían el centro de nuestra relación.

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