Tratamiento extremo en la Clínica del Placer (3)

El tercer día en la clínica, la tensión en el aire era palpable desde el momento en que cruzamos la puerta. Sabía que la prueba de hoy sería la más intensa, la más desafiante, y no solo porque el médico lo había insinuado, sino porque algo dentro de mí, algo primitivo, lo anticipaba. Jaime y yo habíamos estado en silencio la mayor parte de la mañana, como si ambos estuviéramos procesando lo que ya habíamos vivido. Pero esta vez, el miedo y la incertidumbre se mezclaban con un deseo incontrolable. Sabíamos que lo que estaba por venir nos llevaría aún más lejos.

Nos llevaron nuevamente a la sala, pero esta vez había algo diferente. La luz era más tenue, casi íntima, y el ambiente se sentía más cargado de erotismo. No era solo una sala de pruebas, era un escenario cuidadosamente preparado para llevarnos a ambos al límite de nuestros cuerpos y emociones.

El médico nos explicó la dinámica de la prueba de hoy, y mi corazón comenzó a latir con fuerza. Sería una experiencia compartida, en la que tanto Jaime como yo estaríamos involucrados activamente. Esta vez, no se trataba de identificar o reconocer, sino de entregarnos completamente al placer, explorando juntos nuestros límites y la anatomía erógena de una manera que nunca habíamos hecho antes.

Nos indicaron que nos desnudáramos por completo, algo que ya no me intimidaba tanto como los días anteriores. El cuerpo de Jaime, fuerte y firme, me resultaba familiar y a la vez nuevo. Nos colocaron en camillas enfrentadas, pero esta vez más cerca el uno del otro, casi rozándonos. Sentía su calor, su respiración, su excitación latente.

El médico nos explicó que la prueba de hoy consistía en la estimulación mutua, con la guía de dos asistentes. Ambos serían vendados, lo que nos dejaría a merced de lo que otros decidieran hacer con nuestros cuerpos, sin saber de quién provenía cada caricia, cada toque, cada penetración.

Sentí cómo la venda cubría mis ojos, y en ese instante, todo mi cuerpo se tensó, pero no de miedo, sino de anticipación. Sabía que Jaime estaba cerca, pero no podría saber cuándo sus manos, su boca o su cuerpo estarían sobre mí. Me dejé llevar, mis sentidos agudizados por la oscuridad que me envolvía.

La primera caricia me sorprendió. Unas manos suaves recorrieron mis muslos, acariciando la piel de manera casi reverencial. Sentí cómo mis piernas se separaban más, dándoles acceso total a mi intimidad. Los dedos se deslizaron lentamente por mi sexo, acariciando mis labios vaginales con delicadeza antes de mojarse en mi humedad. Jadeé, mi cuerpo reaccionando inmediatamente. Sabía que no era Jaime, lo que hacía que el placer fuera aún más intenso, más prohibido.

La mano continuó su recorrido, explorando cada rincón de mi vulva, deteniéndose justo en mi clítoris, que ya estaba hinchado por la excitación. Con movimientos circulares, aquellos dedos empezaron a estimularme, presionando justo en el lugar donde sabía que me volvería loca. Mi pelvis se arqueó involuntariamente, buscando más, queriendo que esa sensación creciera y me consumiera por completo.

Mientras esos dedos jugueteaban con mi clítoris, sentí otro contacto: una boca se deslizó por mi cuello, bajando por mis pechos. Los labios y la lengua recorrieron mis pezones, succionándolos con una mezcla de suavidad y firmeza. Cada lamida, cada mordisco suave, enviaba descargas eléctricas a mi vientre, que se tensaba de placer. Mi piel estaba hipersensible, cada parte de mí deseaba más.

Sentí cómo mi sexo se abría aún más, y de repente, la lengua se unió a la estimulación. Unos labios húmedos rodearon mi clítoris mientras una lengua experta lo acariciaba, alternando entre suaves lamidas y succión firme. El calor en mi bajo vientre creció de inmediato, mis gemidos escapaban sin control. Mi clítoris estaba tan sensible que cada movimiento me acercaba más al borde.

Sin embargo, lo más intenso estaba por llegar. Mientras la boca seguía trabajando en mi clítoris, sentí cómo otro par de manos se unía a la exploración de mi cuerpo. Mi pecho, mis caderas, mi vientre, todo estaba siendo tocado, acariciado. Pero lo que realmente me hizo perder la noción de todo fue cuando uno de esos dedos, lubricado por mis propios jugos, se deslizó dentro de mí. Me invadió lentamente, primero uno, luego dos, explorando mis paredes internas, buscando ese punto preciso, ese lugar donde el placer se convierte en una necesidad imparable.

El dedo encontró mi punto G y comenzó a masajearlo rítmicamente, mientras la lengua en mi clítoris se aceleraba. Mi cuerpo entero se tensó, mi respiración se volvió errática, sabía que estaba cerca, muy cerca. La combinación de la estimulación interna y externa era demasiado. Podía sentir cómo la presión se acumulaba en mi pelvis, cómo cada músculo de mi cuerpo se preparaba para explotar en un orgasmo que no podría detener.

Y entonces, ocurrió. Mi clítoris fue succionado con más fuerza mientras los dedos dentro de mí presionaban justo en el punto correcto. Un grito de placer escapó de mis labios mientras mi cuerpo se sacudía en oleadas de placer. El orgasmo me atravesó como una tormenta, cada célula de mi cuerpo vibraba, cada músculo temblaba. Sentí cómo mi vagina se contraía alrededor de esos dedos, mis piernas temblaban, y mi espalda se arqueaba involuntariamente. No podía contenerme, estaba completamente entregada al placer.

Mientras mi orgasmo aún recorría mi cuerpo, sentí cómo algo más se aproximaba. No tenía tiempo de recuperarme cuando un miembro firme, duro, se colocó en la entrada de mi vagina. Sin pensarlo, mis caderas se movieron hacia él, invitándolo a entrar. Sentí cómo su grosor me llenaba por completo, y un nuevo tipo de placer, más profundo, me invadió. El ritmo era lento al principio, cada embestida llenaba cada rincón de mi cuerpo, pero pronto se volvió más rápido, más urgente.

Cada movimiento era una nueva ola de placer. Mi clítoris, aún sensible, fue nuevamente estimulado por unos dedos hábiles mientras ese miembro se movía dentro de mí, llevando mi cuerpo al límite una vez más. No sabía quién estaba penetrándome, pero en ese momento, no me importaba. Solo quería seguir sintiendo, seguir cayendo en ese abismo de placer que parecía no tener fin.

Finalmente, todo culminó en un segundo orgasmo, más intenso que el primero. Mi cuerpo se estremeció, mis gemidos llenaron la sala, y sentí cómo el miembro dentro de mí se tensaba, derramando su semilla en mi interior. No sabía si era Jaime, no sabía quién era, pero eso solo lo hacía más excitante, más erótico.

Cuando por fin me quitaron la venda, mis piernas aún temblaban, mi respiración era pesada. Miré a Jaime, y supe que él había sentido algo similar. La conexión entre nosotros estaba allí, pero también el reconocimiento de que habíamos cruzado un límite que ya no podíamos ignorar. El médico, satisfecho, nos observó con una sonrisa.

—Mañana será la última prueba —dijo—, y será la más reveladora de todas. 

Mi cuerpo, aún estremecido por el placer, supo en ese momento que lo que vendría sería aún más profundo.

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