Tratamiento extremo en la Clínica del Placer (2)

El día siguiente en la clínica comenzó con una tensión latente que no habíamos sentido antes. Después de la sesión de ayer, algo entre Jaime y yo había cambiado, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a admitirlo. La clínica, tan pulcra y silenciosa como siempre, me parecía aún más fría en esta nueva mañana. Sabía que hoy sería mi turno, que tendría que enfrentarme a algo que hasta entonces solo había imaginado en mis pensamientos más íntimos.

Nos llevaron de nuevo a la misma sala, esta vez más preparada mentalmente para lo que podría suceder. Las mismas camillas, el mismo brillo suave y casi quirúrgico de la iluminación. Jaime y yo no intercambiamos muchas palabras durante el trayecto, pero la mirada que me lanzó mientras caminábamos lo decía todo: estaba tan nervioso como yo.

El médico, con su calma habitual, nos explicó el procedimiento. Esta vez, yo sería la que tendría que «reconocer». Tres hombres desnudos, uno de ellos mi marido. El desafío consistía en que, con los ojos vendados, tendría que identificar a Jaime solo por el tacto de su miembro, tal como él había intentado hacer conmigo el día anterior. Solo que, en este caso, sería yo quien tendría que recibirlos.

Me pidieron que me tumbara en la camilla, desnuda, con las piernas abiertas y las rodillas elevadas, exactamente igual que las mujeres del día anterior. Sentía el aire frío recorrer mi piel desnuda mientras me acomodaba en la posición, pero más que la temperatura, lo que me inquietaba era el pensamiento de lo que estaba a punto de suceder. Mi corazón latía con fuerza, una mezcla de ansiedad y curiosidad me recorría.

El médico me vendó los ojos con delicadeza, y la oscuridad me invadió por completo. De repente, el mundo se redujo a mis otros sentidos: el tacto, el olfato, la sensación de vulnerabilidad absoluta que me envolvía. No podía ver, pero podía imaginar a los tres hombres acercándose, esperando su turno, desnudos como yo.

El médico me explicó que, al igual que Jaime, tendría tres minutos con cada hombre. Mi tarea era simple: sentir, explorar, y tratar de reconocer a mi esposo solo por la forma en que sus cuerpos se movían dentro de mí. ¿Podría hacerlo? No estaba tan segura, pero el pensamiento de tener que descubrirlo me encendía de una manera inesperada.

El primer hombre se acercó, guiado por el médico. Sentí cómo sus manos me rozaban suavemente los muslos antes de posar su miembro en la entrada de mi vagina. No supe si lo que me recorría era puro nerviosismo o una mezcla de deseo y anticipación. Lentamente, él comenzó a entrar en mí. Su movimiento era firme, sin demasiada delicadeza, como si estuviera seguro de sí mismo. Cada empuje me arrancaba un suspiro, y aunque traté de mantenerme neutral, mi cuerpo reaccionaba por su cuenta. Cada segundo que pasaba me hacía perder un poco más el control.

Cuando el tiempo se cumplió, lo retiraron de mí, dejándome con la sensación de haber perdido algo a mitad del camino. Sabía que no era Jaime, pero su presencia había dejado una marca en mí.

El segundo hombre fue distinto. Desde el primer contacto, su tacto era más cuidadoso, más suave. Sentí cómo su mano se deslizaba por mi muslo antes de penetrarme lentamente, casi con ternura. Era diferente, menos insistente, como si quisiera explorarme más que tomarme. Me dejé llevar por el ritmo, por la forma en que su cuerpo parecía adaptarse al mío. Hubo momentos en los que pensé que podría ser Jaime, pero no estaba segura. Mi mente estaba nublada por la mezcla de sensaciones que me recorrían.

Cuando el tercer hombre se acercó, mi cuerpo ya estaba más que preparado, caliente y expectante. Sentí cómo sus manos tomaban mis caderas con una firmeza que me hizo jadear, y su miembro entró en mí con una urgencia que no había sentido con los anteriores. El ritmo era intenso, como si cada movimiento estuviera diseñado para llevarme al borde del placer. Mi cuerpo reaccionaba sin control, mis caderas se movían instintivamente hacia él, buscando más, deseando más. No sabía si era Jaime o no, pero en ese momento, no me importaba. Estaba completamente perdida en el placer.

Cuando terminó, el médico me quitó la venda. Mi respiración era pesada, y sentía cómo el sudor cubría mi piel. Jaime estaba allí, mirándome, pero había algo diferente en su expresión, como si estuviera tratando de entender lo que acababa de suceder.

—Ahora, Lucía —dijo el médico—, cuéntanos lo que has sentido y trata de identificar a tu marido.

Respiré hondo, aún tratando de procesar todo.

Mientras me quitaban la venda, las imágenes de lo que había sentido momentos antes todavía estaban grabadas en mi mente, tan claras como si las estuviera viviendo de nuevo. El médico me miraba con calma, esperando a que hablara, y Jaime también, con los ojos fijos en mí. Sabía que ambos esperaban que describiera lo que había sentido con cada hombre, que dijera lo que había percibido con mi cuerpo. Y aunque estaba nerviosa, no podía negar que revivir esas sensaciones en voz alta me hacía estremecer.

Tomé aire, tratando de ordenar mis pensamientos antes de empezar.

—El primero… —comencé—, cuando me tocó, sentí su mano en mis muslos, firme, pero no brusca. Su miembro era grueso, lo sentí inmediatamente al contacto con mi piel, caliente. Cuando lo posó en la entrada de mi vagina, al principio no estaba segura de qué esperar, pero en cuanto comenzó a penetrarme… —me detuve por un segundo, intentando encontrar las palabras adecuadas—, fue intenso. No lo hizo despacio, no me dio tiempo a adaptarme. Entró profundo, y pude sentir cómo cada centímetro de su pene me llenaba por completo. Su glande presionaba contra las paredes de mi vagina, haciéndome sentir ese estiramiento, esa plenitud que me hizo jadear.

Mientras hablaba, recordaba claramente la sensación de mi cuerpo respondiendo. Mis músculos internos se tensaron a su alrededor, como si intentara aferrarme a él, pero él siguió empujando, entrando y saliendo con un ritmo constante. No era rudo, pero tampoco delicado. Era… directo. Cada vez que su pelvis chocaba contra mí, podía sentir cómo mis labios vaginales se abrían más, y cómo mi clítoris rozaba su piel con cada movimiento. No me dio tiempo a relajarme o disfrutar del momento; todo fue rápido, como si estuviera buscando algo en mí, algo que yo no terminaba de darle.

—Con él, me sentí llena rápidamente —añadí, mirando de reojo a Jaime—, pero no hubo esa conexión, esa suavidad que esperaba. Fue intenso, pero distante, como si solo estuviera cumpliendo su papel.

El médico asintió, invitándome a seguir. Tomé otro respiro antes de pasar al siguiente hombre.

—El segundo fue… diferente. —Sonreí ligeramente al recordar—. Desde el principio, su contacto fue más suave, casi tímido al principio. Cuando su miembro rozó mi entrada, no entró de inmediato. Lo sentí allí, palpando, como si estuviera esperando que mi cuerpo le diera permiso para entrar. Y cuando lo hizo… fue lento, deliberado. Sentí cómo la cabeza de su pene se deslizaba lentamente, abriéndome poco a poco. No era tan grueso como el primero, pero la forma en que se movía dentro de mí era… diferente.

Mientras relataba, recordaba claramente cómo mi cuerpo había reaccionado a él. Su miembro era más fino, pero entraba de manera más profunda, tocando zonas en mi interior que parecían no haber sido alcanzadas antes. Cada empuje era cuidadoso, como si estuviera explorando cada rincón de mi vagina, tocando con delicadeza mis paredes internas. Podía sentir cómo el borde de su glande rozaba mi punto G con cada movimiento, despertando una sensación de hormigueo que me hacía temblar por dentro. Mi clítoris se iba hinchando poco a poco con cada roce indirecto, como si su ritmo me llevara lentamente hacia algo que no quería que terminara.

—Con él, fue más… íntimo. Como si estuviera buscando mi placer, no solo el suyo. Sentí cómo mis paredes se iban ajustando a su forma, cómo cada movimiento me llenaba de una forma más… emocional —dije, bajando un poco la voz, con un leve rubor en las mejillas.

Jaime me miraba en silencio, pero su expresión era indescifrable. Aún faltaba describir al tercero, el más impactante de todos.

—El tercero… —hice una pausa, recordando la intensidad de aquel momento—, fue completamente distinto. Desde el primer segundo, cuando me tocó, sentí que sabía exactamente lo que hacía. Sus manos me agarraron con fuerza por las caderas, y su miembro… —casi me estremecí al recordarlo— era grande, grueso, y duro. Cuando lo colocó en mi entrada, no hubo duda. Entró con una firmeza que me dejó sin aliento. Sentí cómo mis labios vaginales se abrían de par en par, y cómo me llenaba completamente, más que los anteriores. Su glande era redondeado y empujaba contra mis paredes, abriéndome hasta el fondo.

Mientras lo decía, recordaba la presión, cómo mi cuerpo reaccionó al ser invadido tan profundamente. Mis músculos vaginales se tensaron alrededor de él, tratando de adaptarse, pero la forma en que se movía, rápida y decidida, no me daba espacio para nada más que sentir. Cada empuje era una explosión de placer, su pene rozaba mi clítoris con cada embestida, y mi interior vibraba con una mezcla de dolor y placer que casi me hizo perder el control.

—Cada vez que entraba en mí, sentía cómo su pene me golpeaba el fondo, casi tocando mi cuello uterino —dije, con la voz ligeramente entrecortada—. Mi clítoris estaba tan sensible que cada roce me hacía temblar. Sentí que me estaba deshaciendo, que en cualquier momento iba a explotar. Con él, no había espacio para pensar, solo para sentir.

El médico me escuchaba con atención, mientras Jaime seguía en silencio, claramente procesando cada palabra. Yo estaba avergonzada y excitada a la vez, reviviendo esas sensaciones de una manera que me hacía arder por dentro.

—El tercero fue… el más intenso —dije finalmente, desviando la mirada de Jaime, incapaz de sostener su mirada por más tiempo—. Me hizo perderme completamente.

El médico me observó con una sonrisa calculada, como si ya supiera lo que iba a decir a continuación.

—¿Y quién crees que era tu esposo? —preguntó.

Miré a Jaime, dudando por un segundo, y luego señalé al tercer hombre, segura de mi elección. Pero el médico negó con la cabeza.

—Lo siento, Lucía. Ese no era tu esposo.

Mi corazón dio un vuelco, y la confusión se mezcló con una punzada de deseo no correspondido. El hombre que más había encendido mi cuerpo no era Jaime. ¿Qué significaba eso? Y más importante aún, ¿qué vendría después?

El médico nos observó a ambos, sus ojos brillando con una satisfacción silenciosa.

—Parece que aún hay mucho que descubrir. La próxima sesión será aún más reveladora.

Y en ese momento, supe que lo que habíamos empezado no había hecho más que comenzar.

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