Cuando Jaime y yo decidimos acudir a la clínica, supe que estábamos cruzando una línea que podría cambiarlo todo. Nuestra vida sexual había caído en la rutina, y aunque nos queríamos, sentía que faltaba algo, ese fuego que teníamos al principio. Yo no estaba dispuesta a dejarlo morir.
La clínica tenía un aire frío y profesional, algo que contrastaba con el calor que me subía por el cuerpo de solo pensar en lo que íbamos a hacer. Nos recibieron con una amabilidad casi aséptica, y tras varias pruebas, nos pusieron delante de un documento de consentimiento. Lo firmamos sin preguntar demasiado; confiábamos en que lo que sucediera allí nos ayudaría. Después de varias pruebas diagnósticas y sesiones con sicólogos y terapeutas nos dijeron que necesitábamos un «tratamiento especial», algo que requería nuestra presencia durante una semana entera. No entendí del todo lo que eso significaba hasta que entramos en la sala de la primera sesión.
La sala era amplia y sorprendentemente luminosa. Había varias camillas, y sobre ellas, tres mujeres ya desnudas. Yo era una de ellas, tumbada con las rodillas elevadas y las piernas abiertas. Sentía la frialdad del cuero de la camilla bajo mi piel, pero lo que realmente me hacía sentir vulnerable era la situación en sí. A mi lado, dos mujeres: una bastante mayor, con el cuerpo curtido por los años, y otra, joven, quizás una década menor que yo. Aun así, lo que me recorría el cuerpo no era celos, sino una extraña mezcla de curiosidad y deseo.
Jaime, de pie frente a nosotras, parecía atónito, nervioso. No le culpaba; yo también lo estaría si estuviera en su lugar. El médico le indicó que se desnudara. Vi cómo sus manos temblaban ligeramente mientras se deshacía de su ropa. Su miembro, firme y erecto, era una clara señal de su excitación. No podía dejar de mirarlo, imaginar lo que iba a suceder.
El médico le pidió que se acercara, le vendó los ojos, y luego lo guió. La idea era simple: Jaime tenía que aprender a «reconocer» mi cuerpo solo con el tacto de su pene. Se acercó a la primera mujer mayor, y el médico agarró con contundencia el pene de Jaime y lo ayudó a posarse sobre el clitoris de ella. Desde mi camilla, veía cómo él, con el rostro cubierto, trataba de ubicarse. Su miembro duro se apoyaba en la entrada de aquella vagina que no era la mía. Sentí una mezcla de celos y deseo al ver cómo la penetraba, cómo su cuerpo se estremecía mientras lo hacía. ¿Sentiría lo mismo que conmigo? Me estremecía cada vez que su respiración se volvía más pesada.
Tres minutos, esa era la regla. Lo vi moverse dentro de ella, lento al principio, explorando, tratando de reconocerla. Yo observaba cada segundo, mis manos aferradas a los lados de la camilla, luchando contra la oleada de sensaciones que me recorrían el cuerpo. ¿Le estaría gustando? ¿Qué estaría pensando en ese momento?
El médico lo apartó y lo guió hacia la siguiente mujer, la más joven. Ella tenía un cuerpo firme, tonificado, algo que me hizo dudar de mí misma por un instante. Cuando Jaime la penetró, pude ver cómo su cuerpo reaccionaba de nuevo, cómo su miembro se deslizaba dentro de ella, buscando esa conexión, esa «reconocimiento» que, según el médico, debería tener conmigo. Me mordí el labio al ver cómo se movía en su interior, cómo su ritmo cambiaba, como su pene estaba untado de los abundantes flujos de ella. Y como cada segundo que pasaba estaba más perdido en el placer.
Finalmente, llegó mi turno. Sabía que Jaime no podría reconocerme solo por cómo me penetraba, pero deseaba con todas mis fuerzas que lo hiciera. El médico lo llevó hacia mí, su pene aún húmedo de las anteriores mujeres. El médico abrió los labios de mi vagina con sus dedos. Sentí el contacto del pene de Jaime guiado por el médico en la entrada de mi vagina, suave al principio, luego más firme. Cuando entró, mi cuerpo se tensó de inmediato, un grito ahogado de placer escapó de mis labios, pero traté de mantenerme en silencio. Me sorprendí a mí misma queriendo más, deseando que su confusión al no saber quién era yo durara un poco más, para sentirlo una y otra vez.
El tiempo pasó demasiado rápido. Lo vi alejarse de mí, el sudor perlaba su frente mientras le retiraban la venda. Nos reunieron en el centro de la sala, el médico esperando a que Jaime hablara.
—Describe lo que sentiste —le pidió el médico, y Jaime comenzó a hablar, describiendo su penetración a cada mujer con un detalle que me erizó la piel.
—La primera… tenía una vagina fuerte, intensa. Me hacía sentir… contenido, como si quisiera algo más, pero no pudiera alcanzarlo del todo —dijo Jaime. Su voz temblaba al recordar la experiencia.
—La segunda era más suave, más húmeda, quizás más joven. Había algo juguetón en su cuerpo, notaba cómo atrapaba mi pene con las contracciones voluntarias de las paredes de su vagina. Era como si cada movimiento fuera una invitación a perderme en ella. Sentí que quería quedarme allí más tiempo… —confesó. Mi corazón latía con fuerza, la sangre subía a mis mejillas.
—La tercera… —hizo una pausa—, era más profunda, más íntima. Como si supiera exactamente cómo moverse conmigo. Pero no estoy seguro…
El médico lo miró expectante.
—¿Quién era tu esposa? —preguntó.
Jaime, con las cejas fruncidas, aseguró que era la segunda mujer. —No era yo— le dije. Y el médico sonrió, satisfecho. Yo, por dentro, sentí una punzada de dolor… y de algo más que no me atrevo a nombrar.
—Parece que necesitamos más sesiones —dijo el médico, y el calor en mi cuerpo se avivó una vez más.
Sabía que esto solo acababa de empezar. Lo que venía después… sería más intenso aún.
Continúa en el próximo relato …

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